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Dra. Angela Ziegler

Deje su mensaje después de la señal

A Bernardo lo conocí en un bar que no solía frecuentar. Fue un par de semanas después de haber terminado la universidad, un momento en el que me sentía bastante perdida en general, no sabía si conseguiría trabajo dentro del área por el que tanto estudié. Ahora mis noches no eran túneles por los que caminaba, rodeada de apuntes y libros interminables, cargando mis ojeras como si de la cruz se tratara, para llegar hacia la salida en donde ya despuntaba el día fatídico en que rendía un examen. No extrañaba la experiencia, pero no voy a negar que, cada vez que observo hacia atrás, siempre es con cariño. Puesto que, desacostumbrada a tanto tiempo libre, quise disfrutar de una noche fuera de las paredes de mi departamento. Llamé a Luana y Malena, mis amigas del alma, pero ambas estaban ocupadas con sus respectivos novios, o lo estarían más entrada la noche. Nada fuera de lo común, siendo sábado. Llamé a mis compañeros de estudio, María, Santiago y Francisco, pero me saltaron sus contestadores. Al parecer, todos tenían algo que hacer hoy. Aún así me calcé mi vestido floreado, mi campera de jean, unos zapatos cómodos y una cartera igual de cómoda. No estaba de humor para maquillarme, pero sí me acomodé el pelo para que esté más ordenado. Luego de un rápido vistazo al espejo, cuyo reflejo me dio el visto bueno, salí a la vereda, sin un rumbo fijo.

Las calles estaban un poco atestadas de actividad. A pesar de la humedad detestable, la gente no iba a desaprovechar una noche de verano despejada como esta, y no los culpo. El ambiente en general invitaba a divertirse un rato. Me dirigí hacia la avenida principal, que contaba con varios bares de distinta temática. La mayoría parecían abarrotados, con la música tronando y los comensales riendo, probablemente ya borrachos. Estuve a punto de adentrarme en un bar grande que había oído nombrar, en el que estaban pasando una de mis canciones favoritas, pero algo me llamó la atención del otro lado de la calle. Unas luces de neón un poco destartaladas señalizaban el comercio como "El Viejo Alce", y una caricatura de alce sosteniendo una jarra de cerveza invitaba a cualquier transeúnte a adentrarse. La fachada hacía las veces de cabaña de montaña, y una bandera canadiense ondeaba aburrida a un costado. No parecía que estuviese tan lleno como los demás locales, pero desde donde estaba tampoco alcanzaba a ver mucho más a través de las ventanas. Decidí probar algo nuevo, así que enfilé para cruzar la calle. De todas formas, en el otro bar ya habían cambiado de canción, y era pésima.

Una vez dentro del bar canadiense, confirmé mis sospechas: no era uno muy concurrido. No obstante, la tranquilidad me resultó cómoda, y agradecía que en este la música estuviera a un volumen respetable. Mientras me acercaba a la barra, observé a la gente sentada en las mesas. Había un par de grupos de amigos diseminados, pero la mayoría de las mesas estaban ocupadas por lo que parecían comensales habituales y un poco viejos. Gran parte de los asientos de la barra estaban libres, por lo que elegí uno que me dejara lo suficientemente cerca de la puerta, por si alguno de los tipos se pasara de la raya. Aunque no parecían haberme tomado el apunte, era una clase de hábito que no podía permitirme no hacer.

—Señorita, ¿qué se le ofrece? —el barman de mediana edad limpiaba un vaso sin mucho ímpetu.

—Hola, ¿tienen cervezas canadienses?

—Sólo la Alpino, aunque yo creo que es de las mejores.

—Bien, te pido una, por favor.

—Permitime el documento —alargó una mano en mi dirección luego de dejar el vaso detrás de la barra.

Se lo pasé y, luego de un rápido vistazo cargado del mismo ímpetu con el que limpiaba el vaso, el barman me devolvió el carnet y se dispuso a buscar la cerveza. Poniéndome de costado sobre el taburete, me distraje mirando la infinidad de cuadros que poblaban una de las paredes, la mayoría fotografías que parecían viejas pero también habían recortes de diario y cabezas de animales embalsamados. En el centro, arriba de toda esta decoración, se encontraba la cabeza de un alce enorme, con astas que parecían querer perforar el techo a dos aguas. Tenía pinta de ser un alce viejo.

—Acá tiene su Alpino —dijo el barman, acercándome un vaso largo con cerveza rubia, posado sobre un posavasos, y un cuenco con maní.

—Gracias —dije, pensando cómo iba a terminarme semejante bebida en una noche.

Le di un sorbo y no estaba mal, pero había probado mejores. Estaba pensando en si habría cervezas canadienses que supieran mejor cuando siento que alguien se sienta en el taburete a mi izquierda.

—Buenas y santas, Alfredo.

El barman se dio vuelta y, tras ver quién era el recién llegado comensal, le dedicó una expresión de cansancio que no pareció querer disimular. El desconocido aparentaba ser más o menos de mi edad, en la franja de los veintitantos, y vestía una camisa colorida sobre una remera blanca, ambas manga corta, además de jean y zapatillas. Con pelo castaño y ojos marrones, parecía ser un joven adulto promedio.

—Y yo que pensaba que la noche venía tranquila.

—Alfredo, tus bienvenidas son tan cálidas como el sol de mis mañanas. Pasaba caminando por la avenida cuando avisté el bar y no dudé en pasar a saludarte y contarte lo que-

—Sólo decime qué querés así te atiendo rápido.

—Hm, a ver, con antojo de qué ando hoy...

El desconocido miró para mi lado, y posó su vista en mi cerveza y luego sobre mí.

—Buenas, ¿qué te pediste vos?

—No molestes a mis clientes, por favor, ya tuve suficiente la última vez.

—Me pedí una Alpino —respondí por si acaso, me pareció que el chabón podría ser capaz de muchas cosas y no quería averiguarlo por mi cuenta.

—Excelente elección, pediré lo mismo que ella —volvió su vista al barman, quien ya se dirigía a servir el pedido—. Por cierto, soy Bernardo, aunque también me conocen como "cliente no deseado".

—Valeria —me sorprendió escucharme revelar mi nombre, debería haber sido más precavida. Pero ya no había marcha atrás.

—Encantado, Valeria. Debe ser la primera vez que venís, porque no recuerdo haberte visto antes en esta cabaña cervecera.

—Si, es la primera vez que vengo.

—Y mirá qué suerte la tuya, hoy en el bar vas a encontrar a los viejos más extravagantes que podés encontrar. Mirá ese de allá —señaló a un hombre viejo con sombrero de vaquero y gafas de sol, sentado en una de las mesas del centro con actitud un poco fiera—, me contó que él mismo desciende de los vaqueros yankees originales y que tiene un establo con tres caballos en su casa. Le pregunté si me podía llevar a verlos, pero me tiró tantas excusas como para escribir un libro. ¡Ey, Ted, cómo andás! —el señor con sombrero pretendió no haberlo escuchado, y miró hacia otro lado acomodándose las gafas.

—Empiezo a entender eso de "cliente no deseado".

—Y es sólo la punta del iceberg —me guiñó el ojo y volvió su vista a la barra, en donde Alfredo colocaba la cerveza —. ¿Y el maní?

—Se nos terminó recién.

—Te voy a tomar la palabra, pero sólo esta vez, muchachito —le dijo poniendo una voz nasal, pero el barman ya se había alejado hacia la otra punta de la barra —. Nos llevamos tan bien.

—Podés quedarte con mi maní, si querés, total a mi no me gusta mucho.

—¿En serio? Tal vez sea yo el que está de suerte esta noche —se llevó un par a la boca —. Gracias.

Le di un trago a mi cerveza, por un momento me olvidé que la tenía ahí, esperándome. Había perdido un poco el frío pero todavía se dejaba tomar.

—Che, ¿te puedo hacer una pregunta? —Bernardo ya se había tomado la mitad de su vaso, y volvía a entretenerse con el maní.

—Mientras no me pidas que haga algo, podés.

—Tranquila, puedo ser un incordio pero tengo mis límites. ¿De casualidad tendrías algún casette de tu contestadora que no quieras?

—¿Que lo qué?

—Supuse que sería una pregunta rara. Vamos desde el principio: me gusta coleccionar las grabaciones de los contestadores automáticos de la gente, y me da la impresión que los tuyos pueden ser una buena adición a mi colección. ¿Tenés alguno de sobra que hayas usado?

—Eh, no, la verdad que no. De todas formas no lo uso mucho.

—Bueno, no te preocupes, de todas formas tengo algunos que todavía no escuché. Ha sido un placer conocerte Valeria, pero debo seguir incordiando a los clientes. Hoy hay torneo de truco y tengo una reputación que mantener —dijo esto último como si estuviese actuando para una película trágica.

—Igualmente, Bernardo. Suerte en el torneo —dije, pensando que más que trágica, esta tenía que ser una comedia.

—Que disfrutes la noche, y gracias de nuevo por el maní —apuró lo que le quedaba de cerveza y caminó hacia un grupo de mesas en donde supuse el torneo daría lugar, no sin antes pagar por la cerveza dejando la plata debajo del vaso.

Terminé mi bebida mientras intentaba sacar una conclusión del encuentro reciente. No recordaba haberlo visto en la universidad, y si lo había visto hacía rato se había olvidado. Supuse que la interacción que tuvimos es algo que Bernardo suele repetir con la gente que viene a este bar. Agradecí para mis adentros que sólo haya sido una conversación amena, y me di vuelta para pedirle la cuenta a Alfredo, quien observaba a los participantes del torneo, en especial a uno, con mucha atención. Hecho el pago, me colgué la cartera al hombro y me volví a casa. Suficiente aventura por una noche.

Un par de días después, estaba de nuevo volviendo hacia mi casa. Mi reloj marcaba el mediodía, y el sol brillaba fuerte en la ciudad. Me había pasado gran parte de la mañana repartiendo currículums en las oficinas donde me interesaba trabajar, tanto en las que más como en las que no tanto. Había una en especial que me parecía idónea, en particular porque ofrecían la posibilidad de trabajar afuera, y tenía muchas ansias de que me llamaran de ahí para una entrevista. Aunque trataba de no darle mucha expectativa, por si no quedaba. La experiencia, en cualquier lado, siempre vendría bien, al fin y al cabo. Mi departamento cada vez quedaba un poco más cerca, y habría apurado el paso, pero los pies me estaban matando. No estaba acostumbrada a usar tacos, pero quise dar una buena impresión allí donde presentaba el rostro. Crucé la calle y caminé por una de las cuadras que más locales tenía, que son pocas puesto que mi barrio es más que nada residencial. Pasé enfrente de un restaurante, una zapatería, una panadería, y estaba por pasar por el local de objetos de segunda mano cuando por poco me estampo en la puerta de vidrio, que se abrió demasiado rápido para que la viera.

—Ay, perdona- ah, ¡hola! Sos la chica del bar del otro día, ¿no? ¿Valeria? Bancame —dijo Bernardo, antes de inclinar el cuerpo hacia dentro del local—. Les dejé mi número en el papelito, ese, que está sobre el mostrador. ¡No duden en llamarme si tienen más de estas! ¡Y gracias otra vez! —terminó de decir y salió del local, cerrando la puerta tras de sí.

—Hola de nuevo, Bernardo. ¿Cómo andás?

—Muy bien por suerte, ¿vos cómo estás? Además de muy elegante, por cierto.

—Gracias, estoy bien. ¿Estás de compras? —dije, señalando la caja de zapatos que cargaba con un brazo.

—Podría decirse que si. ¿Te acordás que la otra noche te mencioné que colecciono casettes?

—Y supongo que ese es el nuevo cargamento que conseguiste.

—Ajam. Se me ocurrió que en locales como este tendrían grabadoras con casettes olvidados, y pregunté si los vendían. Casi que me los regalaron con moño, te digo, al parecer la gente se los olvida a menudo cuando vende sus grabadoras. Por suerte este local los estaba guardando en esta caja, y así nomás me la dieron.

—Un buen golpe de suerte, aunque no sé por qué coleccionar cosas como esta.

—Te lo diría, pero podría mostrarte si te interesa. Vine con el auto y tengo el reproductor de casettes, si querés podemos escuchar juntos un par, para que veas. Está ahí, estacionado un poco más adelante, es el gris —señaló por detrás de él a un auto que era gris y parecía viejo, casi destartalado, y comenzamos a caminar hacia allá —. Sé que no tiene la mejor pinta, pero anda como si fuese nuevo.

Cuando estuvimos enfrente del auto, Bernardo me pidió que sostenga la caja con casettes mientras él lo abría y buscaba el reproductor. Una vez con el equipo en mano, lo dejó sobre el techo del auto y le pasé la caja, que colocó al lado del equipo y, acto seguido, abrió. La caja estaba llena de casettes, aunque todavía quedaba un cuarto de espacio vacío. Algunas tenían rótulo, más que nada fechas y letras al azar, y otras no tenían nada.

—Elegí una.

Agarré una que tenía un sticker del símbolo de la paz, sin nada más escrito, y se lo pasé al coleccionista. Bernardo lo colocó dentro del reproductor, cerró el compartimento y rebobinó la cinta, para luego darle play. Se apresuró a subirle el volumen antes de que la cinta comenzara a sonar.

"...Hola Rodri, soy Valentín, espero escuches este mensaje a tiempo. ¿Te acordás ese concurso de la radio en el que podías ganar las entradas para el Festival del Amor y la Paz? ¡Ganamos! ¡Ganamos el concurso! Andá armando las valijas que nos vamos a bailar en las sierras, hermano. Y esta vez, no te olvides el paquete, eh. Imaginame guiñándote el ojo. Llamame así arreglamos bien."

—¿No es genial? —Bernardo estaba mirándome igual de emocionado que expectante por ver mi reacción.

—Es raro, es como echar un vistazo a una partecita de la vida de alguien más.

—¡Exactamente! Esa es la gracia de mi colección. Me gusta escucharlos porque, con ellas, me imagino historias. ¿Qué habrá pasado con Rodrigo y Valentín? ¿Fueron al festival? ¿Se habrá acordado Rodrigo de llevar el paquete? —dijo con manerismos exagerados, guiñando de igual forma un ojo.

—Espero que si, ganar un concurso de la radio era mi sueño. ¿Puedo escuchar otro?

—Adelante, pero esta vez, probá cerrando los ojos y mezclando con la mano los casettes, antes de sacar uno.

Hice como propuso. Cerré los ojos y mezclé, antes de concentrarme y agarrar uno al azar. Bernardo volvió a colocar el casette en el reproductor, y oímos con atención cuando le dio play.

"...¡¡Hola Elena!! Soy María Trinidad, me alegra que hayamos podido conocernos en la misa del domingo pasado. Te llamo para invitarte al asado que va a hacer mi marido este finde, vamos a invitar a los vecinos que van a misa, y creo que es una buena oportunidad para que los sigas conociendo. ¡¡Y yo voy a hacer la ensalada!! ¿Qué te parece? Y por supuesto, tu familia está cien por ciento invitada. ¡¡Espero que vengan!! No dudes en llamarme para coordinar los detalles. ¡Besito!"

—Esa señora es demasiado amable como para no sospechar.

—Tal vez sea una asesina serial, quién sabe... —dijo Bernardo, poniéndose la mano en la barbilla, pensativo.

—Tal vez haya envenenado la ensalada... —dije, poniéndome en la misma posición.

—Es un misterio que jamás podremos resolver...

—La verdad, tenés razón, es divertido escucharlos e imaginar historias.

—Y eso que he escuchado peores que los de recién. Unas cosas que no te imaginás. Pero, cambiando de tema, me muero de hambre. ¿Estás ocupada ahora?

—No, iba a mi casa nomás, también muerta de hambre.

—¿Almorzamos juntos? Conozco un lugar a unas cuadras que hace una comida pero que te morís. ¿Ubicás el restaurante El Hornito de Jorgito?

—Cómo no conocerlo, iba siempre de chica. Almorcemos juntos, entonces.

El restaurante estaba a unas cinco cuadras, y luego de que Bernardo deje el reproductor y la caja de zapatos en el auto, caminamos hacia allá. Me fue contando sobre los otros casettes más raros que había encontrado, y cada historia la narraba con una teatralidad que me hizo reír. Durante el almuerzo aproveché a conocerlo un poco más, e intercambiamos un poco de cada uno. Hacia el final, intercambiamos también nuestros números de teléfono, y prometió llamarme si hacía un hallazgo particular entre su nueva adquisición.

Con el correr de los días, Bernardo y yo nos hicimos amigos, y nos gustaba juntarnos en una plaza a tomar mate y charlar. De vez en cuando, traía un par de casettes y el reproductor, y nos matábamos de risa imaginando historias ridículas. Cada vez que me ponía a pensar al respecto, me resulta curioso que nuestra amistad haya comenzado con unos casettes viejos, o bueno, casi. Pero a veces, las mejores cosas empiezan como uno menos se lo espera.

Fin de mes se acercaba, y yo había recibido algunas llamadas para informarme que había quedado para varias entrevistas laborales, pero me llamaron principalmente de las oficinas que menos me interesaban, y de todas formas, tampoco quedaba seleccionada. Yo seguía esperando un llamado de la empresa que prefería, pero sin tantas esperanzas como al principio.

Un día de lluvia torrencial, habíamos quedado de ir a la plaza con Bernardo, pero con el temporal lo invité a mi departamento, siendo que él andaba cerca haciendo un trámite. A eso de las tres y media llegó ensopadísimo, y tuve que prestarle una toalla y un secador de pelo o me inundaba el living. Cuando se hubo secado lo suficiente, abrió su mochila y sacó un paquete de facturas que compró, que por decreto divino no se había mojado. También traía consigo el reproductor y una bolsa con varios casettes que, según me comentó, había conseguido de la misma tienda de segunda mano de antes, que quedaba cerca. No era una caja de zapatos llena, pero había varios para entretenerse un buen rato. Después de un par de mates, un par de medialunas y un par de chismes que intercambiamos, decidimos matar la tarde con los casettes. Uno tras otro, los nuevos encuentros de Bernardo me hicieron llorar de la risa. Cuando nos quedaban dos, estábamos despaturrados en el suelo, agarrándonos la panza porque nos dolía de tanto reír.

—Creo que voy a apuntarme a uno de esos concursos de escritura y entregar un texto inspirado en alguno de estos casettes —dijo Bernardo, cuando recuperó el aire.

—Arrasarías con la competencia —dije mientras me sentaba con las piernas cruzadas.

—Todo sea por el premio en metálico —dijo Bernardo, adoptando una pose teatral y trágica.

—Bueno, el mate está frío, nos bajamos todas las facturas y todavía quedan algunos por escuchar. Creo que no vamos a sobrevivir.

—No tires la toalla así, Vale, uno más. Escuchemos uno más y te permito que me eches a patadas de tu cuchitril.

—Hm, tentador, escuchemos uno más. ¿Por cuál vamos?

—Yo digo este, que no tiene nada en el rótulo. Es tan misterioso que no nos dice nada.

—Música, maestro.

Bernardo agarró el reproductor e introdujo el casette, acción que ya me parecía un deja vú cada vez que lo veía. Apoyé mi cabeza sobre mis manos, aguardando el estallido de risas que se avecinaba. Bernardo le dio play, pero la cinta no se movió. Apretó varias veces más el botón pero siguió sin pasar nada.

—Pucha, ¿ya se me rompió esta cosa? —Bernardo agitó el reproductor, visiblemente frustrado.

—Y, de tanto que la usamos, creo que se hartó de nosotros. Probá pegarle un poquito, yo hago lo mismo con el televisor y me funciona.

—Un clásico.

Bernardo le propinó un par de golpes a la máquina y presionó play. La táctica había funcionado, ahora la cinta estaba andando.

—De nada, son ciento cincuenta por el servicio.

—Muy graciosa.

Ambos nos llamamos al silencio y prestamos atención. La cinta tardó un poco en emitir sonido.

"...Juan Carlos, escuchame, no tengo mucho tiempo. Anoche los milicos entraron a casa y se llevaron a rastras a Ramiro, y creo que esta noche me van a venir a buscar a mi. Fui a la policía a hacer la denuncia pero pusieron cualquier excusa para no tomármela, incluso me trataron de loca. Creo que es por eso que van a venir hoy. No sé qué hacer o a dónde ir, por eso te llamo. Voy a estar pegada al teléfono, si no te atiende nadie... Creo que vas a saber qué pasó. Pase lo que pase, decile a todos que los quiero. Espero tu llamado. Te mando un abrazo."

El reproductor hizo un click, que indicaba que la cinta se detuvo. El silencio que reinaba en la habitación se rompía solo con la lluvia que seguía cayendo afuera. Nos miramos entre los dos y no tuvimos que decir nada para entender que la sesión con los casettes había terminado ahí.

—No sé qué pensar —dije por simplemente decir algo.

—Yo tampoco. Jamás creí encontrar un casette como este.

—¿Te lo vas a quedar?

—Y si, ¿qué más haría con él sino?

—Por ahí podés enviarlo a algún lado, digo, parece importante para la historia.

—Supongo que no es mala idea.

Nos levantamos del suelo en silencio y lentamente limpiamos lo que quedaba de nuestra merienda. Para cuando despedí a Bernardo por la puerta, la lluvia se había convertido en llovizna, pero aún así le presté un paraguas.

No nos vimos tan a menudo después de esa tarde, en parte porque Bernardo cambió de trabajo y estaba más ajetreado que nunca. Hablábamos de vez en cuando por teléfono, pero no era lo mismo. Tampoco volvimos a hablar como antes sobre los casettes. Había notado el cambio y me ponía triste, pero no sabía cómo hablarlo con él para resolver el tema. Supuse que con el tiempo era algo que simplemente iba a pasar.

El mes siguiente fue decisivo: me habían llamado de la empresa en la que quería trabajar, y el día antes de la entrevista me pasé el día mentalizándome para presentarme como la candidata perfecta. Elegí con cuidado mi atuendo, practiqué respuestas a posibles preguntas en el espejo, llamé a mis amigas y a mis padres para pedirles consejo. Esta era una oportunidad que no podía dejar pasar. Cuando llegó el día, a pesar de los nervios que sentía y que sentí en todas las entrevistas previas, fui determinada. Al terminar, salí del edificio eufórica. ¡Me habían contratado! Y es más, me ofrecieron el mismo puesto pero fuera del país, lo que me daría aún más experiencia. No pude sino aceptar encantada. Al llegar a mi departamento, llamé a mis padres para comunicarles la noticia. El resto del día me lo pasé organizando para poder partir en unos días: regalé muebles, embalé otros, saqué pasajes de avión, hasta vino mi madre a ayudarme con lo que podía. Más tarde llamé a mis amigas, quienes vinieron volando a celebrar conmigo la noticia y seguir ayudándome. También llamé a Bernardo, pero me atendió el contestador, así que corté y me prometí llamarlo más tarde. Cuando volví a intentar llamarlo, ya de noche, volvió a atenderme el contestador.

"Hola Bernardo, soy Vale. Adiviná: me llamaron de la empresa y quedé. ¡Me contrataron! Y me ofrecieron un puesto en otro país así que me estoy yendo en un par de días. Estoy muy emocionada, y voy a extrañar nuestras tardes a puro mate. Ahora estoy muerta de cansancio, pero mañana no dudes en llamarme así coordinamos una tarde de despedida. Esta vez, yo pongo las facturas, ¿qué opinás? Te mando un beso."

Pero en el tiempo que siguió, el teléfono sonó, y ninguna de las veces fue Bernardo. Yo estuve bastante ocupada para dejar todo listo, aunque intenté llamarlo un par de veces seguía escuchando al contestador del otro lado. Probé fijarme si me había dejado un mensaje en mi contestador, a pesar de que él sabía que apenas lo uso. Pero nada. Me resultó raro, si Bernardo era coleccionista de casettes de contestadores automáticos, uno pensaría que el que más frecuentemente escuchaba, era el suyo. Pero no parecía ser el caso. No sabía dónde vivía, así que tampoco podía mandarle una carta. Como no se me ocurría más nada, lo dejé estar.

Luego de casi cuatro días a puro quehacer, estaba lista para empezar un nuevo capítulo. Con mis bártulos y valijas listas, me paré en una esquina y miré mi departamento vacío. Estaba irreconocible. No pude sino emocionarme y soltar algunas lágrimas, pero no me di mucho tiempo pues tenía horarios que cumplir. Y se hacía tarde. Agarré mis cosas y salí a la vereda, en donde mis padres me esperaban en el auto para llevarme al aeropuerto. Una vez allí, noté que todos mis amigos me estaban esperando con una pancarta enorme que decía "¡Buen viaje, Valeria!". Después de hacer las despedidas correspondientes, y soltar aún más lágrimas, despaché mi valija y pasé por el control del aeropuerto. Sentada en la zona de embarque, esperaba que se hiciera la hora de abordar leyendo un libro que me había traído en la mochila. Pero mi mente volvió a pensar en Bernardo, y en que no sabía qué había sido de él. El día antes de partir, vendí mi teléfono y mi contestador automático, con el casette aún adentro. Tal vez ese casette lo encuentre Bernardo algún día, si es que sigue coleccionando.

Me sentí inquieta en el asiento y decidí ir al baño, por moverme. Al salir, noté que en una de las paredes había teléfonos públicos. Tanteé mis bolsillos y encontré unas monedas, las suficientes para un llamado, así que me acerqué al primer teléfono y pagué. Con el tubo en la oreja, marqué el número de Bernardo y esperé. Me decepcionó escuchar la voz, ahora familiar, de su contestador automático. Cuando estaba por sonar la señal que indicaba que ya podía dejarle un mensaje, escuché por los altavoces que mi vuelo abría sus puertas para embarcar. Así que traté de ser rápida.

"Hola, Bernardo, soy Vale. Te llamo desde el aeropuerto y no tengo mucho tiempo. Hace un par de días que te vengo llamando pero nunca contestaste, ni siquiera a los mensajes que te dejé. No sé si hice algo que haya puesto un alto a nuestra amistad, algo me dice que tiene que ver con la última vez que escuchamos un casette juntos. Sea como sea, me estoy yendo lejos pero prometo llamarte para dejarte mi nuevo número, por si querés llamarme. Te mando un beso."

Colgué y me dirigí hacia la puerta, con mis bártulos al hombro. Caminé por el puente hacia la puerta del avión y presenté el ticket. La azafata me dio la bienvenida con una sonrisa, y tras devolvérsela me dirigí hacia mi asiento. Luego de ubicar mis cosas en el compartimento de encima, me senté. Me había tocado del lado de la ventana, por suerte. Me abroché el cinturón y me entretuve con la revista de cortesía hasta que el avión arrancó para despegar. Mientras levantaba vuelo, me distraje viendo por la ventana cómo las casas se volvían cada vez más chiquitas, hasta perderse en la distancia.

Publicado la semana 15. 12/04/2020
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