02
Ceerrece

Caído

La noche transcurría entre una cena desabrida y mala programación en la televisión. De bocado en bocado, de canal en canal; una mordida al sándwich, un fragmento de algún documental sobre extraterrestres; un trago al refresco sin gas, risas pregrabadas. Pasaron las horas, el cansancio acumulado en los párpados le comenzó a pesar. Largos los minutos, oscura la soledad. Nada nuevo que reportar, nada digno de contar al día siguiente. Apagó el televisor, caminó casi a tientas hacia su cuarto. Se recostó sin desvestirse del todo y, justo cuando el sueño la vencía, escuchó un fuerte ruido en la ventana. Al principio creyó que era un sueño, pero el sonido de algo arrastrándose en el jardín le hizo salir de su letargo. Encendió el interruptor, sólo para recordar que el foco que alumbraba el patio se había fundido semanas atrás. Echó algunas madres, tomó del cajón una linterna de mano, abrió la puerta no del todo convencida, apuntó la lámpara hacia el suelo y pudo distinguir un torso alado. No sintió miedo, curiosidad tal vez. Lanzó el rayo de luz sobre el rostro y pudo admirar su belleza, a pesar del terror en su mirada. Le tomó de los brazos y lo ayudó a entrar, cerró con llave. Jaló dos sillas del antecomedor, se sentaron frente a frente. Le ayudó a quitarse la armadura, las sandalias. Admiró sus rizos, su pecho, la línea de vello que bajaba por su vientre y se perdía donde nada había. Fue al garaje por cadena y algunos candados. Amarró al ángel a la tubería del fregadero y se retiró a dormir.

            La mañana siguiente, el ángel no recordaba que era un ángel. Al mirar su reflejo en el cristal de la puerta, no reconoció ni su rostro andrógino, ni su cuerpo; el golpe le había borrado la memoria, se había llevado la divinidad. Supo que tenía un ala rota y por primera vez sintió hambre. Con trabajo, abrió alacenas, refrigerador. Acabó con todo. La mujer despertó, fue a la cocina y limpió el desorden sin decir nada. Estaba consciente de su nueva responsabilidad. Por la tarde llegó con mandado y el ángel devoró todo otra vez. Su apetito era insaciable. Pasaron los días y seguían sin poder comunicarse; el ángel se dedicaba a comer todo lo que podía y a la mujer se le ocurrió como cobrárselo. Lo llevó a la habitación. El ángel no tenía sexo, pero contaba con boca, manos, pies y aproximadamente dos metros cuadrados de piel con cuales entretenerse; ella tenía imaginación y ganas. Pronto se entendieron.

            Así pasaron varios días, hasta que a la mujer no le alcanzó el dinero para alimentar a su juguete sexual. Entonces, elaboró un plan. Primero fue el gato de la vecina; luego comenzaron a desaparecer otros animales en la colonia. No fue suficiente. Tuvo que ir a otros barrios. Los postes se llenaban de carteles que ofrecían recompensa a cambio de mascotas extraviadas. Era una labor desagradable, pero las noches con visiones del Paraíso valían la pena. El cambio en su persona era evidente; bajó de peso, se arreglaba más, estaba radiante. Por las mañanas dejaba encendida la televisión de la cocina. El ángel aprendió a usar el control remoto y conoció sobre reality shows, telenovelas y videos musicales; entonces, pudo decir algunas palabras en español, las suficientes para darse a entender. Por las tardes, mujer y ángel platicaban, reían, bailaban. Era como vivir en una eterna luna de miel, sin altibajos ni discusiones. Perfecto, de no ser por los ratos en los que el ángel tenía que alimentarse. Entonces, la cocina se convertía en un matadero: piel, sangre y vísceras regadas sobre la mesa, por el suelo; “no se puede tener todo en la vida” pensaba la mujer.

            Un viernes por la mañana, mientras recordaba los momentos estelares de la noche anterior, decidió hacerle un regalo. Abrazó al ángel por el cuello y le susurró al oído que estuviera al pendiente, que como al mediodía llegaría una sorpresa. Él la miró con ilusión infantil e, impaciente, preguntó de qué se trataba. En el fondo sabía que era comida, pues no había tenido tiempo aún de desarrollar ambición por lo material. No deseaba ropa -le bastaban su túnica y armadura-, tampoco conocía de joyas ni de smartphones. Su gusto era simple, comer lo que fuera: vivo, muerto o procesado. Ella se limitó a sonreír sin mencionar palabra. Se despidieron con un beso.

            Al llegar a la oficina, tomó el teléfono y llamó a un restaurante de mariscos. Ordenó langosta, pescado, camarones, caldos; no le importó gastarse parte de la quincena. Pasaría por el pedido poco antes del mediodía. No recordó que ese día llegarían su hermana y sobrino; el ángel era el único dueño de sus pensamientos, comandaba su voluntad. Las horas pasaron lentas, treinta minutos antes de la salida, cogió sus cosas y abandonó la oficina. Pasó por la comida, compró vino. Llegó a su casa cuando el sol caía a pleno. La puerta de entrada estaba abierta. En la estancia, unas maletas y un rastro de sangre rumbo a la cocina. El recuerdo de la visita llegó de golpe. Taquicardia. Presión en el pecho. Falta de aire. Intentó dar unos pasos. El ángel salió a encontrarla, la túnica teñida de rojo, espada en mano. Ella, muda. Bolsas al piso. Él se acercó y, abrazándola, le dijo al oído:

—Gracias… regalo… delicioso.

Publicado la semana 2. 10/01/2020
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La noche , En cualquier momento , Cuento
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