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Adán Díaz Cárcamo

El guardián en el paréntesis

Habría que estar a veces un pasito un poco más allá de  una misma, atravesarse, salir parcialmente victoriosa. Porque en la vida todo se traspasa: la tristeza, el púrpura vibrando por dentro,  el mensaje no respondido, el presente, el futuro,  todas las re-interpreciones del pasado. Sentirse un poquito mal, un tanto mal, muy mal o la muerte. Esa sí no se atraviesa,  experiencia mística  in-atravesable porque no hay cuerpo que pase por ella. El  otro lado de la muerte solo lo rascamos con ideas y sensaciones. ¿Qué significaría morir para una chica cobarde que ha muerto tantas veces? Hablo de la ansiedad como medio de existencia.  

Pero hablas de muerte como si supieras lo que es, cuando en realidad se ha tratado de ensayos fallidos.  Tengo los pies fríos y no sé donde estoy parada, solo sé que soy una mujer cuya cara ha traspasado todas las ideas del mundo, de mi mundo, porque a eso se reduce todo. Sé que lo que estoy pensando no tiene sentido, pero a veces me pregunto por qué soy así… yo que habito en un cuerpo que no entiendo, yo que me he mirado al espejo sin reconocer el paso de los treinta y tres años adheridos  a mí como hectoplasma de mis atravesamientos. ¿A dónde hay que ir para vivir? Más allá de ti, seguramente, más allá de todo daño, de todo posible dolor, pero también de todo encuentro y de toda promesa. Alonso me mató, Edgar me mató. Para poder aprender a leerme habría que ir más allá de ellos, tampoco  hablo de un encuentro conmigo misma, pues ni yo me pertenezco, menos hablo de ser en la lucha para que el mundo sepa de qué estamos hechas las mujeres. Las mujeres somos lo que curva el espacio de las cosas, un desencaje del atardecer, un pronóstico sin posibilidad de acierto… 

¿Quién me ayudará a atravesarme a mí misma? No sin restos de lo anterior, nunca sin restos de lo que fuiste, pues el renacimiento absoluto es una gran mentira. Después de cada cruzar habrá siempre algo adherido a ti, algas putrefactas que canten: “Y sin embargo aquí seguimos”.  No te podrás deshacer nunca de la parcialidad viscosa que burbujea por dentro, pero tampoco se trata de habitar entre el chapopote y las alcantarillas como única verdad. Debe haber algo, sin nombre, algo que nos acompañe siempre, más allá de la esperanza y que viva en este paréntesis:                             

 

(                                     ).

 

 Porque la esperanza es pensar que lo mejor está del otro lado, y eso que habita en el paréntesis no garantiza lo mejor.  Solo  está ahí en silencio,  produciendolo. Le he sentido a veces, pero creo que es de naturaleza transparente. Todos los días me muero. Todos los días hay algo que me recuerda que estoy en un desierto, pero incluso en el mismo desierto estás mirándome en silencio. ¿Quién te estará vigilando cada vez que tengas que cruzar el río de tus demonios? ¿Quién te mandará la intuición para que sepas de qué lado varar? ¿Será la soledad desdoblada?  ¿El guardián en el paréntesis? ¿Y si le quito el paréntesis y  se queda solo una página en blanco?  ¿Qué se produce en esa blancura? ¿Quién produce esa blancura? ¿La blancura se produce a sí misma? No sé, quizá sí, o quizá nada porque lo único que logro captar es  una parcialidad  viscosa  que a menudo se asoma, pero jamás entiendo.

Publicado la semana 9. 24/02/2020
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