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Chris Boone

JAULA DE SIRENAS

JAULA DE SIRENAS

En mi infancia no hay recuerdos de un patio de Sevilla ni huertos claros  en los que los limoneros  maduran, solo patios grises que destilan la amargura de los cantos de las sirenas, melodías tan ineludiblemente  bellas como  necesariamente tristes.

Los portales eran centros de vida no  meros lugares de tránsito donde tener plastificadas conversaciones de ascensor, entre otras cosas porque no había ascensores. Tiempos en los que el único timbre era el de la voz,   de gritos por las ventanas y sollozos entre visillos, de puertas abiertas por donde la vida escapaba  en forma de olores, de aromas  ya  olvidados de berzas y coliflores, casquerías  y cocidos cotidianos, de una gastronomía espesa contundente y visceral  como la propia vida. Aquellos olores se tatuaban en la piel y no había higiene capaz de arrancarnos el olor  de  pobreza cotidiana,  nos acompañó  como estigma frente al mundo hasta que fuimos capaces de no olerlo probablemente por pura costumbre.

A veces me tocaba “hacer “la escalera. El olor de pino del limpiasuelos era tan real como podían serlo  el eskay del sofá, la formica de la vajilla o el color ámbar de nuestras vajillas. Eran tiempos en los que la modernidad  era un mero espejismo de felicidad multicolor. En eso tal vez no hayamos cambiado tanto. Frotaba el suelo tratando de que no quedaran huellas de la fatiga que arrastraban nuestros pies con pesadumbre. A cambio de mis servicios mi presencia infantil era admitida entre la indiferencia y la ternura en los descansillos, donde  se mercadeaban alianzas y conspiraciones confidencias y condenas complicidades y rencores tejiendo un tapiz de barrotes en los que ellas mismas quedaban perpetuamente encadenadas. Aprendí la vida en aquellas tertulias de risas simuladas y llantos contenidos, era una tertulia de iguales, sobre todo porque no se toleraba la diferencia

Había veces, muchas, en las que en su soledad  y de forma inconsciente aquellas sirenas templaban su voz y por las puertas y ventanas  brotaban canciones de forma inconsciente. Poderosas gargantas femeninas desgranaban melodías en su trajín cotidiano. Eran canciones tristes de amores perdidos y nostalgias familiares. Cuando cantaban les brillaban los ojos y se vestían de infancia. Era el único momento en que  eran felices, que eran ellas mimas y que, a su forma, eran libres. Cantar era su forma de hacerse oír. Sirenas atrapadas en su pecera de cristal en la que ahogaban el dolor de la invisibilidad. A lo mejor en muchos casos si  hubieran podido elegir, hubieran elegido la misma vida y la misma pecera que tenían pero nadie les preguntó,  a nadie parecía interesarles su opinión.

Al caer la tarde iban llegando con el piloto automático los hombres miradas vidriosas de seres superados por su propia existencia  su aliento humedecido y sus braguetas ahumadas. Las puertas se iban cerrando  la vida se clausuraba y empezaba a ocurrir en el interior. Y la noche lo cubría todo con su silencio los sollozos, los gritos, los jadeos, la vida.

Mi infancia transcurrió entre sirenas de polígono, entre historias silenciadas de mujeres  a las que a pesar de los pesares no consiguieron callar, que lucharon y perdieron, que solo necesitaban mirarse para entenderse y  a las que les bastaba una canción para sonreír y seguir adelante. Se fueron sus tiempos pero queda su lucha.

Publicado la semana 26. 28/06/2020
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