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Dos

Adentro de la armadura hacía tanto calor como en cualquier otro lugar en el mundo. El sol le pegaba de lleno, calentando el mental como si fuera una marmita. La mayoría de sus compañeros estaban en silencio, el resto rezaba, nunca habían estado en una batalla. Si se prestaba atención se podía ver como algunos temblaban, u oler lo que hacían otros. Era creencia popular que una batalla olía a sudor y sangre, pero olía tanto a eso como a desechos humanos. Sonó la trompeta. Y después sonó de nuevo.
- Dos toques. – Pensó. – Dos significa guerra. - Y espoleó su caballo.

Era la batalla más grande en la que había estado. Su rey lideraba a más de cincuenta mil hombres y el rey enemigo a otros sesenta. El primer choque fue magnifico. Su caballo atropelló a unos cuantos hombres, su espada venció unos tantos más. Pero una lanza bien posicionada atravesó a s montura en el vientre y esta cayó de costado al suelo. Él logró saltar y evitar ser aplastado. Con la espada en mano vengó a su animal. La bestia lo había acompañado por tres años, pero no se podía detener a pensar en eso. Hombres morían por todos lados. Uno con se lanzó hacia él, un mangual pero tropezó con un cuerpo y cayó. Con un golpe de espada cortó piel, carne y hueso, antes de que logre levantarse. 

Las pilas de cadáveres hacían difícil moverse, lo tropezaban y a veces tenía que treparlas, de vez en cuando viendo una cara conocida. Al final de cada montaña había un enemigo, igual de exhausto que él y con ganas de matarlo. Uno casi lo logró, perforando su abdomen, pero su espada quedó trabada y él tuvo mejor puntería, hundiéndole la hoja en la garganta. 

Después de varias horas el brazo de la espada le dolía aún más que el abdomen y sentía transpiración recorrer su cuerpo con un fuerte caudal. Dos hombres se acercaron a él. Juntó fuerzas y levantó la espada. El combate era patético. Los tres hombres hacían movimientos duros y lentos, quejándose con cada uno. Un lucero del alba pasó por al lado de su cabeza. Se movió a la derecha y le pegó a su agresor en la cabeza con el canto de la espada, tumbándolo. El segundo hombre le lanzo una estocada, lenta y predecible, que esquivó, pero su compañero lo agarró de la pierna y lo llevó al suelo. El otro se abalanzó hacia él, pero simplemente levanto la espada y le atravesó el pecho. Logró pararse, tomó el lucero del alba y le aplastó los cerebros al hombre en el suelo. Miró hacia delante, no vio nada más que muertos.
- Ganamos. – Suspiró.
Miró hacia atrás.
- Gané.

Publicado la semana 27. 04/07/2020
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