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Dark Rainbow

Mira lo que has creado

Un sonido estridente me levantó esa mañana. Me hubiese molestado de no ser por la sorpresa que predominaba en todo su esplendor. Ningún vecino de los alrededores tenía bebés, sin embargo, ese sonido indudablemente venía de uno.

En el vecindario estábamos acostumbrados al silencio y, de hecho, esa fue la razón principal por la cual decidí mudarme a este lugar. No obstante, soy amante de la vida y de todo el ruido que implica; y en ese momento el júbilo brotaba por mis poros. Hacía tiempo que no se veían niños por estos lares.

Me animé y cociné algo para los vecinos; un clásico estofado de pollo con el latido de mi corazón marcando el proceso culinario y se lo llevé en reciprocidad por el regalo anímico que me ofrecía aquel llanto de vida. Me abrió el padre con una sonrisa de bienvenida y agradecido por la comida me invitó a pasar. En el sofá se encontraba la madre meciendo cuidadosamente al bebé al ritmo de una balanza indecisa tratando de equilibrar el peso de dos rocas. El bebé estaba enteramente cubierto por una manta celeste. Nunca me dejaron verlo, ni siquiera un cabello. Pero es un hecho que en estos días protegen mucho a los niños, así que a pesar de que me hubiese gustado verlo, no me pareció nada del otro mundo. Otro día sería.

A la mañana siguiente escuché a alguien aprendiendo a tocar el piano. La melodía, de nuevo, provenía de la casa de los Torres. Tal sonoridad era rápidamente identificable como aquella tocada por un principiante debido a la tosquedad y falta de armonía. Sin embargo, en cuanto a agilidad se podía decir que los dedos de aquella persona estaban desesperados, como si estuviesen buscando el fin de la música.

Más tarde, dando una vuelta por la manzana, pude observar a un pequeño niño tocando el piano junto a quien parecía ser su profesor a través de la mampara de vidrio de la casa de mis vecinos. Supuse que era algún primo del recién nacido  y una gran sonrisa delineó mis labios; "el vecindario se está llenando de juventud". Más tarde en el día, el mismo niño estaba aprendiendo sueco; al día siguiente ya sabía dibujar profesionalmente, el siguiente era físico-matemático y ni se diga lingüista. ¿Y el bebé? Ni rastro de él. El niño era todo lo que quedaba. Qué lástima, con lo mucho que quería verlo.

Nadie lo entendía, incluyéndome por supuesto, pero aun así, en mi mente no cesaba la corriente de posibilidades. Mucho antes de eso, hubiese perdido la cuenta de sus dones innatos de no ser por los reconocimientos que recibía a diario. Aparecía en la tv, en los periódicos y era escuchado en radios. “Yo soy el niño prodigio y gracias a mis padres sé lo que sé” decía en los medios sin mover muchos músculos faciales y con un tono...entrenado. A pesar de eso, había sonrisas mezcladas con variaciones de pigmentación en las mejillas de la gente y el cambio en el matiz de sus ojos era siempre inevitable. Era una promesa.‘’Este niño es el futuro del país” a menudo escuchaba viniendo de hombres leyendo el periódico en los parques. 

Cuando me lo cruzaba en la puerta, lo saludaba y cada vez que lo hacía sentía una incomodidad en la garganta. Me quedaba sin saliva y no por el asombro precisamente. Pese a las sobrehumanas cualidades que parecía poseer este pequeño virtuoso, había algo en él que no me terminaba de convencer, no era malo ni bueno, era…indescriptible. No es que me incomodase el hecho de encontrarme incapaz de descifrarlo, yo estaba en paz con eso. Por supuesto que él estaba a años luz de mis concepciones acerca de todo, de eso estaba consciente; pero había algo cuando me acercaba a aquel niño que me hacía sentir tan vacío y alarmado como un hambriento buscando comida.

Para su cumpleaños número cinco, sus padres invitaron a todos los vecinos y conocidos a su exposición de pinturas en una de las galerías de arte más importantes del país. Yo decidí asistir ¿Cómo negarme? Me pareció la ocasión perfecta para conocer la fibra más humana del menudo niño genio, pues a veces me daba la impresión que era muy reprimido por sus padres. Dicen que el arte permite profundizar en el artista, incluso si éste no se muestra muy transparente en sus acciones cotidianas; pero creo que sumado a eso, algún mérito tiene que tener el espectador, algún tipo de sensibilidad se requiere para poder receptar algo. Pero cosas como esas no se dicen porque se dan por sentadas y en el camino corremos el riesgo de irnos por colores aleatorios.

Me levanté temprano esa mañana como era de costumbre. Mientras me peinaba frente al espejo, me sentía como Sherlock Holmes a minutos de develar un misterio. Tomé un taxi con dirección a la galería El lienzo azul y durante el corto recorrido la velocidad de la inmersiva travesía me hacía percibir las calles como las pinturas impresionistas que había visto en mi clases de historia del arte años atrás. Francamente, no sabía qué esperar; algo deslumbrante por supuesto, de un genio no se espera menos, pero, en esencia, me resultaba un enigma.

Cuando llegué, me percaté de un gran cartel blanco que anunciaba Exposición del niño prodigio con finas letras rojas, con la palabra prodigio saltando a la vista sin la necesidad de contrastes de colores. Cuánto poder tenía que tener ese niño, mi corazón no lo podía soportar. Una mujer muy joven y guapa se me acercó ofreciéndome un cocktail y me lo bebí tan rápido como se fue. Observé alreadedor y, como era de esperar, toda la gente estaba vestida muy elegantemente. El brillo en los vestidos y zapatos de los espectadores me recordaba a lo cegador que es mirar el sol, con la diferencia de que en vez de sentir calor, me daba frío.

Cuando me adentré al salón, pude notar que pinturas de colores absolutos, que tenían por descripción handmade, lo decoraban. Muy astuto el niño genio, estaba claro que tenía el potencial de hacer impresiones de colores a mano."Impresionante, ¿cómo puede hacerlo?" decían las mujeres a mi alrededor mientras apreciaban el tiránico amarillo hipnotizante sobre el lienzo.

Escuché la voz del niño diciendo "Atención, este es un mensaje para el público profano" y vi cómo la gente, de estar junta y comentando sobre sus obras, inmediatamente volteaba a escucharlo. Emocionados, todos le sonreían, y si ese niño en ese momento era el sol, sus invitados eran sus rayos difumindándose en por el salón.

En una de las pausas durante su discurso, me percaté de un pequeño cable azul. Entonces me acerqué un poco más para comprobarlo y sí, no había duda, era un cable; no era un niño, era un robot. Sereno, me acerqué a donde se encontraba su estático cuerpo y entonces lo tomé entre mis manos y mostré el cable a sus espectadores. Me aseguré de que todos lo vieran, "miren esto, miren esto" repetía con calma con la evidencia de la farsa ahí en frente, mirándonos a todos a la cara. La gente quedó estupefacta, miradas llenas de furor eran intercambiadas en la sala. Sentí que todo el odio del mundo era disparado hacia mí. Pero en algún lugar mi cabeza me preguntaba por qué. Pensé que iba a resultar el héroe de la película, pero estaba muy equivocado. Ese mismo día me vetaron del vecindario. Me advirtieron que de no mudarme, me harían la vida imposible. Y por miedo al niño, eso hice. Pero debo decir que si bien mi cuerpo se desplazó a otro lugar, mi mente nunca lo hizo.

Meses después, me infiltré en uno de sus conciertos de piano. En última fila. En un rincón olvidado. De repente las cortinas se abrieron y el pequeño ser subía el escalón acorde a su tamaño; se acomodaba en el asiento y posicionaba sus manos sobre el piano en una increíble simetría flotante. Y su cuerpo era un ángulo recto y sus pies, no antagonistas a la perfección, se posaban sobre el escalón. Escuché a alguien decir “Sublime” arrugando el rostro, el cual, superficialmente iluminado por las luces del escenario, se asemejaba a una prenda de vestir recién salida de la centrífuga; denotando exagerada fascinación por lo que sus oídos escuchaban. En el escenario tocaba el “pequeño niño” Moonlight Sonata sin dificultad o emoción alguna, mirando un punto fijo en el aire -¿quizá un átomo?- sin inmersión ni conexión, sin nada. Con una velocidad que de lejos superaba a aquella del mismo Beethoven, con una técnica impecable que provocaba enorme admiración en el público. Pies elevándose del suelo en cuarenta y cinco grados. Parábolas en sonrisas. Ojos que habían sido convertidos en espejos.

Y es así como esa noche me la pasé viendo el concierto, viendo a través de mi mampara ¿qué más da? Viendo cómo la gente, a la velocidad de la luz, desaparecía en las calles, en sus casas, en sus corazones; dentro de un trance, así como el mismísimo niño genio.

Pero yo era tan solo un vecino, un simple inmiscuido.

Publicado la semana 30. 03/08/2020
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