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Cementerio

El cementerio yacía en absoluto silencio mientras las ultimas gotas de luz solar se escurrían hacia el oeste. Artemio se despertó, y levitando sobre su tumba estiro sus miembros inexistentes. Era el único habitante del cementerio. Una vez que la ciencia demostró de manera definitiva y sin lugar a dudas que no existía tal cosa como la vida después de la muerte, sus vecinos simplemente habían dejado de existir. Pero Artemio era demasiado necio y seguía empecinado en habitar el páramo solitario. Todas las noches se levantaba temprano y recorría las tumbas una por una, las limpiaba, miraba las flores nuevas que habían aparecido y sacaba las partes secas de los ramos viejos. A veces veía personas, niños que se escabullían en las sombras, parejas recostadas en el pasto, pero esto solo lo deprimía. Cuando era un fantasma mas joven solía divertirse asustando a todo el que pudiera, en especial a adolescentes vestidos de negro que pretendían ser valientes, pero no lo eran. Ahora nadie creía en él, y en consecuencia, a nadie podía asustar.

Sus noches empezaron a volverse cada vez más largas, no solo por el invierno y la polución, si no porque no tenía nada que hacer en ellas mas que recorrer las tumbas vacías, leyendo los nombres para recordar a sus antiguos habitantes, dejando regalos cuando se daba cuenta que ahí solía descansar algún amigo. Pero recordar se hacia más y más difícil con el pasar de los siglos.

 

Una noche noto que el cementerio estaba embrujado. Bueno, no, eso probablemente no, pero notó que algo raro estaba pasando. Había tumbas que desaparecían. Al principio fueron solo un par, y eran de las mas nuevas, pero con cada ocaso eran más y más viejas las que de repente se desvanecían. Y no solo eso, también el lugar se había llenado de cintas amarillas plásticas, y barreras de madera blancas con líneas rojas.

 

Finalmente descubrió lo que pasaba cuando una mañana, mediante sacudidas y ruidos de motores, un puñado de personas con cascos y vestidas de colores fluorescentes lo despertaron. Las pocas tumbas que quedaban estaban desenterradas, y las lápidas y ataúdes estaban en un camión. Una mujer de traje señalaba cosas mientras sostenía una gran hoja azul.

El viejo cementerio estaba completamente vacío, y aunque hacia mucho no veía a tanta gente junta, Artemio nunca lo sitió tan inhóspito. Cansado, se sentó en un árbol y miró el sol por primera vez en un milenio, mientras se preguntaba si existiría tal cosa como la vida después de la vida después de la muerte.

Publicado la semana 17. 26/04/2020
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