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Chris Boone

feroz infancia

Salir del colegio ¿Hay un momento más feliz en la infancia? Correr como solo corre quien huye buscando refugio. Huir del despotismo ilustrado de la maestra y de la dictadura del proletariado de los compañeros. Sales buscando unos ojos que busquen con inquietud aventurera los tuyos, unos oídos deseosos de escuchar las mil desventuras de tu día que tu transformas en divertidas aventuras, una boca que no para de abrirse entre la sorpresa y la risa con tus ocurrencias y unas manos rugosas y suaves que te acarician  impregnadas del olor de la merienda y que te defenderán por encima de todo y de todos. Es el momento de las abuelas.

Para mí fue  un tiempo de descubrimiento. Es entonces  cuando descubrí que uno  no siempre encuentra lo que busca. Cuando yo salía miraba esos ojos, esas manos y esa boca con auténtica felicidad ajena, es decir, con envidia. Mi abuela siempre estaba ausente, siempre llegaba tarde, o estaba tomando café con alguien o en la peluquería, o de compras, pero siempre tarde. Creo que en su agenda semivacía programaba escrupulosamente su única actividad del día justo antes de venir a buscarme. Mamá siempre volvía tarde y papá hace ya seis años que no volvía, así que era la abuela la encargada de recogerme. Como más vale tarde que nunca ponía mi suplicante mirada de ternura a su disposición para acercar distancias. Aquellas mirada infantil capaces de derretir el hielo rebotaba en  ella sin el menor efecto, de hecho, mientras yo hacía casi estrabismo emocional con mis pupilas ,ella no paraba de mirar su espejito de mano retocándose las distintas capas sedimentarias de maquillaje con las que intentaba disimular su edad. Un escalofrío me recorría el espinazo, me sentía  Blancanieves viendo a esa madrastra de vanidad de bolsillo. Después me sacaba de merienda una escueta manzana roja  mientras arrastraba mi autoestima diciéndome lo conveniente de una dieta sana con lo gorda que estaba a mi edad. Cuando me entregaba la manzana podía ver perfectamente a la bruja del cuento.Siempre iba a jugar con el resto de los enanitos del patio con pánico de caer fulminada en un sueño profundo fulminada por el hechizo de la vieja bruja...

Rebuscaba en mi ingenio para contarle un montón de divertidas aventuras que ella siempre echaba por tierra contándome otras mejores de mi prima. Ella era su favorita. Si yo le decía hoy he sacado un nueve en dictado ella respondía “Pues tu prima María, ha sacado cuatro dieces, ya podías parecerte un poco a ella”. La abuela siempre me hizo sentir que yo había nacido para ser un elemento de comparación, era el baremo para resaltar lo muy buena que era María. Después se quejaba amargamente de que yo era muy descastada porque no le decía lo guapa que había venido que mi prima siempre se lo decía y que hasta Manolo el dueño de la cafetería  le había dicho que estaba cada día más joven y que a ver si aprendía un poco de amabilidad. Yo omitía explicarle la diferencia ente la amabilidad y  el marketing que movía a ambo La pobre padecía “narcirexia” una enfermedad que me inventé y que consiste en verse divina de la muerte siempre. Tenía la rara habilidad de plegar toda su carne dentro de vestidos imposibles que destacaban cada una de las taras que si bien eran invisibles a su visión no lo eran a la de los demás. Mientras me lo explicaba sacaba todo envanecimiento en una sonrisa que me hacía temblar hasta mis débiles cimientos , ya que  junto a la (según ella) “pelusilla” que iba poblando su rostro me hacía ver perfectamente al lobo.

No mucho después, cayó enferma, nada grave, sabido es que la mala hierba nunca muere, o cuanto menos es extremadamente longeva, o lo mismo es pura percepción y simplemente se nos hace larga su compañía. Una rotura de ligamentos provocada por una caída fruto de la combinación de exceso de superficie para la  altura en la persona y lo inversa proporción en los tacones. Yo me sentí liberada de ella y mucho más feliz sola que tan mal acompañada.Aún así no me libré de ella ya que me pidió mi madre acudir a llevarle la merienda. Estuve tentada de no ir pero decidí hacerlo. Cada día le llevaba una manzana roja y le recordaba la necesidad de la dieta a cierta edad y le expresaba mi sorpresa por su mal aspecto y mi extrañeza por la ausencia de visitas de su muy querida María. La dejaba retorciéndose ente dolores más de remordimiento que de rodilla. Salía sin miedo alguno de vuelta a casa, una vez dejado a buen recaudo madrastra, bruja y lobo en la misma cama

Despejado el camino Caperucita volvió a salir contenta del cole y fue feliz sin necesitar príncipe alguno, simplemente  aprendiendo  a reírse de sus desdichas  con el resto de los enanitos y alejando poco a poco de su vida a  la abuela hasta convertirla en un insignificante y lejano mal recuerdo.

 

 

 

Publicado la semana 33. 16/08/2020
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