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Los Roñosos

La primera vez que los vio, María estaba terminando de mudarse, bajaba cajas del auto de su hija y ahí estaban: chiquititos, huesudos, con los ojos brillantes y casi humanos. Eran tres, peleandose por los restos putrefactos de una manzana. A María le dio mucho asco, tanto, que se quedó dura en la vereda con una caja en la mano. Los bichos la miraron con curiosidad. María se apuró a entrar al edificio. 

Desde ese momento parecía que no había día que no los viera. Cada vez que salía del edificio estaban ahí, espiándola, escondidos en alguna sombra. Por las noches los oía corretear, pelearse entre sí, por algún resto de basura seguramente, y reírse, todo el tiempo se reían, con risas agudas y cortitas que mostraban sus desparejos dientes color negro aceitoso. Pero lo peor era cuando los notaba desde su casa, cada vez que salía al balcón a regar sus plantas, o simplemente miraba por la ventana, ellos estaban en la vereda de enfrente, y juraba que la estaban espiando. Su hija le dijo miles de veces que no había nada, que solo estaba estresada por la mudanza, y que, además era imposible que la vieran, ya que estaba en un cuarto piso. Pero María sabía que estaban ahí.

Se encontraba lavando los platos cuando escuchó a su gato pegar un maullido feroz. Tan rápido como pudo se acercó al felino y lo encontró clavando sus fauces en el cadáver de una de las criaturas, liquido negro se esparcía por su piso. María pegó un grito aun mayor que el del animal. Después de tomar las precauciones necesarias, metió al cadáver en una bolsa y lo tiró a la basura.

El veterinario le dijo que su gato estaba perfectamente sano, que no había motivo por el que preocuparse. Pero no pareció notar que los dientes del animal estaban completamente negros, ni que sus ojos brillaban de una manera completamente antinatural. Un par de días después, no le quedó otra opción que deshacerse del gato, su compañía, que solía reconfortarla, le ponía los pelos de punta. Eso no fue todo, harta de que los roñosos la espíen, María decidió dejar la persiana baja para siempre, y, asustada de que uno de esos se haya metido en su departamento, siempre dejaba la luz prendida, dejando su casa para siempre inundada de un horrible naranja artificial. Cada vez que su hija la visitaba, intentaba subir un poco la persiana, pero María hacía pataletas y gritaba, y al final, su hija dejaba las persianas bajas. Después de encontrar un roñoso muerto en su alacena, María dejó de comer. Su hija empezó a llevarle comida de su casa, pero ella lo único que veía era un líquido negro aceitoso que le revolvía el estómago. No fue mucho después que su hija la encontrara, tan flaca que parecía no tener carne entre la piel y los huesos, con las uñas negras y los ojos brillantes, en cuatro patas, sobre la mesada, comiendo una cáscara de banana.

Publicado la semana 4. 24/01/2020
Etiquetas
Terror
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