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Ceerrece

Carga ladeada

El sargento acercó el cañón de su pistola a la sien del campesino y disparó. Felipe, arrodillado, los ojos amoratados y la boca reventada a golpes, sintió la sangre de Juan en la mejilla, en los labios. Contuvo el vómito por miedo a enojar más al militar. 

            —¡¿Entonces qué, cabrón?!, ¡¿vas a seguir con que no sabes nada?!—preguntó furioso el sargento Jiménez.

            —¡Le juro que no sé nada, deveras!, ¡yo nomas divisé que el aparato venía muy bajito, todo ladeado!, ¡¿qué más quiere que le diga, patrón?!—contestó Felipe, desesperado.

            El soldado no dijo nada, caminó rumbo al barranco. Felipe intentó hacer lo mismo. Permanecieron de pie, dejaron que el aire fresco de la tarde les secara el sudor de los cuerpos. Cerraron los ojos, escucharon cómo la montaña cantaba sus nombres. Los gritos del cabo Hernández quebraron la paz.

            —¡Mi sargento, agarramos a uno de los bandidos!

            Jiménez volteó muy despacio y dijo, casi susurrando:

            —Pues órale… qué esperan…

Luego, endureciendo el gesto y retomando el tono de mando, gritó:

—¡Pues órale, cabrones!, ¡¿Qué chingados esperan?!, y tú, pinche Núñez, quiébrate a éste—remató, señalando a Felipe.

—Pero mi sargento, él no sabe nada… además, si esto se sabe, nos podemos meter en problemas—contestó Núñez, tímidamente.

—Nadie va a echar de menos a estos pinches indios—remató el sargento quien, al ver titubear a su subalterno, sacó la .45 y disparó a la cabeza del campesino.

Felipe cayó de golpe. Todo se volvió rojo. Rojo como la lumbre. Rojo como el vestido de Carmela. Rojo como los ojos de diablo del sargento.

Publicado la semana 6. 06/02/2020
Etiquetas
La vida misma , En cualquier momento , Cuento
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Género
Relato
Año
I
Semana
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