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Común - parte 1

Silvio era una persona común. Con ojos marrones sobre su cara inexpresiva, pelo castaño oscuro, cortado de la misma manera desde que tenia memoria y un ligero sobrepeso que apenas se notaba. Medía uno setenta y algo y le faltaba poco para cumplir veinticinco. A pesar de su joven edad, tenía un trabajo decente pasando datos para una compañía. Un trabajo que, una persona con un poco más de interés, se hubiera preguntado si había algún propósito en ejercerlo. Sin embargo, su sueldo, aunque no muy impresionante, le era suficiente para hacer esto el resto de su vida. Vivía solo en un departamento chico de Palermo y no tenía mascotas. Usualmente, volvía a su casa después de trabajar y jugaba un juego de computadora con la cena en el escritorio. Cada tanto se juntaba con sus amigos del secundario para jugar al fútbol, aunque cada vez menos.

Uno de sus días más alocados, pues su rutina se interrumpía para ir al dentista, sucedió algo aún mas más salvaje que su limpieza de rutina. Un anciano, de edad imposible de descifrar con anteojos de vitral con dibujos de árboles y estrellas, y con largas rastas multicolores, lo paró en la puerta del consultorio.

-Silvio.- La voz del hombre era profunda, pero temblorosa.- Necesito tu ayuda.

El hombre proyectaba un aura de serenidad que a la vez se mezclaba con impaciencia. Silvio no dejó de caminar y le hizo una finta al extraño.

-No tengo cambio.

Sin embargo el anciano lo agarró del brazo.

-Es importante.

Sus lentes se movieron un poco dejando que Silvio vea sus profundos ojos violetas que lo miraban con sinceridad.

-Conseguite un trabajo. No es muy difícil…

-No es sobre eso. Se trata de salvar al mundo.- Lo interrumpió el hombre, entre entretenido e irritado.

El rostro de Silvio se transformó en una leve sonrisa, cosa que no solía pasar.

-Ya entiendo. Estás juntando firmas. No me interesa.

Habiendo dicho esto se dio media vuelta y tocó el timbre del edificio.

-Silvio, esto no es un chiste, te necesitamos, el mundo te necesita.- La voz del viejo sonaba desesperada.

-Ya te dije. No me interesa, no quiero salvar a las ballenas, ni parar el calentamiento global, ni ninguna de esas pelotudeces. Deja de joder.

-¿Sí? -El altavoz del edificio corto la conversación.

-Sí, tengo una cita con el doctor Rosenkrantz. Silvio Gonzáles.

Después de unos instantes la puerta empezó a zumbar y Silvio la abrió. El hombre se quedó mirando sin decir nada, preocupado.

Al salir del dentista volvió a su casa. Decidió compensar el estrés del día bajando su cena con una botella de cerveza y se quedó dormido en frente del televisor viendo un reality. La mañana siguiente ya se había olvidado del suceso y fue a trabajar como siempre. Llenó planillas de Excel con números, habló de trivialidades con sus compañeros de trabajo y a las siete de la tarde (siempre lo hacían quedarse una hora más ayudando con alguna que otra cosa), estaba listo para volver al departamento. Apagó las luces de la oficina, se puso su abrigo y se fue. Su vida siguió así por un par de días. Sin embargo, una noche en la que se quedó trabajando hasta las ocho, abrió la puerta de su casa y encontró un hombre vestido enteramente de cuero negro, usando lentes de sol y con un gran machete colgando de su cinto. Silvio quedó paralizado del miedo. Antes de poder reaccionar, sintió un pinchazo en el cuello y cayó desmayado.

 

 

Se despertó un tiempo después, minutos, horas o días, no lo sabía. Estaba en una especie de galpón, en el que lo esperaba el hombre del machete, una mujer vestida igual, portando una katana y otra mujer, con el pelo corto multicolor, sentada frente a una computadora. Él se encontraba acostado en un sillón, no estaba atado ni inmovilizado de ninguna manera. La idea de pelear contra sus secuestradores pasó por su cabeza, pero en ningún momento lo consideró realmente. En cambio, se quedó acostado en el sillón, en silencio, intentando pasar desapercibido y adivinar qué pasaba. Sus planes fallaron. De manera casi inmediata, la chica en la computadora notó que se había despertado y con un movimiento de manos alertó también a sus compañeros.

-Quedate tranquilo. No te va a pasar nada.

Su voz era suave, gentil, podría ser linda si no hubiese cubierto su cara de metal, pensó Silvio.

-No tengo plata para darles.

Quiso sonar serio y seguro, pero se trabó demasiado y su voz no fue lo suficientemente fuerte.

-No queremos plata.- Dijo el hombre con el machete.

-Queremos tu ayuda.- Completó la frase una voz conocida, y de sus espaldas salió el hippie que lo había abordado en la puerta del dentista.- Como había empezado a decirte, el mundo va a terminarse, y sólo vos podes evitar que suceda.

Silvio no respondió. Al ver que lo escuchaba el hombre continuó.

-Se trata de un culto. Veneran a un Dios antiguo. Un monstruo interdimensional, del cual solo sus seguidores más adeptos conocen el nombre. Y quieren traerlo a la tierra.

Mientras el viejo hippie hablaba, la expresión en el rostro de sus tres acompañantes se volvía más seria y triste, sin embargo, la de Silvio se tornaba en una especie de risa silenciosa.

-En los últimos años estuvieron intentando traerlo a nuestro mundo. Pero nunca pudieron abrir un portal tan grande, por lo que sólo trajeron monstruos pequeños. Drones de su Dios.

En este instante Silvio largo una carcajada y los demás lo miraron con ira. Mientras la mujer de la katana se marchaba, el anciano continuó.

-Sabía que no me creerías, así que conseguimos pruebas.

Levantó su mano apuntando a la mujer, que volvía empujando una especie de caja. Silvio lo vió. Medía dos metros de alto, con cuatro brazos finos cubiertos en garras y ojos grandes y negros en su cabeza pequeña. Sus dientes eran largos, curvos, filosos, amarillos y se superponían el uno al otro. Su cuerpo recordaba a una cucaracha, con alas de insecto que agitaba de manera desesperada. Todo el animal en sí, era de un color blanco pálido, como el de un cadáver, y gritaba de una manera aterradora cuando la mujer lo apuntaba con una linterna. Silvio nunca había sentido tanto miedo. Los gritos pararon después de una explosión, cuando la chica de pelo multicolor le disparo en la cabeza.

-¿Me creés ahora?

Las palabras no le salían de la boca. Estaba temblando. Sin embargo, juntó la determinación suficiente para asentir con la cabeza.

-Gracias a Natural descubrimos lo que planean.- Retomó, señalando a la chica de la computadora.

-Hicieron un acuerdo con el gobierno parra hacer distintas perforaciones en puntos estratégicos del país, lo que en teoría, les permitiría traer a su Dios. Desesperados, intentamos detenerlos. Buscamos todos los métodos posibles y así fue que recibí una visión. Vos, Silvio Gonzáles, sos el único que puede frenar a estos lunáticos.

Silvio se quedó mirando incrédulo.- ¿Una visión?

-Sí, soy un oráculo. Después de mucho tiempo meditando recibí una respuesta, el hombre que va a salvar a la humanidad sos vos.

En ese momento, Silvio se paró y miró a su alrededor. Solo veía un galpón sucio.

-¿Y qué puedo hacer yo?

La chica de la katana levantó sus hombros.

-Es lo que nos preguntamos todes, pero las visiones nunca nos fallaron.

Silvio hizo una mueca.- Trabajo en una oficina. Por más que nos invada quien sea, voy a seguir trabajando.

Ante la cara incrédula del resto, se levantó y abandonó el galpón.

Publicado la semana 9. 01/03/2020
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