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Ceerrece

Astros, bates y oraciones

Norberto llegó a la maquiladora quince minutos antes de las siete, estacionó el Sentra lejos de la entrada y, viendo que aún era temprano, se puso a rezarle una novena al santo de su predilección: San Elesbaam de Etiopía. Al terminar, todavía le dio tiempo para dar un par de sorbos a su café del Oxxo y hojear el periódico. Se brincó las páginas tapizadas de tragedias, malas noticias, y fue directo a la sección del astrólogo John Querubín: “Virgo querido, hoy es un día para arriesgarte. Mercurio en ascendente y Júpiter alineado con Venus, harán que la suerte esté de tu lado. Apuesta, juega a la lotería. Tu combinación ganadora es: 828”.    

Norberto verificó que el material hubiera llegado a tiempo a la línea de producción, firmó reportes, realizó la bitácora correspondiente y regresó a su cubículo. Eran las 8:28. Abrió la página de béisbol de ESPN y leyó que esa tarde comenzaban los juegos de playoff. El equipo de sus amores, Boston, jugaría contra Texas. El pitcher abridor por los Medias Rojas sería el dominicano Ecuánime Villaurrutia, quien portaba el número 8 en la casaca; por si fuera poco, el mexicano Julio “El Bombardero de Ecatepec” Pérez –número 28- volvía a la alineación después de recuperarse de un salvaje pelotazo en la glándula pituitaria.

Al tiempo que Norberto procesaba la información, una descarga eléctrica bajó por su espina dorsal. Lo sabía, estaba seguro. Dejaría guardada su lógica de ingeniero en el cajón del escritorio y apostaría los ahorros para las vacaciones de Navidad, al juego de la tarde. Donaría parte de las ganancias para la construcción del campanario de la iglesia de su colonia, y con el resto organizaría una mega posada para su familia y amigos. Tomó el escapulario de San Elesbaam que colgaba de su cuello y lo besó.   

Llegó al casino justo a tiempo para meter la apuesta. Una cajera chaparrita, chichona, le entregó el boleto:

—Ok, señor… Boston, Run Line, $43 350 para ganar $82 800. Cheque que esté correcto… conserve su ticket, no se le olvide que hoy es el sorteo de los $50 000

            Ansioso por asegurar un buen lugar frente a la pantalla, Norberto no puso atención a las instrucciones, ni al 828 impreso al reverso del boleto. Pidió al mesero una Indio y exigió de mala gana el platito de cacahuates que regalaban como cortesía. Un rapero gordo, con el pescuezo cargado de cadenas de oro, fue el encargado de interpretar el himno gringo; Norberto soltó una carcajada al escuchar la peculiar versión de Dr. Chubby, quien no sólo era pésimo para rimar, sino que además había alterado algunos versos para hacer mención sobre los recientes homicidios de civiles a manos de la policía. “Pinches negros” pensó, mientras se arremangaba la camisa.     

            Caía la tarde. Los gritos chillones del viejito que apostaba a los galgos, las risas escandalosas, la peste a cigarro y el excesivo uso de la palabra verga, hicieron que Norberto comenzara a crisparse: las manos sudorosas, los ojos irritados y el cuerpo que se le iba transformando en un nudo de músculos y tendones. El juego llegó empatado hasta la novena entrada: Texas al bat, hombre en segunda base, dos outs, al turno Osiel Cabrera. Primer lanzamiento, bola; segundo, bola. El tercero vino por el mero centro y Cabrera no hizo más que chocarlo. El bate partido en dos, un imparable chorreado rumbo al jardín derecho, Boston tendido en el terreno y, mientras algunos celebraban y otros maldecían, Norberto, pasmado, deseaba que todo fuera parte de un mal sueño. El último trago a la cerveza le supo más amargo que de costumbre, aventó el boleto y se largó. Por el micrófono, la voz de la cajera chichona, solemne, aburrida:

—Buenas noches, dentro de cinco minutos, el sorteo de los $50 000… repito: dentro de cinco minutos, el sorteo del gran premio de $50 000.

Afuera, la noche caía como una losa de cemento, negra y estrellada. Al interior del Sentra, Norberto intentaba que su cerebro, acostumbrado a resolver ecuaciones complejas, le dictara las palabras adecuadas para comunicarle a su familia que ese año no habría regalos ni viaje a  San Antonio. Tomó el boulevard Hidalgo y, a falta de respuestas, decidió que quizá unas cuantas cervezas más le podrían aligerar el trance. 

En el casino, la tetona anunció al ganador del gran premio con la parsimonia acostumbrada:

—Atención, señores… el ticket ganador de los $50 000, es el número 828… repito: 828.

Publicado la semana 1. 02/01/2020
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Rock , La vida misma , En cualquier momento , Suerte
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