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Cami Olhasso

En Busca De Sangre - 11

El bar era un local chico en una esquina, tenía un toldo rojo sobre una pequeña ventana con rejas finas, oxidadas y descoloridas y en un costado una puerta verde oliva, sobre la que un cartel decía “Los Orientales”. Estaba cerrado. Ángela se quedó contemplando el local unos instantes hasta decidir que faltaban horas para que abra. Tomó eso como una señal y se fue a su departamento. El taxista intentó iniciar una conversación solo una vez, pero al ver su cara de dormida se espantó y se mantuvo callado el resto del viaje.

El departamento estaba como lo había dejado y Ángela se agradeció por eso, las persianas todavía bajas lo mantenían en un estado de penumbras casi absoluto, interrumpido únicamente por los ocasionales fragmentos de luz que se colaban por algunos agujeros generados por el uso. Ángela dejó la campera y las botas tiradas en el suelo y se derrumbó sobre el sillón de cuero negro en el medio de la habitación e intentó dormir

Fue una siesta difícil, incontables veces se despertó con la boca reseca y la cabeza explotándole de dolor, solo para volverse a dormir segundos después y luego volverse a despertar. Su sueños también estaban todos mezclados y no tenían sentido alguno. Se despertó de manera definitiva dos horas después, transpirada y con más sueño que cuando se había acostado. Se levantó y fue a la heladera para tomar un trago de agua, pero cuando notó como le palpitaban las sienes cambio de opinión y abrió una botella de cerveza. Tomó tres largos tragos. Con la botella en una mano levantó la campera y la colgó del perchero junto a la puerta, después uso sus pies para acomodar las botas debajo de la campera y finalmente levantó la persiana con una mano mientras tomaba breves sorbos de vez en cuando.

Estaba pensando si llamar a la comisaría o ir directo al bar cuando sonó su teléfono, después de unos segundos se movió a atenderlo.

Publicado la semana 50. 19/12/2020
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