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En El Jardín Del Invierno - 2

Cuando se despertó estaba cubierta en transpiración, y el reloj de su celular indicaba que llegaría tarde al colegio. Se metió en la ducha sin siquiera tocar la canilla de agua fría. El agua le quemaba y enrojecía la piel, pero el vapor la relajaba. Se paso la esponja con tanta energía que le dolió. Aun así siguió.

En el colegio le dieron un trabajo grupal, por lo que al salir fue a la casa de Sofía, quien se pasó la tarde entera hablando del chico del que estaba enamorada, aunque no se animaba a hablarle. Martina, agradecida por no tener que estudiar en su casa, escuchó con atención.

La mamá de Sofía les hizo chocolate caliente para merendar y ellas fueron a comprar churros. A la noche cenó con la familia de su amiga, y después se quedó a dormir. Fue una noche larga, de esas que parecen que nunca van a terminar.

- Te movés mucho cuando dormís.- Le comentó Sofía la mañana siguiente.

Martina la miró curiosa, nunca se lo habían dicho y siempre se levantaba con la cama poco deshecha, pero al mirar el colchón en el piso notó que tenía razón. Las sabanas estaban en cualquier lado.

- Debía estar incómoda porque no era mi cama.- Dijo, aunque sin creerlo.

- Puede. También hablás dormida.

Martina no respondió. En el colegio no fue capaz de concentrarse en ningún momento. No paró de pensar en la planta. Volvió a su casa decidida a recuperar su jardín. Insegura y con un libro bajo el brazo, abrió la puerta.

El capullo, aun sin abrirse, parecía a punto de reventar, como un cadáver ahogado, hinchado por el agua. El tallo era de un verde tan oscuro que parecía negro, podrido. Lo peor eran las raíces. Finísimas, diminutas,  como una enredadera se agarraban de la ventana,  cubriendo la luz solar, y algunas hasta se metían en otras macetas. Se quedó dura en su lugar, mirando el horrendo espectáculo. Cuando quiso abandonar el jardín no supo decir cuanto tiempo había pasado en él.

Esa noche se quejó de nuevo con su madre, diciéndole que su planta nueva estaba tapando todo el sol e invadiendo las macetas de las demás, pero ella parecía maravillada.

- ¿Viste? Está creciendo re rápido, no me imagino lo hermosa que será cuando florezca.

Quiso discutirle, pero ya sabía que iba a pasar. Su mamá nunca había tenido buen gusto y cuando se empecinaba con algo no había forma de convencerla. En cambio fue directo a sacar las raíces de la planta invasora de sus macetas. Cuando su madre la vio pegó un grito.

- ¿Qué hacés Martina? ¿La querés matar?

- No ma. Solo la saco de mis macetas.

- ¡Pero le estas arrancando las raíces!

- ¡Solo las saco de mis macetas mamá! Para que no invada.

- No, Martina. La vas a matar así. Soltá la pala.

Martina la miró con odio y dejó la palita junto a la maceta. Después se puso a mover una por una sus macetas, las que no habían sido invadidas, para que estén lo más lejos posible de la planta. Antes de dejar el jardín, le sacó una foto al capullo pálido.

 

En ninguno de los foros de jardinería que frecuentaba reconocían la planta. Las mayoría de los comentarios decían que debía de ser de alguna película y que no existía. Otras personas la acusaron de editar las fotos. Pero casi todos ignoraron sus publicaciones.

Mientras pasaban los días y no recibía respuestas, empezó a merendar, leer y estudiar en el living. Desde cierto ángulo podía mirar por la puerta de vidrio y ver sus plantas sin ver a la otra y, mejor que todo, sin olerla.

Al principio entraba al jardín una vez por semana, para regar y cuidar las plantas, pero después de un rato, su mamá empezó a encargarse de eso. Martina ya había renunciado a esa habitación.

Sin embargo una tarde, al volver de la escuela, quiso tomar jugo de limón pero ya no quedaban limones en la cocina. Junto valor y entró al jardín de invierno. La planta había crecido de manera desmesurada. Tenía varios capullos nuevos, iguales al primero, pero más chicos. Sus raíces gusanezcas cubrían todas las ventanas, bloqueando el sol, y algunas parecían clavarse en el suelo, a través de las baldosas. El jardín estaba frio, helado, y la mayoría de las plantas parecían haberse encogido en el nuevo clima. Lo peor era el olor. Martina se frotó los brazos para sacarse la piel de gallina, y avanzó hacia el limonero. Cortó los dos frutos más grandes y volvió hacia la cocina casi corriendo. Abrió la canilla y frotó los frutos con fuerza, queriendo sacarles el aire del jardín.

Con los ojos cerrados intentó borrar las imágenes y olores de su cabeza. Cortó los limones, los exprimió en la juguera y se llevó el vaso a los labios. Lo que invadió su paladar fue leche cortada y carne podrida. Lo devolvió al instante, y el vomito supo delicioso en comparación.

Volvió al jardín y miró el limonero con más atención. Pequeñas raíces casi imperceptibles comenzaban a trepar por la maceta y algunas ya estaban hundidas en la tierra. Sin limpiar la cocina partió hacia el vivero.

Publicado la semana 35. 12/09/2020
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Terror
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