08
Minerva Martínez

La modelo

Los automóviles iban y venían, trayendo el desagradable estruendo de motores enloquecidos que sólo podrían lucirse a altas horas de la noche. Dentro de alguno de los edificios ubicados sobre la larga avenida, en uno de los tantos minúsculos departamentos, un tecleo rítmico y una respiración profunda compartían a intervalos el dominio del espacio… Luego se hizo presente el silencio, absoluto.

 

Eran exactamente las 3 de la mañana cuando recobré la consciencia. Abrí los ojos. Como un destello intermitente, mostrándose dentro de un marco de rizos alborotados, la silueta de su anhelado rostro persistía en mis pupilas; primero sus grandes orbes negros, nítidos y alegres; luego su único lunar; el destello en la punta de su pequeña y ancha nariz, los gruesos y coloreados labios; y al final su blanca, su impecable dentadura.

Una vez más había cedido ante el sueño frente al monitor de mi vieja portátil, con su fotografía abarcando lo ancho de la pantalla. La batería se habría terminado una media hora antes. La jodida y sucia habitación estaba oscura… No valía la pena llamarla hogar, ningún lugar de mi vida había significado eso para mí.

El tiempo transcurría y su imagen, casi iridiscente, continuaba limitando mi vista. Al principio no me importó, podría jugar toda la noche con esa mágica ceguera: “completa el rompecabezas”. El ciclo de tan perfecta composición se reiniciaba en cuanto llegaba a su fin: cabello, ojos, lunar, nariz, boca, dientes.

Meses atrás había inaugurado este ritual, el de contemplar sus impecables facciones antes de irme a la cama. Desde que gracias a la casualidad y la frivolidad la encontré en la red, me enamoré. Una modelo de ropa, de una de esas marcas que mal pagan el producto que se compra estúpidamente a precios cuyo porcentaje excesivo de inflación desconozco. Pero ni ese, ni los otros 50 conflictos morales del “consumidor consciente” podrían importarme menos.

Cabello, ojos, lunar, nariz, boca, dientes, cabello, ojos, lunar, nariz, boca, dientes.

La primera vez que la vi sólo atiné a pensar en el final, en lo acabado. Era como si todas mis necesidades terrenales se hubieran terminado, como si se saciaran sólo con asistir a la idea de su existencia. Y eso era suficiente, admirar su retrato me aislaba de las carencias, de las propias y las de otros, de mi soledad, de la realidad sin sentido. Los encuentros nocturnos con ella me brindaban sueños profundos y felices. Y…

Cabello, ojos, lunar, nariz, boca, dientes, cabello, ojos, lunar, nariz, boca, dientes… Mierda, dame un respiro, querida.

El reloj electrónico, que era lo único visible, seguía marcando las tres. ¿Sí había despertado? Tal vez la batería se terminó.

Cabello, ojos, lunar, nariz, boca, dientes, cabello, ojos, lunar, nariz, boca, dientes, cabello, ojos, lunar, nariz, boca, dientes, cabello, ojos, lunar, nariz, boca, dientes... Por favor.

No. No había dormido. Recordaba vagamente, en medio del silencio nocturno, un ruido, un ruido desagradable. Mi pesada cabeza se había estrellado contra el teclado. No, no, no, no. ¡No! ¡Maldita sea! ¡Déjame en paz!

Cabello, ojos, lunar, nariz, boca, dientes, cabello, ojos, lunar, nariz, boca, dientes, cabello, ojos, lunar, nariz, boca, dientes, cabello, ojos, lunar, nariz, boca, dientes, cabello, ojos, lunar, nariz, boca, dientes…  ¡Sólo vete! ¡Lárgate!

Sangre, sangre, sangre...

Publicado la semana 8. 26/02/2020
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