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bauti

Nota personal

Hace un año aterricé en Barcelona, fui hasta Plaza Cataluñya y de ahí agarré el ferro hacia Terrassa. Era un viaje de unos 43 minutos que a lo largo de mi estadía allí, tomé seguidas veces y muchas de ellas significaron cosas muy distintas y especiales para mí. Me acuerdo que llegué a Terrassa y ya era de noche, hacía frio porque era invierno y la ciudad me pareció distante, vacía y desoladora. No ayudaba que fuera domingo y que Terrassa, más tarde conocí mejor, no tenía fama de ser una ciudad muy poblada ni concurrida. Me costó llegar al piso, con mis maletas pesadas e incómodas, donde me quedaría los próximos seis meses, pero cuando lo encontré, un alivio reconfortó mi llegada. El atardecer de Barcelona me había encantado de una forma muy particular, pero Terrassa en ese momento doblegó todo ese encanto. Al día siguiente decidí conocer la ciudad, me pareció pertinente recorrer los alrededores y tantear bien el terreno que me iba a circundar. Temí hacer todo esto solo porque temía estar lejos de casa, de mis padres, de mis amigos; todas esas ansías que cualquiera que se muda naturalmente tiene en algún momento. Confieso no haber extrañado a nadie hasta que se pasaron varios meses, cosa que para mí también fue una sorpresa. Mis clases se habían aplazado una semana, lo cual me daba tiempo para conocer un poco tanto de Terrassa como de Barcelona. Me maravillé al visitar esta última y escribí mucho al respecto, en ese momento. Barcelona fue aire impoluto, un terreno virgen ante mis ojos desnudos. La quise desde el momento en que salí del aeropuerto. Terrassa me acogió y al cabo de algunos meses me ganó. Era una ciudad tranquila, harmoniosa y con un gran parque que disfruté durante muchas tardes de frío. Todos los días pasaba por una gran piscina, situada adentro del parque, y me ilusionaba con la llegada del verano. Cuando llegó el verano, un día en el que pasaba por el parque, vi mucha gente bañándose y disfrutando del sol y me di cuenta que ya había llegado ese momento que había deseado en el invierno. Disfruté mucho. Viví con dos hombres más grandes que yo, mientras la mayoría de mis compañeros vivían con otros estudiantes. Al principio no hice alarde, pero sí que fue una decisión curiosa. No me arrepiento, a pesar de que uno de mis compañeros de piso me fue a preguntar mi nombre pasados tres meses de que viviéramos juntos. En Terrassa también hice amigos que voy a llevarme conmigo por el resto de mi vida. Cada vez que vuelvo a tomarme el ferro, los veo ahí sentados conmigo y los extraño, están en muchas calles y muchos lugares en forma de recuerdos. Allí también conocí a una chica que fue muy importante para mí. Ella ni se lo imagina, y en ningún momento tuvimos algo relevante, pero en ese contexto y lugar específico valoré mucho su presencia y agradezco haberla conocido. Aunque no haya sentido nada por ella (ni ella por mí), siempre la voy a recordar con mucho cariño. Me dolió dejar Terrassa. Me dolió despedirme de Ahmad, el encargado de la frutería de la esquina, de Francisco y Ioñi, mis compañeros de piso, de ESCAC, la facultad, del Mercadona cerca de mi casa. Tal vez parezcan cosas banales, o tontas, pero para mí fueron parte de un todo muy importante. A veces extraño caminar por el parque, ver esa gente completamente ajena al frenesí de Barcelona. Es una vida distinta, sin duda, no sé si es para mí, puede que en algún momento. Extraño caminar hacia el otro extremo de Terrassa, para ir a cenar a lo de Luis y encontrarme a mitad de camino con Sebas. Hoy ver esas calles por las que caminábamos, me saca una sonrisa un poco lánguida. Hace un año aterricé en Barcelona y hoy ya me estoy yendo a un destino nuevo, una nueva ciudad en un nuevo país. No me canso de repetir que llegué a Barcelona como un lugar de transbordo, ya tenía mis casas muy bien definidas en Brasília y Buenos Aires, pero hoy lo siento como un hogar más, adonde dejo esparcido otro pedazo de mí. No sé en cuantos lugares más viviré, ni cuánto tiempo dejaré de pasar con mi familia y mis amigos de otras ciudades, sé que en cada lugar hay una marca más profunda, una huella que pisa hondo y que arrastra un hecho ahora obvio para mí: adonde sea que vaya, siempre hay donde volver, y siempre, siempre estará la gente que amo dejando sus huellas en otros lugares.

Publicado la semana 6. 06/02/2020
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