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Dra. Angela Ziegler

Pan de chocolate

Era inútil.

Cada intento por hacerme entender era inútil. Completamente fútil. Y eso que me compré diccionarios, usé ochenta aplicaciones de traductores, pero nada podía hacerle entender lo que quería comunicar. Eso, o mi compañero de cuarto no quería entender.

El primer día de mi intercambio en Francia estaba muy embelesado con la ciudad icónica que es París. Lo suficiente como para que la desilusión que me golpeó después, cuando vi lo desagradables que podían ser las zonas no turísticas, me dejara alicaído. Calles sucias, mucha basura desperdigada en las veredas, un descuido impropio de una metrópolis catalogada como una de las ciudades más hermosas. Y este sentimiento, sumado al hecho de que es invierno, la estación que más odio, hacía que mi hogar estuviera más lejos que nunca. Fui a mis clases, recorrí la ciudad, pero me sentía solo. Me sentía un alien. Además, el hecho de que mi compañero hablara otro idioma intensificaba este sentimiento. Yo me desenvuelvo bastante bien con el inglés, pero él no tanto, sólo hablaba francés con un acento thailandés muy pronunciado. Juro que lo probé todo, pero con el pasar de los días, ambos habíamos desistido y hablábamos lo mínimo e indispensable. Una pena, él era cocinero y yo siempre quise aprender, pero con este abismo entre nosotros, creo que terminaríamos prendiendo fuego la residencia estudiantil.

Pero lo que yo creí imposible, un día, se dio. No se dio vuelta la situación como tortilla española, fue algo sutil pero que me abrigó en mitad de una tormenta de nieve.

Mientras estaba estudiando para un examen, mi compañero estaba cocinando su merienda. Olía delicioso, dulce, tanto como para tener que hacer un esfuerzo para que la saliva en mi boca no se desparramase por mis apuntes. Así que seguí concentrándome, hasta que llegué a un bloqueo mental. Esta parte del libro me resultaba tan difícil que me daban ganas de saltar por la ventana. Distraído, escribí en el margen de la hoja que estaba usando "Life is pain", con letra cursiva muy fina, de esas que te salen sólo cuando estás increíblemente aburrido. Mirando mi creación, siento que mi compañero de cuarto se me acerca y me deja un plato en la mesa: una factura típica francesa, pan de chocolate. El aroma que largaba esa joya no tiene nombre. Pero siento que él se queda quieto, y me vuelvo a mirarlo, intrigado. Está mirando la hoja, la pequeña frase que escribí recién. Mi compañero, tomando una birome de color rosa, escribe al lado "au chocolat", formando la oración "Life is pain au chocolat". Lo miro con una sonrisa, al tiempo que agarro mi pan de chocolate y lo choco con el que él sostenía en su mano, como haciendo un brindis. Y reímos, celebrando que al fin pudimos entendernos. Aunque fuera por un ratito.

Publicado la semana 10. 09/03/2020
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