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bauti

Con los cowboys, no, pibe...

Todos los domingos los pasábamos en casa de mi abuela. Ella cocinaba milanesas, papas fritas y ensalada rusa. Se reunía toda la familia; el núcleo que se componía de sus cuatros hijos, entre ellos mi papá, adonde se versaba sobre futbol, política, política en el futbol, futbol en la política y otros temas para que respirara un nuevo ambiente, ni que fuera por algunos minutos. Mi abuelo era un apasionado de la discusión, más bien de la discusión conflictiva y, preferentemente, aquella que llevara a un posible enfrentamiento verbal o físico. Se puede decir que se tomaba las cosas muy a pecho.

               Una de esas tardes de verborragia monotemática, alguien trajo a la mesa el tema de una película que recién se había estrenado en Buenos Aires y que ya era furor. La película era Brokeback Mountain, de Ang Lee, y, como nadie la había visto, su sinopsis fue entonada en la mesa, para que todos la escucharan. Incluso mi abuelo. Antes de que se terminara de declamar esa sinopsis, y un tiempo después de que se había revelado que se trataba de dos cowboys enamorados, mi abuelo empezó a despotricar contra la película.

<Me acuerdo que puteaba diciendo que el western era un género de machos, que era una falta de respeto hacía John Wayne, Gary Cooper y tantos otros. Que no permitía que unos degenerados mancharan el concepto del cowboy.>

               Al siguiente domingo, ya muchos habían visto la película, a la mayoría les había encantado, y mi abuelo seguía en su disgusto solitario, aún vociferaba, aunque menos, sobre la obscenidad a la que estábamos siendo expuestos todos. Los periódicos alababan el neowestern –así le decían-, los críticos puntuaban el magistral trabajo de Gustavo Santaolalla –en ese afán de canonizar el nacionalismo en algo reconocido internacionalmente- a cargo de la banda sonora de la película, los oscars asomaban y Brokeback Mountain se impulsaba a quedarse más y más semanas en cartelera.

<Yo la fui a ver con mamá y nos encantó. Vos eras chiquito todavía, tendrías diez u once años. No te interesaba verla, ni sabías de qué hablaba el abuelo. Me acuerdo que la vimos un sábado y el domingo hablé muy bien de ella porque sabía que el abuelo respetaba mi opinión sobre el cine y que yo era mucho más diplomático a la hora de provocarlo. Capaz fue por eso que la fue a ver.>

               Precisamente eso hizo mi papá en uno de los almuerzos; provocar. Mi abuelo se abstenía de comentarios, algo raro en él, y permanecía callado, fastidioso, como quién quiere pero no puede hablar.

               Quedaban pocos días para que la película saliera de cartelera. El entusiasmo, como pasa con casi todo, se marchitaba con el paso del tiempo y con la vehemencia del éxito constante. Uno de esos domingos notamos que el abuelo no estaba en casa, él que siempre acostumbraba a recibirnos. La mesa se puso como todos los días, todos dispuestos en sus asientos, por fin hablando sobre otras cosas que no fueran futbol y política, porque ahora el abuelo no se encontraba –nadie sabía dónde estaba- y podían reinar otros asuntos.

<Pasado el almuerzo, me acuerdo que llegó. De hecho me acuerdo que vos te sorprendiste porque te diste cuenta que en ningún momento habías notado que no estaba.>

               El abuelo llegó y encontró a todo mundo en la mesa. Todos se dieron vuelta y, en una espontánea complicidad, se callaron y lo miraron. Él estaba cabizbajo, era notorio su cambio de ánimo. Mi papá fue el primero a romper el silencio.

<Le pregunté adonde estaba, sabiendo lo que me iba a responder.>

               Resulta que había estado viendo la película. Respondió tímido, casi como si le faltara la voz. Era como verlo a John Wayne en sus momentos más frágiles. Miro a todos, suspiró y con visible emoción, solo alcanzó a decir:

- Como se querían esos dos muchachos, no?

 

Publicado la semana 2. 12/01/2020
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