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Adán Díaz Cárcamo

Ceremonia de emigración

La invitación para la ceremonia es a las siete en punto. Las puertas del recinto se abren antes de la hora acordada. El portero, un personaje de cabellos grises y mirada turbia, tiene muchas dificultades para mover las pesadas puertas de cobre. Recurre a la ayuda de la sacerdotisa quien, antes de ponerse su túnica enlamada, siente un ligero atisbo de soledad en su corazón y presagia una ceremonia demasiado corta para dos seres que están a punto de desaparecer de su propia historia.

             Comienzan a preparar todo: los aprendices de herbolaria inician la mezcla de hojas de mala muerte con extracto de veneno de septemtembra, otros encienden los cirios,  otros más decoran el templo con espacios vacios que en realidad son portales para emigrar de este cuento. Cualquier personaje desesperado por salirse de su historia sería feliz al ver esos huecos, pero en esta ocasión el escritor solamente dejará ir a aquellos que hayan concluido su propia historia. Los demás deben esperar su emigración dignamente.

            Dan las siete en punto y todo está listo. Comienzan a llegar los testigos: animales tristes con pelajes coloridos se arremolinan en las esquinas. Mujeres de pasos lentos y rostros asimétricos se sientan en las primeras filas. Pájaros cantores con plumas de colores  funestos se instalan en los púlpitos. Hombres de mediana edad y poca sabiduría se sientan al final. Ancianas y ancianos con gesto de resignación terminan de rodear el ámbito. De momento, algunos minutos después, aparecen los emigrantes, aquellos que desaparecerán de esta historia. La mujer trae un vestido púrpura con encajes color perla, el hombre viste un ceniciento saco y unos mocasines negros.

            Cuando entran se hace un silencio sepulcral;  todos los testigos se ponen de pie mientras voltean para verlos. En el rostro de los emigrantes se observa una suerte de cansancio mezclado con aflicción. Vienen unidos por un lazo hecho de piedras verdes y azules. En el centro del lazo hay una insignia que antes era blanca, pero ahora se ha tornado color granate. Se hace presente un cántico suave que proviene de los pájaros tristes. A la postre los emigrantes caminan al altar. La sacerdotisa viste una túnica oscura; en su cabello también hay una gema que guarda  un ángulo nuevo del universo.

            –Queridos presentes, nos encontramos aquí  para terminar con un vínculo que antes fue una promesa. En otro cuento, nuestros hermanos (la sacerdotisa saca un papel  de entre su túnica) Lorenzo Matías y Celeste Nubia decidieron unir sus  almas en un acto máximo de amor, esplendor y plenitud. Sin embargo, hoy han agotado toda la luz que  en sus corazones tenían y no queda nada más que desaparecerlos de su historia.

            Los emigrantes se miran uno al otro. La sacerdotisa, acostumbrada a este tipo de rituales, guarda silencio al tiempo que toma dos las dos copas envenenadas y las eleva. Los ayudantes dan cuatro campanadas, los presentes se ponen de pié y los pájaros empiezan a cantar en tonos suaves. El sitio se  inunda de una pesada bruma que se disipa con el final de los cánticos. Cuando la bruma ha desaparecido del todo, la sacerdotisa trae una nueva túnica que refleja la puesta del sol en un jardín repleto de hermosas y florecientes becacias.

            –Estamos reunidos aquí porque ustedes –se dirigió a Celeste y a Lorenzo– ya no pueden estar juntos.  El amor que se prometieron no fue suficiente para continuar con su historia, así que es necesario realizar este acto de desaparición. No volverán a saber uno del otro y toda su vida quedará reducida a un espacio en blanco que nunca volverá a escribirse.

            Los ayudantes se acercan  cargando unas antorchas. La sacerdotisa  retoma la palabra:

            –Lorenzo Matías. ¿Tienes algo que decir antes de concluir con tu personaje?

Lorenzo, con la mirada perdida, resopla:

        –Celeste, me declaro culpable de dejarme engañar y de engañarte a ti. No sé qué bestia imaginaria me tomó, pero me hizo perder los estribos al grado de pensar que tú y yo podríamos vivir una historia juntos.

        La sacerdotisa se queda mirando a un punto fijo; parece que va a decir algo, pero el  silencio reina en aquel templo cuyas paredes se tornan oscuras, dan la impresión de estar dentro de una  cueva húmeda. Inmediatamente la sacerdotisa hojea el sagrado libro y declara con tono solemne:

        –Versículo 14  del profeta Zamotid:

No hay inercia que articule una armonía

Ni  garantía de permanencia de vida

Los deseos del universo nadie los conoce

 Nada alrededor  es nodular.

        Los testigos escuchan de pié la gran revelación que tuvo el profeta. Asienten en señal de aprobación. Los pájaros cantan en tonos rojizos vibrantes. Un ligero viento entra por la puerta y apaga los cirios. Es el momento en que Celeste debe hablar:

        –Lorenzo, yo también pensé que el amor se sostendría por su propio peso. No obstante, de momento el panorama cambió: ya nadie era el mismo. Creo que las personas que fuimos dejaron de existir. Creí en la falsa promesa, me dejé engañar por mis sentidos. Soy culpable de esta caída.

        Los testigos están impávidos ante las palabras de los emigrantes. La sacerdotisa, con sus grandes ojos marrones y su larga cabellera trenzada, tiene la expresión ecuánime.   Las copas de veneno yacen sobre el altar y la sacerdotisa  las ofrece a aquella pareja que está a punto de concluir su existencia.

Lorenzo y Celeste cogen los venenos, sus manos están temblorosas. En los dedos de Celeste hay dos anillos de estalactitas magenta que poco a poco van tomando un color blanquecino. Toman de las copas y en ese momento la sacerdotisa proclama:

        –Los declaro oficialmente emigrados. Pueden desaparecer en paz.

        En ese momento los emigrantes se evaporan del cuento, casi instantáneamente. Su alma se filtra por los espacios en blanco que antes han sido dejados para ellos. Su historia ha terminado. Los cánticos vuelven a resonar mientras los presentes se retiran lentamente.

Salen los animales, después los jóvenes, le siguen los viejos y al final los pájaros se despiden aleteando ansiosamente y dejando desvanecientes  plumas diminutas. Los ayudantes   recogen rápidamente los adornos, sellan los portales de emigración,  se levantan los cirios, se recogen las copas de veneno vacías y tiradas en el piso. La sacerdotisa se suelta el pelo, le ayudan a quitarse la túnica, se mete en una puerta contigua y sale de escena...

El portero, un personaje de cabellos grises y mirada turbia, se queda mirando absorto a la yerma calle. Después de cerrar todas las puertas se pregunta cuándo emigrará él de este cuento que se repite incesantemente y que ya lo tiene bastante aburrido.

Publicado la semana 15. 06/04/2020
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Thelonious Monk , El No Tiempo , En silencio total
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