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En El Jardín Del Invierno - 1, 2, 3 y 4

Lo que más le gustaba de su casa era el jardín de invierno. Martina pasaba ahí la mayor parte del día. Su cuarto era muy chico y a ella le encantaba leer rodeada de plantas. Era su lugar en la casa. Merendaba mirando las flores, estudiaba entre las plantas y cuando invitaba amigas iban derecho para ahí. Ella regaba, cortaba las hojas muertas y lo limpiaba todas las semanas. Una vez al año iba al vivero del barrio, elegía la planta más linda y la agregaba a su colección.

Estaba tomando un jugo de limón muy acido hecho con sus propios limones cuando entró su madre a toda velocidad. Sin decir nada agarró una maceta vacía, una palita y se fue. Al volver tenía una planta extraña. De un verde oscuro intenso, pantanoso, con un enorme capullo de un tono tan pálido que recordaba a un cadáver.

- ¿No es hermosa? Estaba creciendo en la vereda, donde están rotas las baldosas.

Martina se sorprendió. Había pasado por ahí unas horas atrás, para ir al chino y no había notado la planta. Se acercó.

- Es horrible ma.- protestó

- A mi me gusta, si no querés, no la mires.

El capullo parecía inflarse de manera casi imperceptible.

- Llevatela a tu cuarto, no la dejes acá.- Sugirió.

- No jodas Martina. Es mi jardín este y me gusta esta planta. Ya te dije, si no te gusta, no la mires y listo.

Acto seguido llevó la maceta hacia una repisa iluminada, tomó una foto, y tras unos instantes de contemplar orgullosa, se marchó.

Martina intentó retomar su merienda, pero sus ojos se desviaban hacia la planta de manera constante. Harta, se paró y movió otra de las macetas, queriendo ocultar la grotesca planta de su vista. Pero el recuerdo del tallo carnoso y el color blanquecino del capullo se colaban en su memoria. El olor denso comenzó a cubrir todo el jardín, impidiéndole oler las tostadas al llevárselas a la boca, y Martina abandonó la habitación sin terminar de comer.

Por primera vez en más tiempo del que recordaba, Martina leía tirada en la cama. La fría luz artificial transformaba las paredes celestes en blancas al volcarse en ellas. Nunca antes lo había notado, y su mente volvió hacia la extraña planta nueva. Tras leer una docena de veces la misma pagina sin poder retener ni una sola letra dejó el libro en la mesa de luz y fue al living a ver una película. Eligió una comedia que ya había visto muchas veces y se acostó en el sillón. Se quedó dormida antes de que aparezca el protagonista.

 

Tras amagar a despertarse medio centenar de veces solo para volverse a dormir instantes después, se levantó cuando su padre la sacudió avisándole que ya estaba la cena. Tenía la garganta reseca y la cabeza le explotaba. Tardó un tiempo en reaccionar y entender lo que le decían, pero se paró y fue a la mesa.

Antes de sentarse tomó dos vasos de agua en un trago cada uno. Su padre la miraba entretenida.

- Tenias sed.

- Si.- Respondió en un susurro.

Los músculos le dolían, como si hubiera dormido sobre piedras.

- ¡Qué dormida que estás! ¿Hiciste mucho hoy?

No se acordaba. Creía que no, que no había hecho más que ir al secundario y después al chino. Se quedó mirando a su padre con los ojos en blanco.

- ¿Estás bien?

La pregunta la arrancó del estupor.

- Si, solo… cansada.

- Se nota. Comé, te va a hacer bien.

La cena fue como cualquier otra. La madre de Martina contó todo su día sin escatimar en detalles, su esposo contó unas pocas cosas que pasaron en el trabajo, y Martina respondió con frases breves a algunas preguntas antes de terminar de comer primera, dejar sus platos en la pileta e irse dormir.

 

Soñó lo mismo que a la tarde. Se levantaba de la cama y desnuda caminaba hacia el jardín de invierno. Como un autómata abría la puerta y encaraba derecho hacia la planta. El capullo cadavérico latía en pulsos lentos pero fuertes, y cuando ella lo acariciaba se abría, cubriendo al mundo con su aroma invasivo. Pero ella seguía. Sumergía la cara entre los pétalos y absorbía el olor, que la envolvía mientras la planta la absorbía a ella. El tallo crecía y la enroscaba. Tomaba control de su cuerpo, encerrándola, hasta que la falta de aire terminaba por vencerla.

 

Cuando se despertó estaba cubierta en transpiración, y el reloj de su celular indicaba que llegaría tarde al colegio. Se metió en la ducha sin siquiera tocar la canilla de agua fría. El agua le quemaba y enrojecía la piel, pero el vapor la relajaba. Se paso la esponja con tanta energía que le dolió. Aun así siguió.

En el colegio le dieron un trabajo grupal, por lo que al salir fue a la casa de Sofía, quien se pasó la tarde entera hablando del chico del que estaba enamorada, aunque no se animaba a hablarle. Martina, agradecida por no tener que estudiar en su casa, escuchó con atención.

La mamá de Sofía les hizo chocolate caliente para merendar y ellas fueron a comprar churros. A la noche cenó con la familia de su amiga, y después se quedó a dormir. Fue una noche larga, de esas que parecen que nunca van a terminar.

- Te movés mucho cuando dormís.- Le comentó Sofía la mañana siguiente.

Martina la miró curiosa, nunca se lo habían dicho y siempre se levantaba con la cama poco deshecha, pero al mirar el colchón en el piso notó que tenía razón. Las sabanas estaban en cualquier lado.

- Debía estar incómoda porque no era mi cama.- Dijo, aunque sin creerlo.

- Puede. También hablás dormida.

Martina no respondió. En el colegio no fue capaz de concentrarse en ningún momento. No paró de pensar en la planta. Volvió a su casa decidida a recuperar su jardín. Insegura y con un libro bajo el brazo, abrió la puerta.

El capullo, aun sin abrirse, parecía a punto de reventar, como un cadáver ahogado, hinchado por el agua. El tallo era de un verde tan oscuro que parecía negro, podrido. Lo peor eran las raíces. Finísimas, diminutas,  como una enredadera se agarraban de la ventana,  cubriendo la luz solar, y algunas hasta se metían en otras macetas. Se quedó dura en su lugar, mirando el horrendo espectáculo. Cuando quiso abandonar el jardín no supo decir cuanto tiempo había pasado en él.

Esa noche se quejó de nuevo con su madre, diciéndole que su planta nueva estaba tapando todo el sol e invadiendo las macetas de las demás, pero ella parecía maravillada.

- ¿Viste? Está creciendo re rápido, no me imagino lo hermosa que será cuando florezca.

Quiso discutirle, pero ya sabía que iba a pasar. Su mamá nunca había tenido buen gusto y cuando se empecinaba con algo no había forma de convencerla. En cambio fue directo a sacar las raíces de la planta invasora de sus macetas. Cuando su madre la vio pegó un grito.

- ¿Qué hacés Martina? ¿La querés matar?

- No ma. Solo la saco de mis macetas.

- ¡Pero le estas arrancando las raíces!

- ¡Solo las saco de mis macetas mamá! Para que no invada.

- No, Martina. La vas a matar así. Soltá la pala.

Martina la miró con odio y dejó la palita junto a la maceta. Después se puso a mover una por una sus macetas, las que no habían sido invadidas, para que estén lo más lejos posible de la planta. Antes de dejar el jardín, le sacó una foto al capullo pálido.

 

En ninguno de los foros de jardinería que frecuentaba reconocían la planta. Las mayoría de los comentarios decían que debía de ser de alguna película y que no existía. Otras personas la acusaron de editar las fotos. Pero casi todos ignoraron sus publicaciones.

Mientras pasaban los días y no recibía respuestas, empezó a merendar, leer y estudiar en el living. Desde cierto ángulo podía mirar por la puerta de vidrio y ver sus plantas sin ver a la otra y, mejor que todo, sin olerla.

Al principio entraba al jardín una vez por semana, para regar y cuidar las plantas, pero después de un rato, su mamá empezó a encargarse de eso. Martina ya había renunciado a esa habitación.

Sin embargo una tarde, al volver de la escuela, quiso tomar jugo de limón pero ya no quedaban limones en la cocina. Junto valor y entró al jardín de invierno. La planta había crecido de manera desmesurada. Tenía varios capullos nuevos, iguales al primero, pero más chicos. Sus raíces gusanezcas cubrían todas las ventanas, bloqueando el sol, y algunas parecían clavarse en el suelo, a través de las baldosas. El jardín estaba frio, helado, y la mayoría de las plantas parecían haberse encogido en el nuevo clima. Lo peor era el olor. Martina se frotó los brazos para sacarse la piel de gallina, y avanzó hacia el limonero. Cortó los dos frutos más grandes y volvió hacia la cocina casi corriendo. Abrió la canilla y frotó los frutos con fuerza, queriendo sacarles el aire del jardín.

Con los ojos cerrados intentó borrar las imágenes y olores de su cabeza. Cortó los limones, los exprimió en la juguera y se llevó el vaso a los labios. Lo que invadió su paladar fue leche cortada y carne podrida. Lo devolvió al instante, y el vomito supo delicioso en comparación.

Volvió al jardín y miró el limonero con más atención. Pequeñas raíces casi imperceptibles comenzaban a trepar por la maceta y algunas ya estaban hundidas en la tierra. Sin limpiar la cocina partió hacia el vivero.

Era un negocio de barrio, ni chico ni grande, posicionado en la esquina de un pasaje. Montones de flores de colores decoraban la calle, con dos bancos blancos enfrente de ellas. Por dentro era más grande de lo que parecía, con largas hileras de plantas, macetas y bolsas de tierra, demasiado grande como para que Aña, una señora grande y sin hijos, se encargué sola de todo, pero aun así lo hacía.

- ¡Martina! ¿Cómo va?- La saludo la señora con una sonrisa.- ¿Qué estás buscando? ¿Querés algo para tomar?

Tal vez era la edad, pero le gustaba más hacer preguntas que escuchar las respuestas.

- No, gracias.- Se forzó a sonreír.- Vine a preguntarte por una planta.

- Ajá ¿De qué tipo? ¿Segura que no querés un tecito?

El gusto a vomito volvió de pronto a su garganta.

- Em. Mejor sí, sin…

- Sin azúcar, si, me acuerdo.- Sonrió.- ¿Qué planta querías? Me llegaron unas nuevas que te van a encantar, las tengo acá en el fondo…

- No se como se llama.- La cortó.- La trajo mi mamá de la calle. Pero tengo una foto.

- A ver, esperá que me pongo los anteojos.

La señora se sacó los guantes de látex y con lentitud caminó hacia una mesita hecha con un pallet, agarró el par de anteojos y se los puso. Cuando volvió con Martina, esta hace rato tenía la mano extendida ofreciéndole el celular.

- A ver…- Repitió la anciana, agarrando el teléfono y manteniéndolo alejado mientras apretaba los ojos.

- La trajo mi mamá hace unos días y no para de crecer e invadir las otras macetas.

Los diminutos ojos de la anciana se abrieron por completo por primera vez en muchos años, estirando la piel y borrando gran parte de sus arrugas.

- Mi mamá le decía llama cadavérica.- La voz de la anciana se quebró.- Era medio bruja, y le gustaba ponerle nombres extravagantes a las cosas.

Martina no dijo nada, pero con los ojos le pidió que continúe.

- Le decía así por el color. Y porque, como el fuego, si no la controlas destruye todo. Cuando yo era chiquita y ella se encargaba del vivero fue la única vez que la vimos. Al principio ella se la quiso quedar, nunca había visto una planta así, pero después de un par de semanas se dio cuenta que mataba a las otras plantas y no iba a parar de crecer nunca.

- ¿Cómo hicieron?

- Yo no hice nada. Era muy chica. Mi mamá primero intentó arrancarla de raíz. Pero no le alcanzó la fuerza. Después intento cortarla. Pero Mientras hacía el segundo tajo la planta se curaba de primero. Le tiró insecticidas que no hicieron nada, la dejó de regar al principio y después intentó ahogarla. La terminó prendiendo fuego. Después de quemarla se rió, con una risa amarga, por el nombre que le había puesto, y cada tanto repetía con voz histérica “hay que combatir fuego con fuego.”

Martina corrió a su casa.  Iba a quemar la planta primero y pedirle perdón a su mamá cuando llegue. Cerró la puerta de un portazo y fue al lavadero a agarrar un aerosol. Luego a la cocina. Mientras revolvía los cajones buscando un encendedor escuchó los pasos de su madre atrás.

- ¿Se puede saber a donde te fuiste y por qué dejaste ese desastre en el piso de la cocina? Apestaba a podrido Martina. Ni siquiera enjuagaste la juguera. ¿Por qué vuelvo de trabajar y tengo que limpiar tu desastre?

Se quedó callada.

- Fui al vivero.- Dijo después de un rato, con voz finita.

- ¿Y por qué no limpiaste el piso?

- Me olvidé.

- ¿Te olvidaste?.- Martina clavó los ojos en el piso.- No sos más una nena. No podés dejar este desastre y esperar que lo limpie yo. Ni siquiera te terminaste el vaso de jugo que te habías hecho, lo tuve que tirar. También dejaste la puerta del invernadero abierta ¿Qué tenías que hacer en el vivero que era tan urgente?

Siguió sin decir nada.

- ¿Eh?

- Quería averiguar sobre la planta.- Dijo con menos voz que antes.

- Hablá claro.

Se aclaró la garganta.

- Quería averiguar sobre la planta.- Afirmó.

- ¿Sobre qué planta?

La miró, esperando que entendiera por su cuenta.

- ¿Sobre planta?

Asintió, tímida.

- No puede ser, Martina, estás obsesionada. No te puede molestar tanto que haya una planta que vos no elegiste. Es mi jardín.

- Tiene un olor horrible y…

- A mi me gusta el olor.

- Y está tapando todas las ventanas. No entra el sol. Las otras plantas se están muriendo.

- No seas dramática Martina. No exageres.

- ¡Es verdad! - ¿Por qué no se daba cuenta? – Aña me dijo que si no la matamos va a seguir creciendo y va a ocupar toda la casa.

- ¿Aña? ¿La vieja del vivero decís? ¡Pero si está loca esa mujer! Hay rumores sobre ella en todo el barrio y habla con las plantas.- Iba a seguir discutiendo, pero sus ojos se posaron en la lata de aerosol en la mano derecha de su hija y luego el encendedor en la izquierda.- Martina ¿Qué vas a hacer con eso?

Recién en ese momento recordó que tenía en las manos.

- Nada.

- No me mientas.

Volvió a mirar fijo al piso.

- Martina ¿Qué ibas a hacer?

- Solo se muere si la prendés fuego.

- ¡Pero vos estás loca! Ibas a quemar la casa. Dame eso.

Martina a penas movió la mano, ofreciéndole la lata y el encendedor a su madre. Ella se lo arrancó.

- Andate a tu cuarto.

- Pero…

- ¿Pero qué?

Se mantuvo callada un rato.

- No soy una nena.- Afirmó.

- Entonces no hagas estupideces. Demostrá que no sos una nena. Casi prendés fuego la casa Martina. Andate a tu cuarto y no bajes hasta la cena.

Le hizo caso. A partir de ese día su mamá empezó a cerrar el invernadero con llave. Martina siguió pasando el tiempo en el living. Antes no le gustaba porque era oscuro, pero el jardín era más oscuro todavía.

Las plantas empezaron a morirse una por una y su madre seguía sin darle la razón. Su mamá vomitó también, después de ponerle limón a una milanesa, y aún después de eso siguió insistiendo con mantener la planta. Incluso su esposo estaba de acuerdo con Martina, pero ella seguía diciendo que era su jardín, que si no les gustaba que no entren.

Martina ya ni podía ver el jardín desde el living. Las raíces habían crecido demasiado y cubrían todo el vidrio. Pero si podía ver como esos horrendos gusanos blancos se estiraban y crecían, visión que le revolvía el estomago. Así se mudo de nuevo, a otra parte del living, donde no podía ni mirar en dirección al jardín.

Una noche Martina se despertó asustada. Se había acostumbrado a las constantes pesadillas, pero no era eso. Las pesadillas en general no la dejaban despertarse, la enterraban en un sueño cada vez más profundo hasta que su alarma la arrancaba de ese lugar a los gritos o, su padre la sacudía hasta que se despierte porque la alarma no estaba funcionando. Pero era plena noche. La alarma no podía haber sonado y su padre no estaba en su cuarto. Lo escuchó de nuevo. Una explosión aguda, como si alguien hubiera intentado inflar un globo de vidrio del tamaño de una habitación con más aire del que entraba en el. Con el tercer estruendo entendió lo que pasaba.

Empapada en sudor corrió hacia abajo. En el living, sus padres en pijamas, veían a las raíces retorcerse y romper las paredes del invernadero. Su madre gritaba. Su papá corrió hacia el garaje y volvió con un hacha.

“Tiene que ser con fuego.” Intentó decir Martina, pero las palabras no le salían. En cambio, observó la situación en silencio. Su padre le pegó con el hacha a una raíz larga, pálida y gruesa como un hombre, dejando un tajo casi invisible, del cual liquido blanco como leche aguada empezó a brotar. Cuando pegó el segundo golpe, el primer tajo había desaparecido. Su mamá se reía, histérica. Después de que su padre pegara unos cuantos golpes sin efecto alguno, Martina se acercó.

- No sirve.

El padre bajó el hacha y la miró.

- No sirve.- Suspiró.- ¿Cómo hacemos?

- Fuego.

Su madre pegó un grito, su padre la miró asustado, pero tras unos segundos, comprendió que tenía razón.

Volvió de la cocina con encendedores, aerosoles, y un bidón de aceite de cinco litros. Vertió medio bidón en la raíz, y con una lata de insecticida produjo una llamarada. La planta chilló un grito agudo y tortuoso. Su padre escupió otra ráfaga. Humo empezó a llenar la habitación, bañándola de un olor similar al de la planta, pero más intenso. La madre de Martina empezó a toser y Martina abrió una ventana. A las pocas horas se les acabó el aceite, se apagó el fuego y terminaron los gritos. La planta a penas mostraba daño. Se fueron los tres a dormir sin saber que hacer.

Para la mañana siguiente, la planta no solo se había curado, si no que sus raíces empezaban a invadir el living, hundiéndose entre las tablas del piso de madera y rodeando los muebles en abrazos grotescos. El padre de Martina llamó exterminadores y pasaron el fin de semana en un hotel.

Al volver a la casa, supieron que no iban a poder salvarla. El living estaba inutilizable, con grandes raíces por todos lados, y algunos capullos saliendo de las mismas. Algunas llegaban hasta la cocina y otras subían por las escaleras. Los muebles estaban destruidos, con raíces atravesándolos, al igual que el piso, y la luz del sol empezaba a ser bloqueada por raíces trepando por las ventanas. En el jardín, el capullo se había abierto, extendiendo sus pétalos flácidos y mostrando el interior, amarillo viejo. Pero lo peor, lo peor seguía siendo olor, y el frio.

Publicado la semana 37. 07/09/2020
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Terror
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