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cami

Uróboros

La botella, que en un inicio había sido de celebración, cumplía el propósito de calmar los nervios. El primer satélite había sido lanzado, y todos los involucrados en el proyecto vitorearon, aplaudieron, y brindaron, imaginando una nueva era llena de promesas. En su propia oficina, el jefe de ingenieros miraba el monitor y sonreía. Se estaba llevando un vaso a la boca cuando notó algo. Dejó el vaso de lado y fijó su mirada en la pantalla, queriendo asegurarse de lo que había visto. Horas más tarde la botella estaba casi vacía y enfrente del hombre se encontraba un montón de hojas escritas a mano. La rotación del planeta lo acercaba lentamente al sol, y eventualmente el calor destruiría a todos los que lo habitaban. Mirando la pila de hojas y cuestionándose si publicar o no sus descubrimientos, terminó la botella.

 

La música cubría toda la habitación como un silencioso aire cálido. Lopov y Jerodd tirados en el piso mirando hacia el techo, se concentraban en cada nota, sin esforzarse en absoluto. Lopov miraba de manera intensa una lámpara del sistema solar que Jerodd tenía desde la infancia.

“¿Sabías que cada año nos acercamos un poquito más al sol?”

Su amigo tardo unos cuantos segundos “¿Qué?”

“Lo descubrió un tipo hace mucho.”

“¿Qué descubrió un tipo?”

“Nuestro planeta se está acercando al sol, todo el tiempo.”

“Uou ¿Cómo sabés?”

“Un tipo. Hace mucho tiempo, un par de días después de que lancen el primer satélite, un interno creo que fue,  notó que el movimiento del planeta lo lleva cada vez más cerca del sol.”

Jerod se levantó, volcando el plato que tenía encima y tirando sus contenidos en el piso. “¿Es verdad?”

Lupov lo miró curioso. “En realidad no se sabe, no se puede comprobar todavía.”

Después de un rato Jerodd se volvió a recostar y a concentrarse en la música.

“Pero muchos científicos creen que sí, es una posibilidad.” Continuó su amigo.

“Entonces… ¿Nos vamos a morir todos?

“Faltan muchos años. Seguro alguien lo va a arreglar.”

“Si. Lo van a arreglar.”

Ambos volvieron a concentrarse en la música. A la mañana siguiente se acordaban poco de lo que habían hablado

 

Vexa corría por los pasillos del ministerio de ciencia, con un reporte impreso bajo el brazo. Sin tocar la puerta entró en la oficina de su jefe, quien la miró indignado, pero antes de que pueda decir nada ella lo interrumpió.

“Usamos el algoritmo…” Paró para recuperar el aire. “…con los datos satelitales del movimiento del planeta. Pudimos ver su trayectoria de rotación.”

“¿Y?”

“Es ovalada. Muy ovalada. Como publicó ese grupo de astrónomos, en aproximadamente ciento treinta años estaremos tan cerca del sol que el planeta no podrá sostener vida.”

Se quedaron en silencio, contemplando todo lo que aquello significaba.

 

Enhos miraba por la pequeña y redonda ventana, su lugar favorito en todo el bunker. Siempre veía lo mismo, el azul casi negro del océano que la rodeaba. No tenía mucho más para hacer ahí abajo. La habían llevado cuando era apenas una niña, sin preguntarle, y ya no podía volver. Los habían estafado, llenaron los polos de búnkeres escondidos miles de kilómetros bajo el mar, les vendieron lugares ahí, prometiéndoles que se salvarían. Pero quienes construyeron los búnkeres no se habían guardado un lugar en ellos. A los pocos años, tuvieron que empezar a racionar tanto la comida como la electricidad. Sistemas de entretenimiento y puertas eléctricas fueron desactivados e incluso abandonaron la iluminación. Sabían que pronto se les acabarían los recursos. Pero al no poder salir, Enhos solo miraba por la ventana.

 

En el polo sur, las noches eran molestas, y los días insoportables, si se lograba encontrar una sombra. Mak hacía fuerza para no desmayarse, pero el calor y el cansancio le ganaban. Hacía días que no veía a nadie, era probable que fuera el último en habitar el planeta, y no lo sería por mucho tiempo. Más al norte los mares hervían. Habían pasado poco más de cien años desde el descubrimiento. Y faltaban unos cuantos millones más para que se vuelva a descubrir.

Publicado la semana 24. 14/06/2020
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