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Dark Rainbow

Cuando estás inconsciente de que estás inconsciente

Ésta es la historia de un chico como cualquier otro hoy en día, una persona normal con una cognición social rozando el autismo -nada del otro mundo. 

Él es uno de esos chicos que sonríe y dice "este es un mundo para adaptarse" y luego mira su teléfono con una mutación radical en su semblanza. El chico práctico, el sociable que puedes encontrar en cualquier red y en cualquier reunión, ese el él. 

La primera vez que lo vi fue en el trabajo y mucho antes de que pudiese elaborar alguna impresión de él, me dio un beso en la mejilla y liberó una flatulencia. Yo estaba estupefacta, pero supe disimular muy bien e hice como que no me había dado cuenta ingenuamente, aunque el sonido había resonado en todo el lugar como aquel proveniente de una maraca gigante. Miré alrededor y nadie había volteado. Él tampoco se disculpó por el vergonzoso suceso que acababan de desencadenar sus intestinos. Lo olvidé rápidamente pensando "qué gente tan considerada", quizá ese chico sufriese de algún mal crónico y todos alrededor lo sabían y lo aceptaban por quien era.

Los días pasaron y la cosa ya era algo cotidiana, aunque tuvieron que pasar unas cuantas veces más hasta que mi rostro dejase de ponerse rojo. Las caras que había hecho cada vez que él expelía un gas seguramente se asemejaban a las hojas del calendario arrancadas por el viento en las caricaturas; con un fondo de indiferencia hasta que llega el fin de año.

Un día, me atreví a preguntar. Estaba nerviosa pero sentí que tenía que hacerlo. Me acerqué a una de mis colegas y casi haciendo un ASMR le dije "Disculpa, no me he atrevido a preguntar esto hasta ahora pero ¿qué es lo que tiene Bruno?" A lo que ella respondió "¿a qué te refieres?". Quería gritar ¿Cómo no podía saber inmediatamente a lo que me estaba refiriendo? Respiré hondo y pregunté "¿Por qué siempre está liberando flatulencias? ¿Qué problema tiene?". "Ninguno" me dijo con total normalidad. Miles de dilemas embargaron mi mente hasta que después de unos eternos segundos añadió, "Él es así y ya está". Y comprendí todo. No me atreví a preguntarle más ni tampoco quise acercarme a preguntarle a algún otro compañero. Mi intuición me decía que no iba a escuchar lo que mi sentido común quería escuchar. Fui al baño y me miré al espejo y me reí.

Todos los días miraba con detenimiento todos los condenados rostros de mis colegas cada vez que Bruno hacía lo que hacía y era como observar uno de esos planetas lejanos de la Tierra para terminar quedándote con impresiones de la realidad. No había señales de vida. Y sentí que tampoco quería encontralas.

No estoy segura de cuánto tiempo pasó, pero el día en que dejé ese trabajo el pensamiento "todo aquí apesta" dejó de burbujear en mi cabeza.

Publicado la semana 24. 15/06/2020
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