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En El Jardín Del Invierno - 3

Era un negocio de barrio, ni chico ni grande, posicionado en la esquina de un pasaje. Montones de flores de colores decoraban la calle, con dos bancos blancos enfrente de ellas. Por dentro era más grande de lo que parecía, con largas hileras de plantas, macetas y bolsas de tierra, demasiado grande como para que Aña, una señora grande y sin hijos, se encargué sola de todo, pero aun así lo hacía.

- ¡Martina! ¿Cómo va?- La saludo la señora con una sonrisa.- ¿Qué estás buscando? ¿Querés algo para tomar?

Tal vez era la edad, pero le gustaba más hacer preguntas que escuchar las respuestas.

- No, gracias.- Se forzó a sonreír.- Vine a preguntarte por una planta.

- Ajá ¿De qué tipo? ¿Segura que no querés un tecito?

El gusto a vomito volvió de pronto a su garganta.

- Em. Mejor sí, sin…

- Sin azúcar, si, me acuerdo.- Sonrió.- ¿Qué planta querías? Me llegaron unas nuevas que te van a encantar, las tengo acá en el fondo…

- No se como se llama.- La cortó.- La trajo mi mamá de la calle. Pero tengo una foto.

- A ver, esperá que me pongo los anteojos.

La señora se sacó los guantes de látex y con lentitud caminó hacia una mesita hecha con un pallet, agarró el par de anteojos y se los puso. Cuando volvió con Martina, esta hace rato tenía la mano extendida ofreciéndole el celular.

- A ver…- Repitió la anciana, agarrando el teléfono y manteniéndolo alejado mientras apretaba los ojos.

- La trajo mi mamá hace unos días y no para de crecer e invadir las otras macetas.

Los diminutos ojos de la anciana se abrieron por completo por primera vez en muchos años, estirando la piel y borrando gran parte de sus arrugas.

- Mi mamá le decía llama cadavérica.- La voz de la anciana se quebró.- Era medio bruja, y le gustaba ponerle nombres extravagantes a las cosas.

Martina no dijo nada, pero con los ojos le pidió que continúe.

- Le decía así por el color. Y porque, como el fuego, si no la controlas destruye todo. Cuando yo era chiquita y ella se encargaba del vivero fue la única vez que la vimos. Al principio ella se la quiso quedar, nunca había visto una planta así, pero después de un par de semanas se dio cuenta que mataba a las otras plantas y no iba a parar de crecer nunca.

- ¿Cómo hicieron?

- Yo no hice nada. Era muy chica. Mi mamá primero intentó arrancarla de raíz. Pero no le alcanzó la fuerza. Después intento cortarla. Pero Mientras hacía el segundo tajo la planta se curaba de primero. Le tiró insecticidas que no hicieron nada, la dejó de regar al principio y después intentó ahogarla. La terminó prendiendo fuego. Después de quemarla se rió, con una risa amarga, por el nombre que le había puesto, y cada tanto repetía con voz histérica “hay que combatir fuego con fuego.”

Martina corrió a su casa.  Iba a quemar la planta primero y pedirle perdón a su mamá cuando llegue. Cerró la puerta de un portazo y fue al lavadero a agarrar un aerosol. Luego a la cocina. Mientras revolvía los cajones buscando un encendedor escuchó los pasos de su madre atrás.

- ¿Se puede saber a donde te fuiste y por qué dejaste ese desastre en el piso de la cocina? Apestaba a podrido Martina. Ni siquiera enjuagaste la juguera. ¿Por qué vuelvo de trabajar y tengo que limpiar tu desastre?

Se quedó callada.

Publicado la semana 36. 12/09/2020
Etiquetas
Terror
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