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Minerva Martínez

De tu tacto o tu filia.

Esperando en el mismo sitio de siempre, sobre la hierba muerta, con la vista dirigida hacia sus piernas leía sin poner mucha atención. Aquella historia no valía sus pensamiento. 

De pronto sintió el aliento en la nuca, su aroma en la boca. Sus largas piernas apretándo sus costados, y luego su hombría rozándole la espalda baja. Mantenía los ojos en el libro hasta que las letras fueron líneas cortas con significados inentendibles. Vinieron después las manos sobando suavemente sus muslos. Y al final la punta de la lengua, caliente, mojando lo que alcanzaba de su mentón. 

Era impúdico. Cuando comenzaron aquellas manifestaciones públicas le sorprendió la poca precaución. Sus filias se hallaban demasiado expuestas. ¿Era algún tipo de pervertido exhibicionista? ¿A quién buscaba provocar? Después lo supo: a nadie. Sólo gozaba tanto como le era posible de su propio tacto. Tocar. Conocer y reencontrar; esa era su gentileza, su ofrenda. Era su manera de hacerse presente. 

Pero no importaba el tiempo que hubiese pasado, le seguía intimidando su roce. 

Susurró sobre su mejilla. 

--En voz alta.

Logrando calmar su exitación comenzó a recitar.

Mientras las palabras fluían pausadamente, el otro intentaba atraparlas en el aire, en lo cercano de su cuerpo, impregnadas en su piel. Aunque no pudiera verlo de frente conocía bien el sentimiento que encerraba su mirada. Se sometía libremente a su devoción. No necesitaba mendigar su atención, la tenía invariable y completamente, era suya. Él era suyo, como jamás nadie lo había sido, como jamás nadie podría serlo. 

 

Publicado la semana 35. 30/08/2020
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