31
cami

Cuando Cae

"Por gloria." Pensó el hombre. "Por honor." Más de doscientos hombres habían cabalgado a sus espaldas y seguido sus órdenes, soñando sus mismos sueños, cuando divisaron las fuerzas enemigas. Calcularon unas tres mil lanzas, a pie, y no los habían visto. Un hombre más cauto se habría adelantado para llegar con su comandante y unir fuerzas. Pero nadie canta canciones sobre hombres cautos. Los caballos les daban una buena ventaja, al igual que la sorpresa, y su estrategia audaz terminó comprándoles la victoria. Su armadura no tenía ni un rasguño cuando encabezó el ataque, reflejándole el sol en los ojos a sus enemigos. Había sentido pánico, sí, y la necesidad de descargar sus entrañas, pero había sido una hazaña digna de ser vista. Aunque había perdido a todos su hombres. Aunque su armadura era un caos de abolladuras y manchas de sangre. Aunque había tenido que vendar él mismo su brazo derecho con la capa de un muerto. Aunque volvía con su comandante a lomos de una mula. Había vencido y, definitivamente, sería recompensado. Tal vez le dieran el comando de una fuerza mayor, tal vez le dieran tierras o incluso un título. Los bardos cantarían sobre él por todo el mundo, las doncellas le entregarían su favor en torneos y sus descendientes alardearían de llevar su sangre en las venas por generaciones.

Al divisar un arroyo desmontó, bebió un largo trago y se mojó la cabeza. El sol pegaba en su armadura cocinándolo dentro de ella y su temperatura corporal ya estaba más alta de lo que debía. Pero un caballero era su armadura y no podía quitársela. Al sacar la cabeza del  agua desato sus improvisados vendajes y examinó su brazo. El brazo de la espada. Tenía el color de una ciruela y estaba cubierto de sangre negra y pus amarillento. Aguantando un gruñido, volvió a colocarse las vendas y siguió su camino. La mula era más lenta que el caballo que había perdido, pero avanzaba a paso firme y tranquilo.

- Cuando lleguemos al campamento les voy a decir que te den un barril de manzanas.

El animal lo ignoró.

- Y cuando me den tierras te voy a guardar el mejor lugar en los establos.- Prometió, dándole una palmadita en la cabeza.

Sin embargo, no tenía energías para seguir hablando.

Esa noche durmió con la armadura puesta. No tenía ni la fuerza ni la movilidad para sacársela. Al no tener con que cubrirse pasó la noche entera tiritando. Estaba sólo a medio día de viaje, pero cuando la mañana lo encontró no pudo pararse. Se dijo a sí mismo que si dormía recuperaría energías y se quedó tendido bajo el sol, con la mula pastando a su lado.

Al atardecer lo encontraron. Reconoció al capitán de los exploradores, acompañado por tres de sus hombres. Uno tiraba de las riendas de su mula, otro, el que lo había despertado, examinaba su espada.

- Es buen acero.- Exclamó, blandiéndola en el aire.

El tercero lo vio abrir los ojos.

- Está vivo.- Dijo a su capitán.

- ¿Puede pelear?- Preguntó el hombre, sin siquiera mirarlo.

Quiso responder, pero las palabras se volvían arena en su garganta.

- Tiene el brazo negro.- Respondió el que tenía su espada.

- No necesitamos bocas inútiles. Encárguense.

El caballero quiso contarles sobre su hazaña, sobre la batalla, pero en vez de aire, de su garganta brotó un líquido negro y espeso.

Publicado la semana 31. 13/08/2020
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
31
Ranking
0 25 0