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Minerva Martínez

Sobre las tablas

Lo había visto actuar tantas veces, eran tantas sus máscaras que llegué a pensar que no lo conocía.

En el día a día, durante las noches, era un hombre simple. Demasiado. Se sometía a lo imprescindible, lo natural: comer, dormir, coger, cagar.

Allá arriba, sobre el escenario, podía ser todo, se llenaba. Pero jamás quiso ser para mí el amante apasionado, el sentimental, el fracasado, el violento, la puta.

--¡Estás vacío! Sólo eres mierda-- le grité alguna vez en mi enojo. 

Y él sonrió. Lo sabía, sabía que era verdad. 

Era mi culpa, me había enamorado de sus posibilidades de ser, no de él.

La última vez que pagué por su conpañía --la del hombre seductor--, la última vez que compartí su cortejo con los demás espectadores, la vi en su mirada, la respuesta. Traslució durante un instante: anhelo. Era abrumador y doloroso, tanto o más que el mío.

Él atestaba su necesidad de ser algo más que un hombre siendo muchos otros a la vez. Yo deseaba cubrir mis carencias amándolos a todos ellos, nunca a él.

 

Publicado la semana 33. 16/08/2020
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I
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