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Ese Otro Tipo De Miedo

El grito de la bestia penetró en la profunda oscuridad del bosque. Del hombre se oía la respiración agitada y a ritmo dispar junto con el retumbar de su carrera nocturna.

 

Corría con la velocidad de aquel que conoce ese otro tipo de miedo. No el miedo a lo desconocido, ni el de lo que puede pasar, si no el miedo que viene con la certeza de un futuro terrible. El miedo de la presa que ya se siente cazada. La persecución había sido larga, y sentía como sus músculos querían entregarse cuanto más avanzaba, pero de todas formas corría. Miles de ramas como pequeñas zarpas se clavaban en su piel desnuda, algunas incluso pegándole en el rostro. Piedras se clavaban en sus pies descalzos y al patear raíces sentía una explosión de dolor en a punta de sus dedos. De todas formas corría. La herida de la pierna izquierda, escupiendo sangre negra y espesa, le ardía más con cada paso. De todas formas corría. Árbol tras árbol pasaban a su lado en un borrón de verde, marrón y gris. Animales pequeños huían de su paso, a veces podía oírlos, pero nunca por mucho. Un golpe de frio lo hizo comprender que estaba cruzando un arroyo. Paró a limpiarse la pierna y tomar unos sorbos de agua helada. Se quedo unos instantes recuperando el aire, pero volvió a oír el avanzar del otro, el depredador infernal que lo perseguía. Se levantó y notó que estaba tiritando, desde hace cuanto, no sabía. Siguió corriendo.

 

Después de horas, el hombre ya no sentía miedo. Tampoco sentía dolor. Su mente era odio puro y sin adulterar. La imagen de la bestia cruzó por su cabeza. Tomó aire, juntó energía y apuró el paso. De la misma manera que el odio lo hacía ignorar el miedo y el dolor, la ira lo mantenía caliente. Su mandíbula estaba haciendo tanta fuerza como los músculos de sus piernas, clavando diente con diente. Sus puños se apretaban con tal fuerza que sangre manaba de sus palmas. Sus ojos, una vez acostumbrados a la oscuridad, le permitían seguir mejor el camino, pero no vio el poso, y su pierna quedó atrapada. Con un rugido de furia logró arrancarla, y apuró el paso.

 

Desesperado, aceleró por el bosque, con el único objetivo de poder escapar. No sabía a donde iba, nunca había estado en esa zona, pero de todas formas, corría. Ya no sabía que más hacer. Oía los gruñidos a sus espaldas. Cada vez más cerca. La pierna, cubierta de barro y sangre, había duplicado su tamaño y palpitaba. Se veía furiosa. Los gruñidos se acercaban, eran todo lo que oía. Ni siquiera podía escuchar su respiración agitada. ¿El espacio entre los árboles se estaba haciendo más chico o eso era solo lo que creía? Las ramas de los árboles se estiraban, tocando a los de alrededor. ¿Había estado corriendo hacia el centro del bosque? A veces su cuerpo no pasaba entre tronco y tronco. Pero de todas formas corría. Una gruesa raíz cubierta de musgo se levantó del suelo, como el tentáculo de de pulpo pantanoso. Intentó saltarla, pero tropezó con ella y cayó, sus músculos, rendidos no fueron capaces de levantarlo.

 

El hombre contempló a la bestia. Era alta y flaca, con los brazos y las piernas mucho más largas que el torso costilludo. No tenía rastro alguno de pelo, en su lugar una piel suelta y gris que la hacía parecer un híbrido de hombre y rata. Su pierna izquierda estaba infectada, y un punto negro brilloso le reveló la herida de bala con la cual se había iniciado la persecución. Los ojos grandes de la bestia lo miraban con pánico y parecían pedirle piedad. El hombre la miraba con el rostro impasible. La bestia intento bufar, pero todo lo que salió fue un quejido lastimoso y apenas audible.

 

Levantó la escopeta, y apretó el gatillo.

Publicado la semana 52. 24/12/2020
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