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Dra. Angela Ziegler

Un intento fútil de canalizar a la inspiración

Hace días que vengo pensando cómo seguir. Tantas tangentes y tantas ideas convergen en mi mente que no termino entendiendo nada. Simplemente acaba todo en ruido blanco, y me encuentro luego de varios minutos (¿o serán horas?) mirando al techo, pensando en la muerte. Haberme venido a uno de los lugares más rencónditos de este planeta fue un error. Y más en invierno, ¿a quién se le ocurre instalarse en una cabaña en el medio de las montañas? El primer pueblo está a casi una hora de distancia en auto, el resto es espacio vacío y desolación.

Me vine para acá porque buscaba inspiración. Si, ya sé, tremendo tarado, pero en su momento me pareció una idea que daría sus frutos, y esos frutos me darían plata. Mucha plata. Yo no publiqué mi primer libro de ensayos por nada, no señor, yo estoy en esto por el dinero. Y venía haciéndolo bien, con ideas originales y todo. Pero en cuanto puse pie en este lugar maldito, fue como si mi capacidad de escribir se hubiese truncado. La parte mental estaba intacta, todos los días conjeturaba algo nuevo sobre lo que escribir, pero cuando me sientaba frente a mi máquina de escribir, con mis dedos punzando por teclear el mapa mental que había trazado en mi mente... no, en blanco. Otra vez. Estaba harto. Me quedaba hasta altas horas de la noche, descartando uno y otro borrador con ideas que, cuanto más las leía, más idiotas me parecían. Esto no me va a garantizar el éxito, esto tiene pinta de que lo escribió mi sobrino de cinco años, esto es muy del siglo pasado. Ninguna idea me convencía, y la frustración se acrecentaba con cada día.

Al terminar mi cuarta taza de café, miré a mi máquina de escribir, tan bien cuidada, aunque los años se le notan. Miré con detenimiento sus engranajes, sus teclas, el logo de la marca de metal incrustado por sobre ellas, y la detesté. La odié con mi vida entera. Me enfureció que sea una máquina tan sublime pero que no pueda ayudarme a crear el libro que me llene los bolsillos de plata. No es como una Alexa, que le hablás y te dice de todo, esta cosa ni lleva pilas. Pero es lo que me hizo amarla, porque la otra no cerraba el pico. Pero, ¿una vez? ¿Una sola te pido, que me digas qué escribir? ¿Es mucho pedir?

El silencio que me devolvió este aparato tan pesado me descolocó al punto de levantarla de su lugar en mi escritorio y llevármela conmigo. Enfilé para afuera, y en la intemperie reinaba una noche despejada e igual de silenciosa que mi máquina, pero una gruesa capa de nieve cubría el suelo. Caminé un par de pasos y tiré mi máquina sobre la nieve, no sé cómo hice para que quedara bien parada en mi ataque de furia. "Ahora vas a ver," amenacé.

Volví adentro y busqué en un cajón bien escondido una pistola chica, que guardo como medida extrema de seguridad. No sé exactamente por qué me la traje a este lugar tan carente de vida, pero henos aquí. Volví hacia donde dejé mi máquina, que parecía seguir sumida en un silencio tranquilo, que me hizo enojarme más. "¡Dame una idea o te mato!" le grito, con la voz un poco quebradiza. "¡Podemos hacerlo por las buenas o por las malas, y te sugiero que sea por las buenas! ¡Así que ayudame a ganar más guita o te cago a balazos!". La máquina no parecía querer torcer. Vi que mis manos temblaban y fue recién entonces que me percaté de lo desabrigado que estaba. Pero no podía dejarme doblegar. Era mi oportunidad de finalmente ponerle fin a este asunto que me bloqueaba el camino hacia mi ganancia en metálico. "¡ESTA ES TU ÚLTIMA OPORTUNIDAD!", le ofrecí una mirada cargada de odio y determinación a apretar el gatillo, pero mi máquina estaba inmutable. La certeza de que no iba a recibir respuesta me golpeó con una ráfaga de viento helado. ¿Qué estaba haciendo? Relajé mis músculos. Era inútil. Todo intento había fracasado. "Ganaste," le digo, mientras me aproximo a la máquina y me siento al lado de ella, sobre la nieve.

Estiré mis piernas y me apoyé sobre mis manos, que estaban por detrás mío. Miré fijo a la noche oscura, hasta que sentí que ésta me miraba a mí. Inspiré hondo, dejando que el aire gélido aplacara lo que quedaba de mi cólera. A través del vaho de mi exhalación, miré a mi máquina. Me dio la impresión de que tenía frío, por lo que le ofrecí mi sombrero, tal vez como ofrenda de paz. Yo también tenía frío, pero ahí me quedé. Esperando que la oscuridad me ofreciera su sombrero.

Publicado la semana 19. 10/05/2020
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Para leer en mitad de una noche helada, junto a tu objeto más preciado y odiado.
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