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Dra. Angela Ziegler

Un encuentro sangriento con hebillas para el pelo

Se levantó despacio, desperezándose mientras la luz blanquecina de la primera hora del día bañaba la habitación, haciendo que la decoración dorada lanzara destellos por doquier. María Antonieta adoraba estos momentos, tan fugaces que siempre se daba el lujo de quedarse recostada un ratito más, para admirarlo. Ella misma se había encargado de la decoración de su recámara, de la cual emanaba su estilo característico, con dejos austríacos. Su origen la seguiría por siempre jamás, aunque había pasado tanto tiempo desde que Su Majestad posó sus pies en su tierra natal. Ella, ahora, rebosaba de energía parisina.

Pero no tenía tiempo que perder. Rápidamente, se levantó, y recién cuando hubo posado sus pies sobre el frío piso de la habitación es que se dio cuenta que sus damas de compañía no estaban por ningún lado. Esta era la hora preferida de María Antonieta, en la que sus doncellas la vestían, maquillaban, peinaban y perfumaban, en la cual María Antonieta desplegaba su auténtico carácter imperial. Se calzó, porque en verdad hacía mucho frío, y buscó entre los salones conectados a su recámara, que conformaban el ala del palacio que le correspondía. Una vez de vuelta en el punto de inicio, fue hasta una de las esquinas y tiró de una cuerda gruesa de terciopelo, que comunicaba que necesitaba la presencia de un sirviente. Al poco tiempo, unos nudillos golpearon la puerta.

— Buen día, Alteza, ¿cómo puedo ayudarla? —el sirviente pronunció rápido su saludo, al tiempo que realizaba una reverencia.

— ¿Sabe usted dónde se encuentran mis doncellas? ¿Cómo es que nadie está presente para vestirme? —María Antonieta, a pesar de haberse puesto una bata que cubría gran parte de su cuerpo, se ocultaba tras la puerta, dejando una rendija abierta. No podía permitirse que la vieran en este estado.

— Las doncellas han sido despedidas la semana pasada, Alteza.

— Pero, ¿qué? ¿Quién ordenó semejante estupidez? ¿Cómo es que nadie me consultó al respecto? —preguntó la reina, levantando la voz.

— Tengo entendido que hubo un recorte de personal la semana pasada, Alteza —el sirviente dio un paso atrás, temiendo la posible cólera de María Antonieta.

— Esto es ridículo. Andá y buscá a alguien que sepa cómo trabajar conmigo, y no vuelvas a menos que encuentres a alguien digno.

— Como ordene, Alteza —el sirviente se despidió, haciendo una reverencia, y partió a paso ligero por el pasillo.

María Antonieta se masajeó las sienes. Cada vez había menos y menos sirvientes en Versalles. Ya de por sí tenía que tolerar a la imperiosa corte, que no podía sino observarla cargada de prejuicios, además de todo París que se había vuelto contra ella. Agradecía vivir bajo el grandioso techo de Versalles, con sus grandes jardines y silenciosos espacios, y más aún agradecía contar con la presencia de sus hijos, la mayor alegría de su vida. Pero ella seguía siendo soberana de un gran pueblo, y debía vestir como la ocasión lo requería. Así que María Antonieta se dirigió a la sala en la que guardaba todos sus vestidos, y decidió emprender la gran tarea por su cuenta.

Los vestidos que ella le había encargado a su famosa costurera habían resultado el catalizador de la moda parisina. Eran un preciosor, iguales a ningún otro. Pero de la misma forma en que eran hermosos, eran intrincados de colocar. Lazos, botones, hebillas, pliegues, capas y más capas de tela profusamente trabajada conformaban un vestido, y así multiplicado por quién sabe cuántos. María Antonienta, después de un deliberado análisis, optó por un vestido blanco y dorado, con miles de detalles, brillos y delicadezas varias, muy a tono con la época invernal. Le costó horrores. Ella nunca prestaba atención a cómo sus doncellas le colocaban la gran prenda, simplemente se dejaba vestir mientras se observaba en los múltiples espejos que pululaban por la habitación. ¿Por qué debía haber tantas faldas? ¿Cómo llego a abotonarme la espalda? Tantas preguntas, y sólo se tenía a ella para contestarlas. Todavía no oía los golpes en la puerta que anunciarían la ayuda que tanto necesitaba. Se aupó, y llegó a duras penas con las manos, pero el vestido estaba puesto. Realmente, estaba preciosa. Y eso que todavía no había pagado por ese vestido. Las cosas en el palacio se estaban desbaratando, y María Antonieta se había gastado grandes porciones de las arcas reales en su juego favorito de azar. Ahora sólo le quedaba endeudarse con su costurera, quien ya estaba perdiendo la paciencia.

Cuidadosamente, María Antonieta se sentó frente al espejo en el que le producían todo el rostro y cabello, sus rasgos más importantes. Se miró fijo, y canalizó su energía creativa, tratando de definir qué impondría hoy en el mundo de la moda. Buscó sus polvos y tintas, y se trabajó un maquillaje que fuese a juego con su vestimenta, convirtiendo a su piel en un campo nevado, destacando sutilmente sus grandes ojos y sus labios delicados. El resultado no fue tan profesional como lo que conseguían sus doncellas, pero para la soberana fue suficiente. En el pelo, decidió ir por algo más sencillo, porque sabía que no lograría realizar algo tan impresionante como lo que solía llevar. Coronándose la frente con una trenza y enrroscándolo por detrás a la altura de la nuca, adornó su cabello con hebillas y ganchitos de oro, algunos sólo de este metal, otros con diamantes, otros con zafiros. Eran unas piezas únicas, que le encargó hace ya unos años al mejor joyero de la ciudad. Animada por verse aún más bella, y todo producto de su esfuerzo, se colocó aún más hebillas. Sin mirar, metió la mano en la pequeña caja forrada en terciopelo donde las guardaba, pero fue brusca, y se pinchó muy fuerte con el engarce que sostenía un gran diamante, al punto en que el dedo comenzó a sangrar mucho. Maldiciendo en voz alta, María Antonieta se preguntó cuánta fuerza hizo en verdad como para cortarse el dedo de semejante forma. Se miró al espejo y la imagen que recibió le bastó como para levantarse de su asiento y buscar una venda. Maldijo de nuevo, porque tendría que llamar a un médico para que le revise el corte, no sea cosa de que necesite una sutura y eso le deje una cicatriz. Pero antes de completar la acción, se miró de nuevo, y su cuello le resultó muy vacío, desnudo casi. Optó por buscar el accesorio adecuado antes de presentarse por fuera de sus instalaciones. Lastimada o no, ella tenía una imagen con la que debía superar expectativas.

Revisó sus alhajas y encontró un largo collar de perlas marinas, que su adorado rey le ofreció tras el nacimiento de su primogénita, junto con otros obsequios, claro. Con cuidado, lo tomó con la mano sana y fue colocándolo alrededor de su cuello, vuelta tras vuelta, para que este quedara cubierto de perlas. Fascinada, se quedó mirándose, embelesada con su apariencia etérea, lo suficiente como para que los golpes en la puerta le dieran un susto. La reacción la llevó a ponerse la mano sangrienta en el cuello, sobre las perlas. Pero fue tarde para cuando María Antonieta se dio cuenta, y cuando bajó la mano vio que la tinta roja manchaba su collar, hasta caían gotas. Contrastaba demasiado con su piel pálida, la hacía parecer como si le hubiesen cortado la cabeza. Se disponía a limpiarse antes de abrir la puerta, pero un instinto le hizo pensárselo dos veces. Este era el momento en donde la inspiración le decía que este iba a ser el estilo que haría voltear cabezas.

Mirándose un poco más en el espejo, se tiró un beso y caminó con elegancia hacia la puerta, dispuesta a despedir al sirviente que tardó demasiado para los estándares de Versalles.

Publicado la semana 18. 03/05/2020
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Para leer de camino a la guillotina, es cortito así que llegás para que sea el último.
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