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Chris Boone

NIEBLA ROJA

NIEBLA ROJA

Como todos los “super- poderes” el de ser despistado conlleva una gran responsabilidad. Dado que uno tiene la mirada sin visión está obligado a enarcar las cejas cada vez que alguien le saluda  y sonreír abiertamente como si de verdad reconociera al interlocutor que tiene en frente.

Mi ciudad soñada es Beijing, creo que allí sería plenamente feliz. Nunca hay sol radiante. Una capa de bruma atenúa todas las visiones hasta hacerlas imprecisas, exactamente igual que en mi vida en la que realidades y recuerdos se envuelven en la bruma de las ensoñaciones que las matiza  y las va difuminando hasta hacerlas irreconocibles.

Recuerdo, o supongo, o imagino que aquella mañana, como casi todas las mañanas, mientras embocaba el edificio de seguros” El ocaso permanente” iba planificando la actualización de todas las tareas procrastinadas del día anterior, a las que solía  mezclar en la justa medida con  unas gotitas de buenos propósitos y un chorrito de maldiciones hacia mis compañeros de trabajo que, como todos los compañeros de trabajo de todo el mundo, siempre son de  inferior capacidad y tenacidad a la propia.

No sé si fue el viento o la turbina o la combinación de ambos lo que hizo que, al llegar a la escalera, a la muchacha se le levantase la falda con una virulencia superior a su rapidez de reflejos y por un nanosegundo asomó un triangulo de tela roja entre los vapores de su vestido. Por la ligereza de éste deduje que ya debía ser verano, lo que certifiqué comprobando en el móvil que ya estábamos en julio naciente. Servidumbres de mi vida de interior, supongo. Durante  aquel eterno instante me sentí por momentos atraído, abochornado e incómodo. Acerté intentando mirar hacia otro lado a encontrarme con un rostro entre incómodo ruborizado y divertido con una sonrisa de pícara turbación ingenua. No creo que fuera bella. No desde luego  en el sentido académico del término. Supongo que no fue en ese momento en el que procesé todo aquello sino que fue el devenir de las horas muertas lo que me hizo cavilar todo aquello.

Subí ligero y me encaminé hasta con cierto entusiasmo a mi tarea diaria. Me  senté presuroso dispuesto a olvidar el incidente enfrascándome en mis funciones, pero aquello apenas me duró quince minutos. La sección de clasificación y estadística de decesos de la compañía no es  el mejor lugar para distraer la cabeza. Ni siquiera tiene uno el aliciente de que venga algún cliente cabreado, ya que no se conoce ningún cliente que haya realizado el viaje de retorno insatisfecho con su nicho, el confort del tanatorio o la inconsistencia del postrero sermón.

Aquel triángulo me acompañó de forma recurrente. Era como un adolescente, incapaz de quitármelo de la cabeza.  Veía la mirada atrevida  de la muchacha, su melena ondulante y la cascada interminable de su risa. Traté de dar un par de cabezadas  sobre la mesa sin conseguirlo, aquella muchacha parecía haberse afincado de forma definitiva en el centro de mis insomnios laborales y amenazaba con hacer lo mismo en los personales.

Llegó la hora de la comida a la que llegué desganado, absorto en mis pensamientos de enamorado de aquel trozo de algodón relleno de mujer.

-¿Está libre?-Me preguntó

-Claro.-Respondí concentrado en remover la ensalada que iba ayunar.

-Es mi primer día.-Me dijo bandeando la melena que casi me acarició.- Estoy en viajes ¿Tú?

-De…cesos.-le dije percatándome de que el pelo le ondulaba con la misma  insolencia vaporosa que a la muchacha de la escalera. Al igual que ella llevaba un vestido de flores con mucha capacidad de vuelo. Traté de ser amable.- ¿Viajes? ¿Si tuvieras que visitar una ciudad cual elegirías?

-Beijing me dijo ._me dijo muy seria-.Me encanta su niebla permanente. Esa vista difuminada del mundo…Soy un poco rara, la verdad.-Me pegó un estallido en la cara de pura felicidad con su risa-.Supongo que como eres de decesos ahora debo preguntarte si  tu color favorito es el negro, ¿no?

-Es el rojo.- le dije inconsciente de estar salivando profusamente

El mío también respondió con una sonrisa. Levantó la cabeza Le llamaban desde el otro extremo del comedor.

-Creo que tengo que volver nos veremos. Un placer.

Se levantó y se marchó sin dejar zapato de cristal alguno tras de sí. Sonreí con la cabeza impregnada de rojo, el color que empezó a habitar toda mi soledad y mis recuerdos.

Cada día, con la excusa de preguntar si ha habido algún cliente viajero fallecido recorro el departamento de viajes  y veo su melena al viento su sonrisa y su vestido de flores…Una y otra vez, de mesa en mesa. Todas ellas tienen el pelo largo y este verano parece que triunfan de forma indiscutible los vestidos de flores. Paso por delante de ellas sonriendo abiertamente y enarcando las cejas incapaces de distinguirla en aquella densa niebla roja.

Todos los “super-defectos” conllevan alguna  virtud que los hacen ser soportables, cuando eres despistado aprendes a no dejar que la realidad te estropee un buen sueño. Es una forma muy patética de  ser feliz, pero es la mía.

Publicado la semana 31. 02/08/2020
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