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bauti

Emma no va a dejar a su novio

It’s easy to get buried in the past.

 

            Emma nunca dejó a su novio.

 

La conocí una tarde de lluvia. Tronaba como si se fuera a caer el mundo, a mí en ese entonces me gustaba ver las tormentas. Estaba sentada frente a mí en un café. Me pidió mi paraguas en un estruendo de palabras embrolladas pero sorprendentemente auténticas. Se abalanzaba sobre las dos piernas, dando saltitos en su propio eje mientras miraba hacia todos los lados sin fijarse en ninguno. Yo le apunté el paraguas y sonreí. Vi cómo se tomó su tiempo para devolverme la sonrisa, hesitar en agarrar el paraguas y encaminarse a la calle, donde lo abrió para encontrarse con su pareja al otro lado del peatón. Lo besó, los dos bajo el paraguas, mojándose cintura para abajo por que el agua, ese día, caía en diagonal.

 

            Yo iba mucho a ese café, me gustaba que obedecía a la rotación del sol y que este penetraba a todo momento, salvo cuando lo intercedían los rascacielos. Ni siquiera se daban el trabajo de prender las luces, lo cual hacía que, por momentos, ese lugar cobrara una mística muy propia del chiaroscuro, dependiendo de la hora del día y del acúmulo de nubes.

           

            Sospecho que Emma empezó a frecuentarlo mucho antes de que yo me diera cuenta, considerando que ella le hablaba con cierta familiaridad a la camarera que también me atendía a mí, y a la cual yo jamás me había dado el trabajo de dirigirme con menos apatía.

 

Una de esas tardes en las que coincidimos, Emma se sentó en una mesa de frente a la mía, mientras yo tecleaba absorto en un universo de letras. No pude fijarme si en algún momento me miró, o me notó de aquella vez que le había prestado el paraguas, tampoco esperaba que lo hiciera. Yo retocaba los últimos ajustes de mi tesis de diseño en la cual proponía reformar las salas de espera de los hospitales. Estábamos los dos de costado a un ventanal, la luz le contrastaba la cara, mitad a oscuras, mitad reventando brillo.

 

            Emma me habló:

Puedo usar el enchufe?

 

Vi que había un enchufe lo suficientemente cercano a mi mesa para que la obligara a pedírmelo. 

 

Claro.

 

Se acercó, se agachó, y, tímida pero talante, me dijo:

 

Siempre te pido todo.

 

Sonreí en el momento que me di cuenta que se acordaba de nuestra primera interacción. Repliqué:

 

Me gusta compartir.

 

 

A partir de ese día nos saludamos todos los días subsiguientes que nos encontrábamos, sentados cerca o lejos en aquel ambiente de difícil visibilidad. Cuando me anticipaba a su llegada, elegía una mesa rodeada de otras mesas desocupadas.

 

Empezamos a hablar en una sincronía dividida, algunos días yo era el que sacaba la conversación; en otros, ella. Un día hasta nos sentamos juntos y permanecimos los dos, trabajando en nuestros ordenadores, lado a lado, cómodos con nuestra cercanía y nuestro silencio. A veces veía a su novio que la iba a saludar pero nunca salía del coche negro e impecable que tenía. Ella siempre volvía sonriente, moviendo la espalda de atrás para adelante en un caminar poco natural pero muy agraciado.

 

Un día llovió mucho y Emma, de nuevo, no tenía paraguas. La acompañé afuera, nos acurrucamos abajo del paraguas y su cuerpo rozó con el mío. No recuerdo cuanto duró pero no tanto como lo que duró mi goce, mientras a ella le brillaban los ojos y decía, entonando de manera juvenil:

 

Vaya, que tormenta!

 

Yo le sonreía siempre, un poco para no tener que hablar, un poco por que no había otra cosa que hacer. Ella siempre se fijaba que a mí no me gustaba hablar pero que decía mucho a través de gestos muy específicos. Bajo la lluvia y el paraguas, Emma se volteó a verme:

 

Vivo cerca. Podemos cenar en mi casa.

 

Yo asentí. No pensé en su novio ni en la posibilidad de que cenáramos los tres y que la situación se volviera penosa para mí. Me hacía ilusión verla fuera de ese café, en su hábitat privado, con sus objetos, con su comodidad de morada.

 

            Al final su novio nunca apareció –no hablamos del tema-, disfrutamos de nuestra compañía, pienso que yo más que ella, y me fui a casa, embriagado de amor y más tarde resacado de pena y de desilusión.

 

En esto fueron pasando los meses, ya había acabado mi tesis y no tenía más la necesidad de canalizar mi atención en ese café. Emma también lo frecuentaba mucho menos, había conseguido un trabajo en un estudio de arquitectura y se estaba mudando a un nuevo departamento con su novio. A veces ni siquiera aparecía en toda la semana, o solamente pasaba por la tarde a esperar a que su novio la recogiera por el café. Yo iba en días estratégicos sabiendo que me la encontraría, muchas veces fallaba y volvía a casa desilusionado por mi falta de previsión y por su falta de compromiso con mis previsiones. Empezaba mi carrera como asesor inmobiliario porque necesitaba dinero y me lo había conseguido un amigo y ya no tenía tiempo para encontrarme con Emma en las horas vacantes.

 

            Llegué a casa un día, sobre la noche y avisté correspondencia. Jamás me llegaba nada, era un hombre solitario y lo poco que interactuaba, lo hacía en persona y con mucha reserva. Era una invitación al casamiento de Emma, que iba a suceder en un mes y medio. Mi primer impulso fue desgarrar ese papel pero nunca lo hice. Lo dispuse arriba de la mesa, en mi escritorio, para que me asombrara a cada día que lo viera. Mi vida era una cosmología tan cerrada en Emma que ya ningún planeta me giraba en torno y cualquier luz que en algún momento pude haber tenido, se iba apagando de manera cándida.

 

            Emma se casó y yo no fui a la boda. No fui porque temía emborracharme en el afán de sostener o doblegar el dolor que pudiera significar verla vestida de blanco acompañada de otro hombre. Al cabo de algunos años, acepté que ese otro hombre iba a bañarse en su luz, y que ese hombre nunca sería yo.  

 

            Nunca me justifiqué ni comenté porque no había ido al casamiento y eso creo que repercutió más tarde en Emma. Ella dejó de ir al café, que se había vuelto un punto de encuentro consciente y hasta programado, y por largos años no vi su rastro ni siquiera en la calle. A veces veía pasar un coche que me aludía al de su novio –ya marido- pero en seguida entraba en razón sobre mi absurda proposición.

           

            Seguí pensando en Emma día y noche, y, como dice el refrán, los días pasaban lento pero los años volaban y en ese vuelo me vi, una noche, frente al espejo, canoso y descuidado. Extrañaba algo que nunca había podido tener y Emma se me aparecía como un espectro a cualquier lado que iba. Estaba en el metro, en los árboles, en la ciudad, en el agua de un lago y, por supuesto, en todas las personas que pasaban por mí.

 

            A cierta edad me jubilé de mi trabajo como agente inmobiliario –nunca había llegado a trabajar con diseño de verdad- y me dediqué a ir todas las tardes a un parque que tenía cerca de mi casa. Me tranquilizaban esas tardes; los niños jugando a la pelota, los pájaros sobrevolando a las personas, el sol poniéndose atrás de los árboles y la tersura con la que envolvía la luz. A la vuelta recordaba a Emma porque pasaba por la calle en la que solía estar el café y que ahora mismo era una peluquería que pertenecía a un cubano muy carismático.

 

            De a poco veía como se iba apagando el fuego de la vela de mis años, que nunca había sido fogata. Sentía que ya no caminaba las calles, que ya no pisaba suelo ni que me quedaba mucho por ver y sentir. Me senté a esperar y a fantasear que coincidía con Emma en otra vida. Anhelé por esa otra vida.

 

            En esa espera, llegó a mí la noticia del fallecimiento del marido de Emma. En el periódico figuraba donde sería el entierro y a qué hora. Decidí ir, consciente de que había pasado demasiado tiempo y lo más probable era que Emma no me reconociera.

 

            No me sorprendió ver que sus gestos eran los mismo, algunos de los cuales ya me había olvidado con el paso del tiempo. La miré de lejos, un largo tiempo, parado bajo unos árboles que me hacían de paraguas. Ella vestía negro, lloraba desconsolada mientras una señora la abrazaba y la protegía con un paraguas. Era un funeral empantanado, un diluvio furioso como aquél día que la había conocido. No me acerqué a verla; le eché el último vistazo y encaré la lluvia.

 

Emma era la misma de siempre. Yo también, salvo que ya no me gustaban las tormentas.

           

 

Publicado la semana 5. 28/01/2020
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