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Adan D. Carcamo

LA LOCA DE LAS PLANTAS

Me llamo Alejandra y cuido plantas. Sí, solo a eso me dedico; por si no ha quedado claro. Me volví una ermitaña, incluso mis amigos se han dado por vencidos: ya no me buscan desde que me encerré hace seis meses y me dediqué a las plantas. Tengo en una repisa      -que también está llena de plantas- todos los recados que han deslizado por la puerta de mi departamento. “Alejandra no te aísles así, estamos preocupados por ti”.  “Ale, te queremos”. “Ale, ¿por qué te haces esto a ti misma?”. Incluso una vez mi madre me visitó y vio que mi departamento se estaba llenando de plantas. “Alejandra, estás loca. Te voy a llevar al psiquiatra”. Esa vez que vino nos peleamos, la corrí de mi departamento y desde ese momento no he vuelto a abrir a nadie. 

El día que me volví cuidadora de plantas, desinstalé todas mis redes sociales, solo tengo una app para pedir comida y  salgo al mercado de Jamaica para comprar más plantas.  Compro cactáceas, líquenes, cícadas, suculentas, helechos, musgos,  etc.  Las acomodo en lugares estratégicos, me meto a internet para ver qué tipo de planta es, cuánta agua necesita, cuánto sol requiere, etc. Esto me mantiene muy ocupada porque debo estar al pendiente de que no se sequen o  se ahoguen. Parecería muy fácil cuidar plantas, pero no lo es. Las plantas son muy complicadas, casi como los humanos. Algunos dicen que hay que hablarles bonito para que no se sequen, pero he comprobado que eso no es verdad. 

Están tocando a la puerta justo ahora, creo reconocer que otra vez mi madre ha venido a verme. No le pienso abrir ni contestar porque si le abro me va a obligar a ir al psiquiatra. No quiero ir con los médicos, solo quiero cuidar mis plantas. Después de un tiempo dejan de tocar y me pongo a regar a mis queridas plantas. Les limpió las hojas con un trapo húmedo, preparo tierra de una composta que tengo en la terraza de mi departamento, quito las hojas secas y las pongo en una bolsa de plástico que siempre pongo detrás de una pequeña palmera que compré el mes pasado. He descubierto distintos tipos de verde y les he dado un nombre a cada uno; estoy segura que ya hay nombres para todas esas tonalidades, pero yo me entretengo inventando verdes: verde triste, verde lluvioso, verde bosa nova, verde-verde, verde alma ausente,  verde otoño canadiense, verde musgo escondido en una cueva, etc.

Empecé a cuidar plantas desde que mi vida se vino abajo. Yo trabajaba en un laboratorio de sangre de lunes a viernes; es decir, antes me dedicaba a contar eritrocitos, plaquetas y basófilos… no me iba mal. Pero de momento la vida me sacudió: mi esposo tuvo un accidente en la carretera de Cuernavaca y murió desangrado. Cuando me dieron la noticia me dijeron así: “El joven Juan Carlos murió desangrado”. Yo veía sangre todos los días y desde ahí no pude analizarla más, me vomitaba. Cuando me dieron la noticia me salí del laboratorio a la hora de la comida y jamás volví. Al cabo de pocos días me mandaron un correo con un código para cobrar mi finiquito, me habían corrido por abandono de empleo.

Hablé por teléfono con la mamá de Juan Carlos, la señora estaba destrozada y no paraba de reprocharme toda una serie de cosas sin sentido, la verdad ni me acuerdo qué tanto me dijo porque yo también estaba bloqueada y dolida. Lo menos que necesitaba era  otra loca gritando. Así que terminé por colgarle sin decir una sola palabra.  A los pocos días todos mis amigos comenzaron a mandarme mensajes y a buscarme para darme el pésame; yo no quería nada. Su presencia no mitigaba mi dolor; así que me encerré en mi departamento y ahí me quede muchas noches sin dormir, llorando, maldiciendo y sintiendo que me volvía loca. Subía a la terraza a fumar y a ver los aviones pasar. Regresaba a llorar a mi cuarto y así sucesivamente durante mucho tiempo. Después me llegó un correo para que cobrara el seguro de vida de mi esposo. En verdad me había dejado con lo suficiente como para no trabajar mínimo unos cinco años.

Cobré mi dinero, me compré un celular cuyo numero nadie conocía, descargué la app para la comida, abrí un correo nuevo y solo salía a seguir comprando plantas para colocarlas en los espacios vacíos de mi hogar. ¿Cómo empezó todo esto? Después muchos días después de tanto dolor y soledad, subí a la  terraza a fumar y vi una pequeña hierba que estaba naciendo en la grieta de la pared. La hierba era diminuta pero estaba luchando por vivir entre la tierra seca, entonces comencé a regarla todos los días hasta que la planta creció. Yo nunca había tenido una sola planta, así que de momento pensé que mi misión en la vida era regar esa planta y hacer que floreciera. Fui comprando más y más plantas hasta que todo departamento quedó lleno de ellas.

Seguí comprando y cuidando mis plantas hasta que ya no cabía ni una sola. La gente seguía llamando a la puerta y yo no contestaba. Un día me desperté y me di cuenta ya no estaba mi mesa ni mi sillón, los busqué por todos lados moviendo  la maleza que estaba en mi departamento, ahí me di cuenta de que las plantas ya habían crecido y que incluso en el suelo ya habían comenzado a germinar nuevas hierbas en los espacios donde había caído tierra. Con esfuerzos abrí la ventana, pues un bejuco lo me impedía, y me asomé. Vi que en la calle estaban mis cosas destruidas, ¿quién había entrado a sacar mis cosas? 

Al siguiente día faltaba el refri y mis sillas. Volví a asomarme, pero no vi nada. Así las cosas fueron desapareciendo poco a poco. De momento ya no encontré mi ropa, ni mi alacena; luego  se esfumó mi buró y mi escritorio. Cada día algo nuevo desaparecía. Yo me asomaba por la ventana y veía que  mis cosas estaban abajo en la calle destruídas por el impacto. Pero yo no quería salir, ni siquiera tenía la intención de hacerlo. Sabía que las plantas estaban empujando todo hacia afuera y que se estaban apoderando del departamento, entonces, si quería sobrevivir, tenía que hacer un acto de entropía: no tener demasiadas plantas. 

Abrí la puerta del departamento para sacar unas palmeras. Al siguiente día desperté enrollada de maleza, ya ni siquiera tenía donde dormir porque las plantas habían sacado mi cama. Me desesperé y fui a la ferretería a comprar un machete. Las plantas no se iban a apoderar de mi casa, empecé a cortar bejucos con fuerza, y a lanzar macetas por la ventana.  Al cabo de un rato llegó la policía, tocaron a la puerta. Les abrí y les conté que las plantas se estaban apoderando de mi casa y que las tenía que sacar. Ellos me dijeron que si no quitaba las plantas de la calle iban a meterme a la cárcel. Así que bajé encolerizada a recoger todas las macetas que había aventado, llamé un servicio de basura para que se las llevaran y cuando regrese a mi departamento ya no pude más, me solté a llorar hasta que me dormí en el piso exhausta.

Y justamente la historia de la recuperación de mi departamento empieza aquí; porque cuando me despertaron yo no estaba dentro de mi casa, sino en el pasillo de mi edificio. Las plantas me habían sacado y por ese tiempo ya se habían apoderado totalmente de mi casa.

Publicado la semana 1. 04/01/2020
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Cortázar , Haz lo que te salga del coño
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