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cami

Calor

El calor entra por la ventana, sin importar que esté cerrada, porque no lo quiero de invitado. Se sienta cómodo, aplastando todo y todos. Aplastándonos tanto que mi gato parece liquido. Si tuviera la voluntad de sacármelo de encima igual no podría, pesa demasiado. El ventilador bate sus alas y escupe viento por todo el dormitorio. Me sacude el pelo haciendo que me pique toda la cara y revolea cosas por mi habitación, como un nene enojado. Pero eso puedo perdonarlo. El problema es que, aunque el viento llegue a todas partes, el frío no puede penetrar la gruesa piel de mi invasor no deseado, entonces, nunca llega. Tampoco puedo apagar el ventilador, para hacer eso tendría que levantarme y el muy forro no me deja. Creo que tampoco quiere que lo apague, por mas que el ventilador golpee con fuerza su cabeza y le haga un poquito de daño, me molesta más a mí, y, como a cualquier invitado que sabe que realmente no lo querés en tu casa, le encanta verme sufrir. Sin embargo es una criatura burda. Es tan tonto como molesto y engañarlo resulta extremadamente fácil, si se sabe como hacerlo. El método más simple es ignorarlo hasta que se aburra, una vez que esto sucede, agarra sus juguetes y se va a molestar a otro lado. Recordando esto, con tanta energía como tengo, levanto mi computadora y busco algo para hacer, pero mi cerebro se congela frente a todas las preguntas que me hace y no se bien que responder. Los eternos minutos que paso en un duelo de miradas con el aparato, esperando a ver quien parpadea primero, son los más calurosos del día. Paradójicamente, esto hace que mi cerebro se congele aún más. Mi adversario nota esto y sonríe con los ojos. Parece que hoy se queda a dormir. La computadora finalmente parpadea antes que yo pueda responderle y decido cerrar sus ojos, total no había nada bueno. Extiendo la mano para agarrar la botella que me traje hace no mucho y tomo un trago, pero cuando yo no estaba mirando, el inmenso hijo de puta la cambio por una botella llena de transpiración. La trago con desagrado y veo como, todavía sentado arriba mío, se ríe a carcajadas. Lo puteo y giro la cabeza, apretándola contra el colchón. Aunque en realidad desearía golpearla contra la pared. Sigo escuchando su risa, lenta, grave y estúpida. Se que está mal desearle la muerte a alguien, pero si lo conocen saben que un poquito se lo merece. Llega la noche y de tanto aplastarme me debe haber deformado el estomago. No tengo ni un rastro de hambre. Se queda a dormir y me dice que en su casa está aburrido, tal vez se quede acá un par de semanas más.

Publicado la semana 6. 05/02/2020
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