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Apocalipsis

La mirada del diablo era capaz de incinerar cualquier cosa sobre la que se posaba, o al menos eso parecía por la intensidad con la que la mantenía frente a esa hoja en blanco en su escritorio. Cada tanto la alternaba, dirigiéndose al reloj de su oficina como un adicto al juego, sin plata ni suerte, mira al prestamista. En ambas ocasiones se podía leer claramente una palabra: pánico. Había tenido miles de años para planear el Apocalipsis, pero había decidido dejar todo para los últimos dos días. No tenia ni idea que hacer, se suponía que debía llevar a sus tropas a la tierra y librar una gloriosa batalla por el corazón de la humanidad, en la cual el mal triunfaría por siempre y la raza humana nunca se recuperaría. Había un solo problema: no tenía idea de qué hacer. Después de milenios de dejar que los humanos se controlen solos y tomar crédito por sus atrocidades, retomar el trabajo con un acto tan grande parecía imposible. Además la gran mayoría de sus secuaces lo habían abandonado para dedicarse al marketing o algún otro trabajo que satisfaga sus necesidades.

Debido a que, para un ser que lleva vivo desde existe el universo, un par de días son comparables a un par de segundos, lo sorprendió su alarma. Ya era hora. Golpeó fuertemente su cabeza contra el escritorio y se maldijo a si mismo, temiendo lo peor. No era pesimista, era, más bien, el tipo de demonio que, al ver la luz al final del tunel, estaba convencido que se trataba de un tren a contra mano y toda velocidad. La alarma siguió sonando hasta que, luego de un largo suspiro, la frenó manualmente y se levantó. Agarrando un teléfono, se puso en contacto con los medios más masivos del mundo, ya que todos los periodistas tienen una línea directa al infierno. Decidió hacer una conferencia de prensa, informar al planeta entero que había fallado en su plan y que, lamentablemente, no habría día del juicio final, por lo menos no en la fecha en que se había acordado.

 

 

Decenas de cámaras apuntaban a un lugar vacío en el suelo, en el cual no había escenario, micrófono, o alfombra alguna. Millones de televidentes se preguntaban en simultáneo por qué sus programas se habían interrumpido para mirar la imagen estática de un montón de tierra, hasta que el piso comenzó a temblar. No empezó leve, como uno esperaría, para empezar a crecer en violencia hasta llegar a un abrupto clímax, si no que sucedió todo de golpe. Hubo un sacudón como si estuvieran intentando limpiar las migas de arriba del planeta después de un picnic; seguido por la tierra partiéndose en dos y, en un remolino de llamas, una criatura de veinte metros de alto y con grandes cuernos en la punta de la cabeza, emergió. Si alguien se hubiera animado a mirarlo a la cara, inmediatamente hubiera reconocido extrema vergüenza.

Satanás no llegó a hablar, de manera inmediata el planeta entero dejó lo que estaba haciendo y empezó a prevenir el Apocalipsis. No lanzaron bombas y gases venenosos en la dirección del demonio. No prepararon un ejercito internacional para invadir el infierno y matar a todos los demonios. No intentaron negociar con Su Majestad Oscura. No. Simplemente corrieron al supermercado, a comprar todo lo que podían. Lo mismo hicieron con las farmacias, con las verdulerías, con las estaciones de servicio y con los negocios de electrónica; porque si vas a tener que vivir el Apocalipsis, mejor hacerlo frente a un televisor de 84 pulgadas. A los pocos días no quedaban alimentos, ni medicamentos, ni microondas para vender. A la semana no existían los trabajos, al mes no había gobiernos, y pasado medio año, luego de constantes guerras civiles por atunes en lata, la humanidad se había extinto. En el cielo y en el infierno, estaban igual de sorprendidos. Al final, el libre albedrío y el hecho de que todo sea parte del plan de Dios, no son mutuamente excluyentes.

Publicado la semana 13. 28/03/2020
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