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Chukofis

La muela que crece

En el momento en que me sacó la muela, ya se había puesto de rodillas, y con la muela entre el pulgar y el índice gritaba como si estuviera chapoteando en el agua baja, a la vista de todos. Lo que habíamos oído de la dentista nos pareció una locura pero lo comprobé. Había un torno que arrancaba la muela como un imán atrae a otro imán, y casi todo el mundo estaba convencido de que era una completa farsante, pero no parecía para mí por lo menos porque su cara tenía cierta simetría. 

Una hora después me pagó por la muela, por ser su conejillo de indias. El punzante olor que tenía la plata me hizo pensar que la guardaba en algún lugar íntimo. Salí a la calle, no me importaba nada, hasta caminé por los charcos de agua y me mojé. Tanteaba con la lengua a cada rato el lugar vacío que había dejado la muela, dudando si había caído o no en una trampa, convencido de que era imposible que me creciera de nuevo la muela. Llegué a casa y empezaron las preguntas. Los vecinos más que nada, y yo me sentía por momentos una mierda porque ellos se posaban como moscas, me invadían el espacio vital. No me podía mover, me metían los dedos en la boca. Me mudé.

Estuve tranquilo un tiempo en el nuevo vecindario, era gente tranquila, que no preguntaba demasiado. Comprobé que la dentista no me había engañado, la muela crecía, a ritmo lento, pero crecía. Mi felicidad duró poco. Un día vi pasar un auto de policía por la calle. Yo estaba tranquilo pero sabía que eso era una mala señal. Más tarde o más temprano empezarían los robos. Yo le tenía miedo a la violencia, a que de una trompada o un culatazo un ladrón me hiciera perder mi incipiente muela. La ola de robos no tardó en llegar. Pero yo estaba teniendo suerte. Supongo que la falta de tiempo, que  no pudiera dejar aceptable el frente de mi casa, la hacía muy poco tentadora. Pero la ola terminó y se llevó a los surfistas con la plata, mar adentro. 

Al poco tiempo, volvió la policía y esta vez pude reconocer entre uno de ellos a un antiguo vecino. Y entonces me di cuenta de que estaban hace tiempo rastrillando las zonas para encontrarme. No me di vuelta a tiempo y mi antiguo vecino llegó a verme. El auto frenó. Y esa parte de lo que pasó después está en alguna lugar dañado de mi cerebro. Sé que me golpearon todos los vecinos, los antiguos y los nuevos. Alguna cara retengo. Cuando me desperté, en mi cama (habían tenido la delicadeza de acostarme, incluso desvestirme y taparme con las sábanas) además de sentir la fiebre en toda mi cara me di cuenta que mi muela había desaparecido de nuevo. Seguramente habrá volado en alguno de los tantos golpes recibidos.  

Publicado la semana 15. 12/04/2020
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