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Minerva Martínez

El día en que nos fuimos

Querida mía,

¿Alzaste la vista esta mañana? Yo incluso me eché sobre la tierra para contemplarlo por horas, total, aquí el tiempo no es necesario. Sabes lo feliz que me hace este azul cálido, sabes que el cielo lucía como hoy cuando dejamos atrás todo lo que teníamos, lo que éramos.

Justo fue en esta época del año, te preguntarás lo mismo que yo: ¿hace cuántos? No sirve de nada intentar rememorarlo, sin embargo, lo primero es una certeza. El viento era igual de frío e intenso, se abría camino desnudando todo a su paso; entonces la hojarasca crujía bajo nuestros pies; y tú y yo temblábamos, no sólo por la baja temperatura sino también por la agitación.

Pero, retomando el tema. ¿Te he hablado de esta sensación antes? ¿Cuándo las nubes se conglomeran y la inmensidad celeste las sobrepasa? Es como entrar en un estado de inconsciencia; como hallarse en ese espacio en el que los sueños y los recuerdos se encuentran y se mezclan provocándome un palpitar familiar, de gentileza y bienestar. Admirando las motas blancas en medio del brillante azul experimento un arraigo extraño, persistente y doloroso, que me ancla a algo absolutamente ajeno y que, aun así, es mío. Es como si alguna vez yo hubiera sido parte del aire. Escucho su voz, me llama con él.

Pienso en esto, en esto y en lo otro. ¿Lo recuerdas? ¿Recuerdas el día que llegamos? Nos recuerdo andando, transitando de la fatuidad hacía la nada. Recuerdo haber volteado la mirada admirándome por el océano de destellos, ese abismo de locura que siempre amé contemplar en la oscuridad; recuerdo vislumbrar por última vez el límite de aquella torre alta en la que, de haber subido, me hubiera tirado de cabeza sin pensarlo, sólo por el placer de hacerlo, por el anhelo de sentir mi cuerpo flotando y ser parte del viento y morir con él. Recuerdo ese instante en el que el silencio nos acogió para no dejarnos casi nunca. Recuerdo la nostalgia en tus ojos. Te recuerdo mirándome.

Y recuerdo tu mano en mi mano, la tibia firmeza que me animó a continuar, alentándome, sin apremio ni opresión, sin atropellar mi temor, mi ausencia de palabras. Anduvimos de nuevo y no echamos en falta algo o alguien.

A veces me pregunto si nuestras huellas seguirán ahí donde las dejamos, si habremos de ir a buscarlas alguna vez. Deseo que no sea así, que no lo sea jamás, porque amo este azul cálido, contemplarlo y sentirme suya. Y hablarte de él. Compartirlo contigo, entre el baile de los árboles deshabitados y el canto sibilante del otoño.

 

 

 

Para Azucena, esa amiga con la que una vez me fui a vivir al bosque.

Publicado la semana 5. 27/01/2020
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