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Monstruo

Al nacer lo nombraron Monstruo. En esos tiempos todavía quedaban personas a su alrededor, aunque muy pocas. El nombre le quedaba perfecto. Medía  más de dos metros, con los brazos y la frente anchos, los dientes muy adelantados y una fuerza considerable que se notaba a pesar de su gordura.

El gato no lo había oído. Era increíblemente ágil y silencioso para su enorme tamaño, y cuando estuvo lo suficiente cerca, lanzó un piedrazo que dio firme y certero en el cráneo del animal. Murió en el acto. Mientras se colgaba el cadáver en el cinturón, intentaba recordar las caras que alguna vez había conocido, pero en ese entonces era muy pequeño , y la tarea le resultó imposible.

Con el felino le era suficiente para la cena, sin embargo, recorrer la antigua ciudad vacía era una de sus cosas preferidas. Estaba llena de escondites y ningún humano se animaba a adentrarse en ella. Además, si se buscaba bien, se podían encontrar tesoros ocultos. Silencioso como una sombra se deslizó por un túnel angular lleno de cables de acero. Una vez había ido con su padre y le había explicado para qué se usaban, no lo recordaba. Guardó su hacha en la funda y empezó a trepar por uno de ellos. Si bien en la alta torre cuadrada había escaleras, él prefería los cables. Los muertos no los podían trepar.

Subió un piso y se dirigió a la primera vivienda. La puerta estaba cerrada e intacta, como todos los mejores lugares para buscar. Intentando no hacer ruido empujó su navaja contra el marco y entró. Olía a podrido, pero Monstruo ni lo notó. Al principio no encontró nada útil, cuchillos casi sin filo, ropas estúpidamente coloridas, y papeles llenos de garabatos que él sabía eran palabras, pero nunca había sido capaz de leer. Finalmente, escondido detrás de una superficie tan reflexiva como el agua en un día claro, encontró un tubo anaranjado que hacía ruido al moverse. Tenía muchos de esos en su guarida. Algunos estaban ahí desde antes de que él nazca y siempre buscaba más. Junto con la caza y explorar la ciudad, sacudir esos objetos hasta que hicieran ruido o ver la luz del sol pasar por su cuerpo translúcido, era lo único que lo entretenía. Satisfecho, Monstruo volvió a deslizarse por el cable y salió de la torre. No muy lejos de allí, había un pozo en la tierra y planeaba sumergirse en él, le encantaba recorrer los amplios túneles que los antiguos humanos habían tallado en la tierra, además los muertos no los frecuentaban, sólo las ratas, y si se encontraba con alguna, tanto mejor para él.

 

Sonidos de caballo despertaron su atención, eran más ricos que los gatos, y tenían más carne. Agazapado entre los trastos, se acercó. Eran varios, acompañados por personas que portaban largos palos con cuchillos en la punta. Como el agua de un arrollo, se escurrió por entre el paisaje y se asomó a observarlos quieto como un tronco. Estaban hablando y para su sorpresa entendió bastante. Buscaban algo, aunque esa palabra nunca la había oído.

Pasó horas espiándolos, yendo de casa en casa, hasta que empezó a anochecer y emprendieron la vuelta, sin encontrar lo que buscaban. Al abandonar la ciudad mantenerse escondido era más difícil, pero rastrearlos más simple, asique los siguió a la distancia.

De lejos pudo ver su escondite. Más casas de las que podía contar con sus manos, amontonadas. También tenían caballos, cerdos y algunos perros. Todo escondido detrás de una muralla de piedra rojiza. Cobardes.

 

* * *

 

Al principio pensó que se trataba de un muerto, pero por cómo se movía parecía humano. Era enorme, estaba cubierto de pieles y trapos, y llevaba un perro muerto a sus espaldas. Estaba espiando a sus compañeros, pero no lo había notado a él. Haciendo de cuenta que no lo había visto se acercó a su grupo. Por el rabillo del ojo vio cómo una sombra desaparecía debajo de un auto. Juli estaba contando cuentos fantásticos sobre comunicaciones globales y bases de datos. Gastón, recostado sobre su lanza, fingía que escuchaba mientras se acariciaba su intento de barba rubia y pensaba en otra cosa, probablemente en esos edificios llenos de máquinas que te hacían más fuerte. Al ver la pila de libros que tenía en la mano, Gastón resopló.

 

- ¿Encontraste algo útil?

Juli le saco el peso de las manos y empezó a inspeccionar los tomos.

- Son solo ficción. – Reprochó.

Santi se encogió de hombros.

- No había nada más , y me llamaron la atención.

Gas revoleó los ojos.

 

Mientras Santi cargaba los libros en sus alforjas la muchacha se fue a recorrer la ciudad. Tardó más que él en volver, pero llevaba muchas más cosas. Pedazos de metal y plástico, junto con libros mucho más finitos que los que él había encontrado. Gastón se volvió a quejar.

 

- ¡Nos pidieron que busquemos medicamentos!

- Tranquilízate, son manuales de instrucciones, podemos aprender muchas cosas.

- No, es peligroso venir a la ciudad, nos dejaron solos porque necesitamos remedios , y ustedes se preocupan más por sus pendejadas.

- ¡Peligroso!– Rió.– Es la cuarta vez que venimos y todavía no vimos ni un muerto.

Santi se había olvidado por completo de la figura monstruosa que espiaba a sus amigos. Recorrió el paisaje con la mirada.

- Juli.– Susurró.– Tal vez tiene razón, tal vez es mejor volver.

La chica lo miró con enojo, que desapareció rápido una vez que se dio cuenta que estaba mal dirigido.

- Está bien.– Se rindió.– Pero podemos encontrar muchas cosas útiles acá, no sólo lo que vinimos a buscar.

 

Gastón chasqueó la lengua y sonrió. Con un movimiento elegante se subió a su caballo.

Recién cuando salieron de la ciudad, Santi se dejó de sentir observado.  toda la trayectoria por la urbe la había pasado mirando por sobre sus hombros, pero no había visto nada. Sus amigos, enfrascados en una discusión sin sentido, ni lo notaron. Cuando llevaban media hora de viaje por el campo sintió que era seguro , y les contó lo que había visto.

 

- ¿Y me dejaste irme?- La chica estaba furiosa.

Santi clavó la mirada en el piso.

– Me olvidé.– Pausó por un instante eterno. - A lo mejor es amigable, no nos hizo nada.

- Dijiste que cargaba un perro muerto sobre los hombros ¿Qué clase de hombre come perro?- Gastón había borrado su sonrisa burlona habitual y miraba en todas direcciones.

- Uno hambriento.- Juliana se encogió de hombros.- Ni me imagino que habrán comido nuestros abuelos cuando empezó todo esto.

Gastón resopló.

- Con hambre o no, da lo mismo, si fuera un amigo no se escondería para espiarnos.

 

Nadie respondió. Sólo siguieron cabalgando hasta llegar al pueblo. Era pequeño. Lo habitaban menos de cincuenta personas y otros tantos animales. Había un amplio espacio entre cada casa y estaba rodeado por una pared de ladrillos que medía poco más de tres metros de largo. Para cuando llegaron al portón, éste ya estaba abierto. Gastón fue el primero en desmontar, de un salto , y a pasos apurados caminó hasta la casa de su padre, dejando a sus compañeros detrás. Contrario al chico rubio, ellos guiaron a sus caballos hacia los establos, les sacaron las sillas y las alforjas, y les acercaron comida y bebida. Cuando salieron, el encargado de los animales les comentó que había un nuevo enfermo, con un total de 22 casi llegaban a la mitad de la aldea.

 

Cuando lo alcanzaron, Gastón estaba terminando la historia ante el consejo, su padre lo miraba atento, pero al ver entrar a Santi, sus ojos se desviaron hacia él, quemándole la piel con la mirada. Le hicieron muchas preguntas, repitiendo varias y él respondió “no sé” o “no me acuerdo” a casi todas. Al decidir que no tenían nada más que aprender, los miembros del consejo empezaron a debatir qué hacer, mientras los tres niños, que nunca se habían sentido tan niños como en ese momento, miraban en silencio. Cuando se estaban decidiendo por abandonar las expediciones a la ciudad, Santi se paró.

 

- Parecía conocer el terreno.- Antonio, el médico, y miembro más viejo del consejo fue el primero en mirarlo, los demás lo imitaron. Cuando Juliana lo codeó, entendió que nadie lo había escuchado.- Parecía conocer la ciudad.- Carraspeó.- Tal vez sabe dónde encontrar lo que buscamos.

El padre de Gastón se rascó la ceja.

- No importa. Según lo que describiste era un salvaje. No podríamos confiar en él nunca.

- También dije que llevaba un perro muerto en la espalda. Seguro quiere amigarse si le ofrecemos un cerdo.- Asintió, satisfecho de si mismo.

La risotada del padre de su amigo retumbó por todos lados.

- ¿No querés ofrecerle también un lugar dentro de la muralla?

- La comida es para nosotros.- Afirmó Antonio en un tono gentil.- No podemos desperdiciarla.

- Seguro tenemos suficiente para uno más. Y si de verdad conoce la ciudad podemos encontrar cosas valiosísimas. Mucho más que sólo medicina.- La voz de Juliana sonaba mucho más convencida que la suya y que se le una lo alentó.- Podríamos tener electricidad de nuevo.- Se entusiasmó la chica.

- Y conseguir armas de verdad.- Agregó Gastón, solemne. Probablemente se unió a su petición para no perder sus misiones a la ciudad muerta, o para no quedarse atrás, pero no importaba.

 

Después de un tiempo el concejo cedió. Diez personas, ellos tres incluidos, iban a ir a la ciudad al día siguiente a buscar a este hombre, con una pata de cerdo como regalo. Santi quería un cerdo vivo, pero eso les parecía demasiado generoso. A cambio, le iban a pedir ayuda para explorar la ciudad y buscar objetos de interés.

 

***

 

Monstruo estaba rodeado. A los chicos que había visto por la ciudad en los últimos días los acompañaba un grupo de hombres y mujeres más viejos. Algunos tenían armas de fuego, como la que solía llevar su padre cuando era chico. Si bien ninguno le apuntaba sabía que no lo iban a dejar irse. Podía oler el miedo que les causaba.

Un hombre se le acercó mostrándole las manos.

 

- Somos amigos.– Aclaró.

- No.– La voz del gigante sonaba como si su boca estuviese hecha de cuero viejo.

El hombre se frenó en su lugar y se tomó su tiempo para responder.

- Claro que si.- Titubeó.

Monstruo no respondió.

- Tenemos comida.– Sugirió el hombre, extendiéndole un paquete con olor a sangre.

Ni lo miró.  No necesitaba que nadie le regale nada. Menos ese monton de cobardes, escondidos tras su muralla.

– No.

 

Dos muertos se acercaron al grupo, el chico rubio y la chica los frenaron, de un golpe cada uno.                                          Monstruo comenzó a darse la vuelta. Pero la voz del otro chico, el más bajito, lo frenó.

 

- ¿Por qué no?

Se quedó callado, el chico volvió a insistir.

- Podemos ayudarnos.

Monstruo gruño.

- Dejemos que se vaya.- El hombre guardó el paquete, que hasta ese momento seguía extendiéndole.

 

El gigante escupió en el piso y se dio la media vuelta.

 

***

 

La misión había sido un fracaso. Aunque pudo demostrar su habilidad con la lanza matando un muerto, Juliana le robó el segundo y el hombre se había negado a ayudarlos sin ninguna consideración. Después de eso se dedicaron el resto de la tarde a buscar medicamentos en cinco grupos de dos, pero como siempre, no encontraron nada. Debía ser la madrugada cuando una mano se posó en su boca, despertándolo. Era Santi.

 

- El papá de Juli dice que sabe dónde vive. Vamos a visitarlo.- Susurró.

Eso lo tomó por sorpresa, su amigo nunca había sido tan valiente.

- Vestite. Te esperamos en La Puerta Secreta.- Dijo , y se marchó.

Vestirse rápido y en silencio estando tan dormido, fue un desafío. Cuando lo hubo completado agarró su lanza y se escabulló por la ventana.

 

La Puerta Secreta la había descubierto Juli cuando eran chicos. Nunca los dejaban cruzar las murallas del pueblo y ellos usaban ese pasadizo entre las paredes para alejarse un par de metros. En realidad era sólo una parte de la muralla cubierta por los establos, que les permitía treparla sin ser vistos. Cuando llegó,  ellos lo esperaban vestidos con ropas oscuras. Juliana tenía una capucha y un machete en la cintura. Santiago parecía ir desarmado, pero cuando le preguntó, reveló un cuchillo que llevaba escondido en el cinturón.

 

- Es mejor que no parezcamos ninguna amenaza.- Dijo, con voz a penas audible.

- ¿Se te ocurre dónde esconder la lanza?- Bromeó.

 

El par respondió poniéndose los dedos sobre los labios. A continuación treparon el muro uno por uno, como hacía años que no hacían. Recién cuando llevaban veinte minutos de caminata sintió que podía volver a hablar sin quedar como un boludo y, aún así, lo hizo susurrando.

 

- ¿Cómo saben dónde es?

- Mi viejo. Dijo hoy que cuando cazaba por esta zona siempre se sentía observado, que escuchaba gruñidos y que a veces veía sombras que desaparecían antes que pudiera  mirarlas.

- ¿Y te dijo dónde así nomás?– Sin querer levantó un poco la voz.

- No.- Sonrió.- Pero hice que me diga sin que se diera cuenta.

 

Sin caballos, tardaron horas en llegar a la zona que decía Juli , y otra hora más en encontrar la casa. Era pequeña y solitaria. después de unos momentos de intercambiar miradas, decidieron avanzar. Al encontrarse a unos pasos de la puerta, Santiago se aclaró la garganta.

 

- ¿Hola?

 

Solo le respondieron las hojas de los árboles. Al rato volvió a insistir consiguiendo más silencio. Gastón se acercó a la casa y tocó la puerta.

 

- Creo que no hay nadie. No debe ser acá.

 

Juliana prendió la linterna y señaló pisadas en la tierra que no eran de ellos.

 

- Seguro son de muertos.- Se encogió de hombros y, cuchillo en mano, forzó la cerradura.

 

La casa estaba decorada por pieles de animales, algunas aún sangrientas y muchas más en descomposición. Cráneos, garras y colmillos, una infinidad de cuchillos y navajas, machetes, hachas pintadas de rojo e incluso una katana, todo distribuido al azar en el piso y distintos estantes. Al lado del hogar había un nido hecho de pieles, sábanas y almohadones, junto con un gran cofre de madera. Sus amigos entraron detrás de él.

 

- Claramente vive acá.- Dijo sonriendo.

- No deberíamos haber entrado entonces. Salgamos.- Santiago estaba visiblemente asustado.

- Dale enano, pensé que te habías vuelto más valiente. Veamos qué tiene escondido.

 

Puso su cuchillo contra la cerradura en un intento de romperla, pero se dio cuenta que el cofre no estaba cerrado, asique simplemente levantó la tapa. No lo podía creer. Debía de haber más de un centenar. Tomó uno y lo levantó, mostrándole a sus compañeros. Juliana apuntó su linterna hacia él y cuando la luz se encontró con el frasco, tiñó el cuarto de naranja.

 

- Son… ¿Remedios?- La chica no lo podía creer.

- Sí. Y tiene miles.- Se giró hacia Santi.- Tenemos que llevarlos a casa.

 

Su amigo le respondió manchándole la cara de sangre. Cuando lo volvió a mirar tenía un hacha hundida desde la cima de la cabeza hasta la punta de la nariz. Atrás suyo, el hombre-bestia se erguía, como una enorme estatua hecha de sombras. Nadie lo había visto entrar. Juliana pegó un grito ahogado y él se paralizó. Decidió moverse recién cuando vio el hacha, corriendo hacia su cabeza.  Con manos temblorosas logró sacar su lanza e intentó mantener distancia entre él y el gigante, blandiendo su arma sin destreza alguna.

 

- No.- La palabra sonó a la vez como un rugido y la orden de un rey.- Mío.

 

Gastón parecía incapaz de cerrar la boca , y cuando sintió gusto salado, comprendió que estaba llorando. El hombre se acercó a él blandiendo el hacha como si fuese una pluma, gritando “Mío” con cada golpe. Un par de embestidas después su lanza se había transformado en un palo de medio metro de largo. Juliana se abalanzó hacia el monstruo, con lágrimas en los ojos, cara de decidida y su machete en mano. La criatura logró repelerla con facilidad y la alejó de una patada. Gastón se aferró a su cuchillo y gritando corrió contra el gigante, que lo bloqueó con su cuerpo y lo tiró al piso.

Le dolía tanto la cabeza que se llevó la mano a la nuca, sintiendo un líquido caliente y pegajoso. No tenía energía para levantarse, en cambio, se quedó acostado, escuchando unos pocos golpes y quejidos, seguidos de pasos que se acercaban. Abrió los ojos y vio un objeto rojo que caía en su dirección. Giró a la derecha justo a tiempo, y el hacha se clavó en el piso. Lentamente se paró y miró a su alrededor. En el piso, su lanza estaba hecha pedazos y sus dos amigos se ahogaban en charcos de sangre negra. Enfrente suyo, un hombre que le sacaba más de una cabeza, cubierto de sangre, con un arma en cada mano. Él, desarmado y  medio ciego por las lagrimas.

 

- Perdón.- Murmuró.- Las necesitamos. Tenemos mucha gente enferma. Nos puede servir.-

 

El gigante se acercó, a paso lento.

 

- Por favor.- Chilló.- La mitad de nuestra aldea se muere. No queríamos ofenderte.

 

El monstruo se quedó quieto en el lugar, mirándolo con desconfianza.

 

- Tenemos mucha gente enferma.- Suspiró.- Necesitamos los medicamentos. Sólo un par. Por favor.

 

Gruñó y volvió a acercarse. Con el machete de su amiga, le abrió un tajo desde el ombligo hasta la pera. Antes de llegar al piso, Gastón vio cómo le colgaban los órganos.

Publicado la semana 29. 13/07/2020
Etiquetas
ciencia ficción, Terror, Fantasía
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