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Tiqsi Y Los Anchimallén

La joven tero voló a través del bosque con una velocidad nunca antes vista por esas zonas, que en general se movían a su propio tiempo, con un ritmo plácido y tranquilo, pero ella era aficionada a las carreras. Su cabeza miraba en todas direcciones, intentando encontrar a alguien que la ayude.

- ¡Anchimallén!- Gritaba.- ¡Vienen les anchimallén!

Su pequeño corazón de ave latía tan rápido que Tiqsi comprendió por un instante porqué su madre siempre le decía que debía haber puesto un huevo de colibrí por error. Los árboles se volvían líneas verdes y marrones a su paso acelerado, pero eso no le impidió diferenciar las siluetas de Don y Doña Sapo, que se encontraban bañándose en un pequeño charco frente a su pozo. Tiqsi abrió sus alas tan anchas como pudo y retrocedió los cinco árboles que se había pasado para volver hacia la pareja. Mientras se posaba junto a ellos, Don Sapo la interrumpió.

- ¿Por qué va tan apurada mija? Es un lindo día, déjese de carreras y disfrute del sol.

Tiqsi se quedó en su lugar, tratando de recuperar el aliento mientras pensaba en como explicar lo que acababa de ver.

- Anchimallén.- Alcanzó a decir, entrecortada.- Vi a les anchimallén.

Don Sapo soltó una risotada grave y espesa que le sacudió su amplia papada.

- Joven, está grande para creer en esas cosas.- Levantó su mano verdosa y se rasco el centro del pecho.- Mi abuelo me contaba esas historias antes de que tu madre sea un simple huevo, pero nadie nunca vio uno de esos.

- ¡Pero les acabo de ver!- Insistió. ¿Por qué no le creían?- Eran rojes, naranjas y amarilles, tan brillantes que me dolió verles. Y eran cientes. Miles.

Don Sapo hizo una pausa de unos instantes, observándola con detenimiento, luego de un rato, sonrió complacido.

- Dice usted misma que le costaba ver. ¿Cómo puede estar tan segura de que es lo que vio?

- ¡Por que lo vi!

- Señorita, no existe la magia, hace siglos que nadie ve un anchimallén, un lefrache o ninguno de esos bichos. ¿Qué le parece más lógico, que existan a pesar de que nadie los haya visto o que usted se haya equivocado?

Doña Sapo, que hasta ese momento había permanecido callada se frotó la verruga y se aclaró la garganta.

- La abuela de mi abuela era una machi.

La muejr siempre fue la que mejor le caía de les dos, era malhablada y a veces brusca, pero siempre buena con ella. Tiqsi observó como a Don Sapo se le hinchaba el cogote mientras giraba la cabeza lentamente hacia su mujer.

- ¿Vos la conociste? No. Esos eran cuentos que te contaba la loca de tu abuela para que te duermas.

Doña Sapo salió del agua enfurecida.

- No hables así de mi abuela, viejo estúpido, que no le llegás ni a las ancas.

Don Sapo se veía tan enojado que Tiqsi pensó que si no fuera de sangre fría estaría echando humo.

- ¡Bah!- Exclamó el viejo.- Tonterías de mujeres.

Tiqsi estaba por rendirse e ir a buscar a alguien más, pero se dio cuenta que todes iban a reaccionar igual. Nadie le iba a creer, y menos si se daba por vencida tan fácil. De repente, una idea le surgió entre las plumas y amagó a levantar vuelo, pero a último momento levantó a Don Sapo por los hombros y salió disparada por el aire. El anfibio gritaba y se sacudía, pero Tiqsi no lo soltó. En la tierra firme, Doña Sapo pataleaba de la risa. Subieron decenas de metros que le costaron mucho a la joven ave, ya que no estaba acostumbrada a llevar pasajeres. Menos que menos uno tan gordo y que se movía tanto. Pero, cuando superaron el más alto de los árboles, Tiqsi respiró aliviada y se quedó aleteando en su lugar.

Al ver las montañas de humo que ascendían hasta los cielos, lejos en el horizonte, la poderosa mandíbula de Don Sapo se aflojó y el batracio dejó de sacudirse. Abajo, a la altura de los árboles, se veía como los anchimallén avanzaban, a paso lento pero seguro, trepando por los árboles o arrastrándose por el suelo. Después de un rato en el aire, Tiqsi empezó a sentir el peso de su pasajero y volvió a tierra firme. El viejo sapo saltó hacia su charco y empezó a maldecir.

- Niña maleducada, ya le voy a decir a su madre que anda revoleando a la gente por los aires, ya se va a enterar.

- ¿Qué viste?- Preguntó su esposa, todavía riéndose.

- Nada. Bah. Nubes de tormenta. Mejor, hace mucho que no llueve.

- ¿Desde cuándo las nubes salen de los árboles?- Gritó Tiqsi, indignada.

- Ignoralo.- Intervino Doña Sapo- Es un viejo cabezón. Nunca va a admitir que se equivoca. ¿Puedo subir a ver?

Tiqsi asintió con la cabeza, junto aire, y le dio a la señora el mismo recorrido que le había dado a su esposo. Al volver, Doña Sapo miro a su marido enojada.

- Tiqsi tiene razón. Están viniendo. Hay que decirle a alguien.

- Bah.- Dijo Don Sapo.- Tonterías de mujeres.- Y se encerró en su cueva.

 

Con la ayuda de Doña Sapo habían logrado juntar una buena cantidad de animales bajo la sombra del Gran Ciprés. Además de ellas dos estaba gran parte de la extensa familia de ratones de campo, tres maras, su amiga la zorra Atuq con sus mamás, una yarará ñata con cara de dormida, un lagarto overo corpulento y una gata que se había escapado de una casa. En las ramas esperaban sentados una incontable cantidad de zorzales, gorriones, tordos, caranchos, teros, entre los que se encontraban sus xadres, y un yaguareté viejo con tres patas. Tiqsi avanzó con saltitos tímidos hacia el centro de la reunión

- Se que no me van a creer.- Empezó.- Pero me gusta volar muy lejos, lo más lejos que pueda.- Miró a sus xadres, avergonzada, su mamá la miraba furiosa, pero la cara de su papá era indescifrable.- Y hoy, cuando estaba muy al este, casi al fin del bosque, vi a les anchimallén. Miles de elles.

Tiqsi observó detenidamente a su audiencia, la mayoría no le creían, otros a penas prestaban atención. Doña Sapo tomó el lugar de la niña.

- Muchos de ustedes saben que la abuela de mi abuela era una machi poderosa. Yo los vi con mis propios ojos, y se de lo que hablo: los anchimallén auguran muerte y otros males. Tenemos que combatirlos.- Les animales más jóvenes escuchaban atentes, pero el resto seguía sin creerles.- Los que vuelan.- Continuó la anciana, levantando la voz.- Se que acostumbran a hacerlo bajo la protección de las copas de los árboles, pero les pido que por una vez se alcen por encima de ellas. Vean con sus propios ojos lo que nosotras ya vimos.

Al principio todes se quedaron quietes. Al cabo de un rato, un tordo joven alzó vuelo, un carancho lo siguió, luego el padre de Tiqsi, y después la madre, pasados unos instantes, todas las aves se dirigían velozmente hacia el cielo. Atuq se separó de sus madres y se acercó a Tiqsi.

- ¿Es verdad?

- ¡Si! Obvio que es verdad.- Las preguntas obvias de su amiga tendían a estresarla.

- ¿Y qué vamos a hacer?

- No se. Primero tenemos que hacer que se enteren todes, después se nos va a ocurrir algo si trabajamos juntes.

La zorra se rió.

- La mayoría no va a hacer nada.- Afirmó.- Son muy viejes, y algunes tienen una expectativa de vida de días. Cuando lleguen les anchimallén ya van a estar muertes. ¿Por qué pasar sus últimos momentos esforzándose en algo que no les sirve?

Tisqi la miró enojada, pero antes de que pueda ocurrírsele que responder, la bandada volvió al Gran Ciprés en completo silencio.

- ¿Y?.- Rugió el yaguareté viejo.- ¿Es verdad lo que dicen?

- Por supesto que es verdad.- Comenzó a gritar Doña Sapo, pero Tisqi la frenó.

- Si.- Respondió un carancho.- Están lejos, pero se acercan.

Les animales no alades comenzaron a gritar todes a la vez, nigune sabía que hacer, hasta que Atuq levantó la voz.

- Es obvio.- Vociferó.- Hay que hablar con Lahuán.

 

La mayoría de los árboles habían olvidado como hablar hace cientos de años, cuando solían tener largas conversaciones entre si, con animales, y a veces con le ocasional humane capaz de escuchar. Pero Lahuán era mucho más viejo que eso, y aunque ya no lo hacía tan seguido, todavía hablaba. Era un árbol enorme, mucho más alto que cualquier otro en el bosque, tanto que había quienes decían que charlaba con nubes. Tenía una corteza gruesa y oscura, rota en mil lugares distintos, sus raíces se extendían por metros a la redonda y en sus largas ramas tupidas de hojas vivían cientos de familias distintas. Debido a su edad, a la sabiduría que ofrecía y al hecho de que todo el bosque parecía ser parte de él, muches le decían El Abuelo Del Bosque, y les más cariñoses, El Abuelo, o simplemente Abuelo. La manada avanzó por el bosque haciendo mucho estruendo hasta llegar a Lahuán. Una vez allí, Doña Sapo reclamó el derecho de hacerlo despertar, y con movimientos casi rituales, acarició la corteza del gran árbol y le susurró a sus raíces, que es, como todes saben, donde les árboles tienen las orejas. Con fuerza y lentitud, Lahuán desperezó sus ramas, que luego vibraron velozmente, haciendo caer unas cuantas hojas, y hablo con voz grave, lenta y ronca.

- Buenos días, son muchos hoy.

- No son nada de buenos.- Dijo un ratón de campo, nervioso.

- ¿Por qué?

- Los anchimallén.- Grito alguien.

- ¿Qué pasa con ellos?

- Están viniendo.- Respondió alguien diferente.

El Abuelo permaneció callado un largo instante, pero luego dijo.

- No hay nada que asuste más a un árbol, cualquier árbol, incluso esos que no hablan, que un anchimallén. Ustedes pueden correr, volar o escaparse, pero nosotros no, y nos quemamos mucho más fácil.- El bosque entero parecía hacer silencio mientras El Abuelo hablaba.- Cuando yo no era más que un brote en la tierra, cuando los humanos todavía hablaban, les tenía mucho miedo a los anchimallén. Pánico realmente. Pero nadie nunca vio ninguno. Es probable que no existan. Son algo que inventaron los humanos para asustarnos.

- ¡Los vimos!- Gritaron les animales al unísono, incluso algunes que no les habían visto.

El gran árbol hizo otra pausa, todavía mas eterna que la anterior.

- Si todos lo vieron ha de ser así.- Concluyó.

- ¿Y qué hacemos?- Preguntó Tiqsi.

- No se. Corran, ustedes que pueden, busquen otro hogar. Si intentan morderlos, rasguñarlos o pegarles se van a quemar. Lo único que pueden hacer es abandonar el bosque.

- ¡Algo se debe poder hacer!- Insitió Atuq.

- No que se me ocurra.- Respondió El Abuelo. Sonaba extrañamente tranquilo.

- ¡Ya se!- Gritó Tiqsi.- Podes hablar con las nubes. Pediles que llueva.

- ¿Ves muchas nubes en el cielo? No. No hay ninguna hace días. Probablemente vieron venir esto, desde tan arriba se ven muchas cosas y a ellas también les hace mal el fuego.

Tiqsi no supo que responder, y notó como la mayoría de les animales ya había abandonado el árbol.

 

Esa noche dormir les costó a todes en el bosque, no solo por el miedo y los nervios de tener que buscar algún lugar para vivir, si no por qué la luz naranja brillante que venía del este les molestaba incluso con los ojos cerrados, y cada vez estaba más cerca. Tiqsi durmió menos que nadie, le había pedido a Atuq que le cuente a les animales nocturnes, que sepan todes, les búhos y lechuzas, les murciélagos, las comadrejas, e incluso les bichites de luz. A alguien algo se le iba a ocurrir. A la madrugada, Atuq apareció en el árbol de Tiqsi, acompañada por la gata Catalina. La joven tero voló silenciosamente hasta el suelo y miró a su amiga con cara de dormida. Catalina fue la que le respondió.

- Lo bueno de ser nocturne.- Dijo.- Es que pensás mejor a la noche.

Tiqsi se enojó por el comentario. A estas horas de la noche no tenía paciencia para cosas semejantes.

- Andá al grano.- Le respondió.

- Siempre pensando en granos ustedes.- Bromeó la felina, con una sonrisa gatuna.- Mi abuela me conto que cuando era chica vio a unes humanes que les pasó algo parecido a esto. No fue cerca, fue mucho más al norte. Otres humanes distintes se volvieron loques y movieron el río, entonces tuvieron que buscarse otra ciudad para vivir.

- ¿Y?

- Dale Ti, pensá un poco.- Intervino Atuq.- Hay que hacer lo mismo.

- ¿Movernos de bosque? Es lo que dijo El Abuelo.

- No.- La sonrisa de la gata era aun más amplia.- Mover el río.

 

A la mañana Tiqsi se despertó energética. Lista para convencer a todes de que la ayuden a mover el arroyo, pero cuando estaba por salir por la puerta su mamá la frenó.

- ¿Se puede saber a dónde vas?- Le dijó con voz severa.

- A Catalina se le ocurrió una re buena idea para salvar al bosque, ma.

- ¿Catalina? ¡Que nombre raro tiene! Yo a esa no la conozco.

- Es una amiga de Atu y…

- No será otra zorra.- La cortó su madre.

- No, ma. Y si lo fuera ¿qué?

- Ya te dije Tiqsi, es peligroso. ¿Se puede saber que animal es?

Tiqsi miró al piso, asustada.

- Una gata.

- Ah. Perfecto. Vas por ahí juntándote con una gata. Y gata doméstica seguro.

- ¡No! Se escapó de un pueblo.

- Mira Tiqsi, vas de mal en peor. Primero te la pasas volando carreras, te vas más lejos de lo que tu padre y yo te dejamos. Después haces un espamento molestando a todo el bosque ¡y ahora te haces amiga de una gata! Deja de armar líos y ayúdame a hacer las valijas.

La joven enfocó los ojos en su madre, sin terminar de entender.

- ¿Las valijas?

- Si. ¿No oiste al Abuelo? Nos vamos a otro bosque.

- Pero… No podemos irnos a si nomás. Hay que intentar frenarlos.

El padre de Tiqsi entró volando a la habitación con una valija en cada pata.

- Tu mamá tiene razón Tiq.- Dijo, serio pero no sin ternura.- Hay que irnos lo antes posible, no estamos acostumbrados a volar tanto tiempo, y menos con equipaje.

Ella cambió la vista del uno al otro, con los ojos llenos de lágrimas.

- ¿Puedo ir a saludar a mis amigas primero?

- Dale.- Le sonrió su papá, mientras su madre lo miraba furiosa.- Pero volvé rápido para armar la valija.

Tiqsi salió volando de la casa a toda velocidad hasta llegar al árbol de Catalina que, claro, vivía sola. En él se encontraban Cata; Atuq; dos búhos que, por la edad y las ojeras, se podía adivinar nunca habían estado despiertes hasta tan temprano, y una comadreja apenas más grande que un ratón.

- ¿Tan poques se sumaron?- Preguntó sorprendida.

- La mayoría optó por irse.- Le respondió Atuq.- ¿Vos no conseguiste a nadie?

- Todavía no busqué, mis xadres no me dejaban venir.

- Ah.- Dijo Atuq, que conocía a la familia Tero.

Catalina bufó.

- Busquemos ahora. Ya.- Y la gata salió corriendo.

Tiqsi volvió a volar por el bosque a toda velocidad, esta vez notando como todos los nidos, cuevas, ramas y agujeros estaban abandonados. “Todes se están yendo.” Pensó, triste. Cuando llegó a la cueva de les Sapo, la vieja batracio se estaba atando su valija a la espalda.

- ¡No!- Protestó.- ¿Ustedes también se van?

- Los sapos no somos animales muy rápidos, menos a esta edad. Tenemos que partir cuanto antes.

- Pero vamos a mover el arroyo y salvar el bosque.- Fue lo único que pudo responder.

- Si, tu amiga zorra me dijo eso anoche. Les deseo suerte, pero con estos brazos viejos no las puedo ayudar en nada.

Ella no dijo nada. Mientras se iba volando furiosa escucho como Doña Sapo gritaba.

- Dale viejo vago, ¡nos vamos!

No tuvo mejor suerte en ningún otro lado.

 

Llegó triste y sola al árbol de Catalina, donde la esperaba el mismo grupo de antes con la adición de un cachorro de perro y un lagarto overo.

- Somos nada más ocho.- Reconoció Atuq.- Asique mejor que empecemos ahora.

- No va a servir de nada.- Se sentía derrotada.- Somos muy poques.

- Tenemos que intentar.- Le dijo Catalina, firme.

Les ocho partieron, cinco corriendo y tres volando. Mientras avanzaban podían ver el humo y el fuego a sus espaldas, que se sentía como una peligrosa promesa. A la media hora de haber salido del bosque llegaron a la orilla del arroyo. A las aves les toco la tarea de juntar piedras y ramas y hacer un dique. Mientras queles cuadrúpedes se dedicaron a hacer un pozo. A la tristeza de que tan poques animales hayan querido ayudar, Tiqsi le tuvo que agregar el aburrimiento de trabajar con búhes tan chiquites, que no hablaban de nada interesante, y también los celos de que Catalina y Atuq trabajen juntas, hablando y riéndose. Pasó la hora de almorzar y lo supieron por el hambre, pero aun así no pararon. Cuando ya atardecía, habían logrado hacer un cuarto del trabajo, y más de la mitad del bosque estaba consumida por los anchimallén.

- ¡Viene ayuda!- Grito catalina.- Escucho pisadas.

 Todes pararon de trabajar. Esperanzades esperaron a ver quien venía. Dos lagartes, dos perres, dos zorras, dos comadrejas, dos búhos, dos teros, ningune gate. Las sonrisas desaparecieron cuando entendieron que eran sus xadres.

- Pasamos todo el día buscándolos. Dejen de hacer locuras y vámonos.- Les retó el padre de Tiqsi.- Cada uno tiene que irse a su nueva casa, el resto de los animales ya se fueron todos.

- ¡Pero estamos avanzando un montón!

- No Tiqsi.- Intervino su madre.- Estuvieron todo el día y no están ni cerca. Vamonos.

Les hermanes búhes no dijeron nada y lentamente caminaron hacia sus xadres. Une por une el resto les siguieron, menos Tiqsi, Atuq y Catalina.

- Dale Tiq, vámonos.- Dijo su padre.- Ya te hicimos la valija.

- Nosotras también, Atuq.- Intervino una de sus madres.

- ¿Pueden venir al mismo bosque que nosotres?- Tiqsi le preguntó a las madres de su amiga.

Las zorras la miraron con ternura.

- No Ti, perdón. Para nosotras es mejor ir al sur, y tu papá me dice que ustedes van al oeste.

Vencidas, las dos amigas se dieron un abrazo incómodo de patas y alas. Cuando Tiqsi se fue volando con sus xadres vio como Atuq y sus madres viajaban con Catalina.

- Animate.- Le pidió su madre.- Vas a hacerte otras amigas. Mis primos viven en ese bosque y tienen hijos también. Y son menos peligrosos.

Tiqsi la ignoró, y el resto del viaje sucedió en silencio. Ya era casi de noche cuando llegaban al otro bosque, por lo que el humo no se veía, pero se olía. Y se veían las llamas.

Publicado la semana 47. 21/11/2020
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Infantil
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