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cami

Cazador

Su primo saltó hacia la oscuridad y cayó con fuerza, Fran prendió la linterna y descendió con cuidado. El olor era insoportable, parecido al del riachuelo pero más intenso.

- Y yo que pensaba que la ciudad olía mal.- Bromeó Manu.- ¿Qué comen ustedes?

- Ya te vas a enterar.- Le respondió Fran, sonriendo.

A pesar de que le llevaba casi dos años, su primo le llevaba una cabeza, y parecía mucho más adulto. A los trece años de edad, ya tenía un cuerpo atlético, con los músculos marcados, y espeso pelo negro en las piernas, pecho y brazos, mientras que Francisco, de quince recién cumplidos, seguía tan petiso, redondo y lampiño como a los diez. Manu siempre había usado esto como una excusa para molestarlo, llamándolo “primito” y enseñándole cosas con la condescendencia de un docente que en realidad no quiere serlo.

Ambos muchachos apuntaron sus linternas a los distintos lados del túnel, escaneándolo. Múltiples pilas de basura se habían acumulado en pilones uniformes por los que se veía corretear a las ratas, huyendo de la luz de su linterna. La profunda oscuridad parecía continuar eternamente.

- Ahí hay una.- Exclamó Manu, y preparó su gomera.

Francisco lo frenó con el brazo.

- No, la tengo que elegir yo. Sigamos caminando.

Avanzaron por los bordes del desagüe, con la pared gris manchada a su derecha. Fran apuntaba su linterna al piso y cuidaba bien lo que pisaba, Manu miraba fijo hacia delante y empujaba trastos con el palo de escoba que se había traído del departamento, algunos caían al agua en un chapuzón estruendoso que rebotaba en las paredes del túnel.

Por más que habían nacido con poco tiempo de diferencia y en la misma familia, los dos primos no podían ser más diferentes, Manu había crecido en una casa en el campo y se pasaba las tardes recorriendo los pastizales buscando animales a los que dispararles con el rifle que le regalaron en su cumpleaños de once. Ese mismo año a Fran le regalaron una Playstation, y sus días transcurrían encerrados en un pequeño departamento en Villa Crespo.

Cada tanto Fran paraba la marcha para buscar ratas, que ya se habían acostumbrado a su presencia y sus chillidos eran la música que acompañaba a los chicos. Todas eran feas, pero ninguna lo era más que las demás, y Fran quería encontrar la más fea de todas, si era grande y gorda mejor. Vio una nadando por las turbias aguas cloacales, y la imagen de su primo sumergiéndose para buscarla lo hizo soltar una risita.

- ¿Qué pasa? ¿Te decidiste por una?

- No.- La laucha era muy chica, apenas mayor que una cucaracha.- Sigamos.- Dijo, y avanzó, pasando a su primo.

“El rifle había sido la causa de todos los problemas” Pensó Fran. Como con todo lo que tocaba, ni bien su primo lo obtuvo lo dominó por completo, demostrando una puntería envidiable, pero con Fran la cosa era distinta. En su primer intento de disparar al blanco termino matando un pajarito que no estaba ni cerca. Su primo se rió de él, y le dijo que estaba mal matar algo y no comerlo. Fran lo llamó mentiroso y fue a contarle a su tío, que pensó que sería una buena lección para que no mate animales y le dijo que Manu tenía razón. El pájaro no estaba feo, era casi como comer pollo, pero de todas maneras lloró mientras se lo comía. A su primo eso le pareció divertidísimo, y desde ese momento, cada vez que Fran lo visitaba en el campo, lo esperaba con un animal muerto distinto para que pruebe. Por miedo de decirle a nadie, Fran le hizo caso, y comió saltamontes, sapo, serpiente, una lechuza. Lo más feo fue una comadreja, pero lo peor fue un gatito. La sonrisa de su primo brilló en sus pequeños ojos azules cuando le ofreció este último, y después de eso Fran juró que no lo vería más. Pero cuando sus tíos quisieron que Manu vaya al secundario en capital, la mamá de Fran estuvo encantada en ofrecerle un lugar en el cuarto de su primo, sin siquiera preguntarle.

A medida que avanzaban, los chillidos de las ratas eran cada vez más fuertes y agudos, y los animales se cruzaban en su camino con un valor  cada vez mayor. Su primo había dejado de pegarle a la basura y empezado a golpear ratas con el palo de escoba, haciendo que vuelen por los aires. Una pegó un grito desgarrador, justo antes de rebotar en el agua y volver a caer, para hundirse como una piedra.

- Mirá, hice patito.- Le dijo su primo emocionado y con media sonrisa en la cara.

“¿Por qué la esta pasando tan bien?” Pensó Fran. “Se suponía que lo tenía que estar torturando, y el se ríe mientras yo apenas puedo soportar el olor.” La mente de Fran viajó a un par de semanas atrás, cuando fue a buscar a su primo a la terminal de retiro y lo vio vestido como para la iglesia, con una expresión de perdido y asustado. En ese momento Fran supo que podía vengarse. No le costó mucho convencerlo tampoco. Le tuvo que decir “cagón” un par de veces y el orgullo del chico saltó de inmediato a la propuesta.

Notó que se había frenado cuando una rata empezó a morderle la zapatilla, la pateó y esta también termino en la cloaca. Antes de que Fran pudiera avanzar, algo cayó sobre su cabeza y empezó a tirarle del pelo. El chico pego in grito ahogado y se sacudió. Una rata gorda y gris cayó al piso, y el palo de su primo le aplasto la cabeza.

- ¿Me llevo esta?- Preguntó Manu, con desinterés.

Fran estuvo a punto de decir que si, pero esa rata era igual a las demás. Si lo hacía su primo iba a saber que tenía más miedo que él, y las burlas no iban a terminar hasta que alguno de los dos muera. Fran intentó serenarse.

- ¿Esa? Pero si es una ratita, te vas a cagar de hambre.

Su primo resopló.

- Vas a tener que elegir una en algún momento. Yo nunca te di tantas vueltas.

Mientras avanzaba, Manuel blandió su palo contra un roedor marrón, pero erró y su arma quedo clavada en una madera podrida que servía de piso. La rata avanzó hacia él, pero Fran la echó de una patada.

 - Tenés mas huevos de lo que creía primito.- Le dijo con cara de satisfacción, mientras saltaba la madera.

Fran imitó a su primo.

- Más que vos. No creas que no vi esa cara de cagazo que pusiste, eh.

Su primo le respondió algo que sin duda fue insultante, pero Fran no lo escuchó, había visto la rata perfecta. No era gorda, de hecho era bastante flaca, pero lo compensaba con el tamaño. Era blanca, con el pelo sarnoso y ojos rosa pálido, le faltaba media oreja, y era tan grande como un gato. Fran la señaló con el dedo.

- Esa.

Su primo apuntó a la inmensa rata con su linterna y esta bufó. Los ojos de Manu se abrieron por completo, aunque Fran no sabía si por miedo o por asombro.

- Hijo de puta.- Fran lo escuchó murmurar, justo antes de que tire dos piedrazos rápidos con la gomera.

El primero le pegó en el medio de la frente y sangre cubrió el rostro del roedor, el segundo le pego en un costado. La rata pegó un alarido y salió corriendo. Manu salió disparado de inmediato atrás de ella, y Fran, por miedo a quedarse solo, lo siguió. Ya no tenía tiempo de apuntar al piso con la linterna para ver lo que pisaba, solo intentaba evitar los cachos más grandes de basura, aunque de vez en cuando escuchaba quejidos cuando pisaba alguna cola. Cuando piso una rata escuchó el ruido más horrible que había oído jamás, y el susto y el tropezón lo hicieron parar en el agua. Por suerte llegó a cerrar a boca a tiempo, pero al sacar la cabeza del agua, vio un enorme roedor que nadaba con los ojos fijos en él. Fran logró alcanzar el borde de la cloaca con la mano y se sacó a si mismo del agua, no antes de que uno de los cientos de animales que corrían de un lado al otro le muerda un dedo. La pateó con odio y el animal voló contra la pared, donde Francisco la siguió pateando mientras insultaba hasta que el animal se transformó en una mancha negra y roja en la punta de su zapatilla.

Fran se calmó y tomo consciencia de sus al rededores, sin la linterna no veía mucho, pero pudo escuchar la respiración agitada de su primo y vio el halo blanco de su linterna. Caminó hacia él temblando, no sabia si por el frío, el miedo o la ira, y lo vio enfrentado a la enorme rata blanca. El animal estaba agazapado frente a su primo, mostrando los dientes, amenazante. La sangre de su frente había dejado marcas en todo el pelaje, que pasaba de un blanco sucio a un rojo brillante. Manuel no estaba mucho mejor, tenía la remera rasgada y llena de manchas, un líquido viscoso lo cubría de los pies hasta justo debajo de la rodilla y tenía decenas de cortes poco profundos en todo el cuerpo. Animal y niño se miraban en completa quietud, como esperando que el otro se mueva.

- Dejala, vámonos.- Le imploró.

Su primo desvió la atención de su presa hacia Fran y la rata se fue corriendo.

- ¿Qué pasó primito?- Se rió.- ¿Te dieron ganas de nadar?

Fran lo miró con odio, deseando tener el valor suficiente para hacerlo comerse a todas las ratas de la ciudad, pero vio miedo en sus ojos, miedo que intentaba desesperadamente ocultar.

- Si tenés tantas ganas de comerte una, podes agarrar cualquiera de estas.- Señaló a la multitud de ratas que los rodeaban, yendo de acá para allá.- O podes cazar una en el camino de vuelta.

En ese momento escucharon un bufido, grave, lento y aterrador. Los roedores que los rodeaban desaparecieron en un momento, y de la oscuridad salió una rata gigante. Era del tamaño de un auto, con pelo negro mate, dientes afilados y amarillos y los ojos de un celeste tan claro que las pupilas apenas se diferenciaban. Fran se quedó temblando en el lugar mientras la rata avanzaba. Su primo le tiro con la gomera varias veces, pero las piedras rebotaron en el enorme animal sin causarle nada. Cuando estuvo cerca, Manu levantó el palo con las dos manos, pero nunca llegó a bajarlo. Los dientes de la fiera se cerraron sobre su torso con una velocidad increíble, partiendo al chico en dos y manchando la cara de Fran con sangre. Mientras la rata se devoraba a su primo, Fran empezó a correr, sin pensar en lo que pisaba, sin escuchar los gritos, los chillidos, sin pensar en nada, solo corría. Pero pisó una madera podrida, que cedió ante su peso y el chico cayó sobre algo acolchado. Cuando sintió que su colchón se movía, y con los ojos ya acostumbrados a la oscuridad, comprendió donde estaba. Era un nido. Cientos, miles de ratas diminutas de todos los colores correteaban por el piso y las paredes, se metían entre su ropa y lo cubrían, ahogándolo en un mar de pelo sucio. Le mordían los brazo, los dedos de los pies y las orejas, la nariz, la panza, el cuello y los ojos. Cuando Fran quiso gritar, una rata se metió en su boca y le mordió la lengua.

Publicado la semana 45. 03/11/2020
Etiquetas
Terror
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