03
Minerva Martínez

Carta de conciliación

Egeo. Amado Egeo. 

Ocurrió una vez más, el narciso marchito al otro lado del umbral. Casi puedo oír tus ligeros pasos alejándose. He fantaseado, sobre que es el inmenso cariño que algún día me tuviste el que se materializa para saludarme. Sin embargo, mis deseos no logran ocultar la decepción ante la realidad. ¡Cuán cruel eres! ¡Una flor muerta! Eso sólo puede significar que aún me guardas rencor.

Y lo asumo, es más probable que sea tu odio el que toca la puerta en ocasiones.

Después de aquella noche no he tenido noticias tuyas. Quizá te sorprenda saberlo pero mis memorias sobre esa fecha sólo son fragmentos. A veces, en mis sueños, me parece escuchar el trayecto, el encuentro de esas diminutas experiencias.

En cambio conservo con vivacidad algunos recuerdos previos.

Dijiste que estabas dispuesto a cualquier cosa por mí, que podía tomar todo lo que quisiera de ti. Eso hice. Y nunca quise todo. Y sólo me llevé lo que en verdad deseaba. ¿Entonces de qué podrías acusarme?

Yo no lo hago.

Pero tu vacilación sigue hastiándome. Qué pena, el arrepentimiento, a pesar de ser contundente, es impreciso: siempre llega tarde. 

Creo firmemente que cada quién debería de asumir sus propias culpas. ¿Las mías? Tedio. Curiosidad. La vacuidad.

En aquel entonces me amabas. Me pediste permanecer a tu lado, para ser felices, dijiste. Yo estaba bien. Nunca creí, ni siquiera imaginé, que podría ser más feliz contigo que sola, que podría ser feliz. Pero dije que sí. Quise complacerte, ponerte a prueba, ocuparme. Después de un tiempo llegué a pensar que al no sentirme incómoda contigo, al no desagradarme tu presencia, no te odiaba; incluso llegué a pensar que me agradabas. A veces reía en tu compañía. Sin embargo, era mi certeza no amarte. Mi silenció pudo ser la tuya. Pero al final cada quién se persuade a si mismo de lo que le resulta más conveniente.

No obstante, un buen día lo descubrí. Hubo algo, algo que amaba de ti. Hallé eso tuyo que me perdía. Sucedió la primera vez que lloraste frente a mí, no conozco la razón exacta, una pérdida supongo. ¿Lo sabías? No, seguro te enteras de esto hoy: ¡aborrezco tener que ver a alguien llorar! El moqueo que produce el llanto es asqueroso. Los gimoteos son un acto grotesco. No importa quién sea: un niño, un adolescente, un viejo, el patetismo prevalece.

En tal caso ahí estabas, intentando no hacer demasiado ruido pero a la vez haciendo un nulo esfuerzo por contenerte. Entre palabras casi inaudibles me dijiste tus razones. Acuné tu cabeza en mi estómago mientras te palmeaba la espalda, pero en tu necedad por buscar algo más (tu gran y eterno conflicto) volviste el rostro hacía arriba. Fue el segundo en el que todo pasó: tu expresión de dolor se convirtió en una extraña mueca de temor. ¿Qué fue lo que viste en mí? Lo que casi todo mundo veía. Y aunque esa expresión me era familiar lo que yo vi en ti me fascinó. En tu mirada, una imagen impresa de desagrado, de turbación, de terror. El perfecto retrato de la vulnerabilidad. Sentí repentinamente un anhelo abrumador por esos orbes angustiados, inquietantes; por esa mirada trémula, ridícula.

Te besé con violencia, con la entera devoción que jamás había sentido. No me apartaste. Nunca me apartaste.

Ese instante se volvió en mi vida una evocación recurrente, brutal. Tus ojos me atraían de un modo casi obsceno, me trastornaban.

Después de aquello, desafiando toda lógica te quedaste. Quisiste probarte a ti mismo que me amabas, que me conocías. La realidad era que me tenías miedo. Tal vez incluso me aborrecías y aun así decidiste creer que me aceptabas.

A veces, en mis sueños, te escucho claramente. Escucho aquellos sonidos nocturnos...

 

Un susurro de destrucción, único, indescriptible.

Mi respiración agitada.

Aquel terrible alarido escapando de tu interior.

La humedad, la viscosidad en mis manos.

Tú, suspirando cansado y triste. Roto hasta la perpetuidad.

 

Permaneciste a mi lado y yo decidí tomarte, tomar lo que me brindabas.

Y nunca quise todo.

Y sólo me llevé lo que tanto ansiaba.

No me culpes por ello. Yo no te culpo.

Posdata: espero puedas perdonar mi estupidez, mas no crueldad. Quizá algún día volvamos a encontrarnos, hasta entonces no hay manera de que conozcas las palabras que te he dedicado. Hasta entonces podré leer para ti.

Con sinceridad entregada, Berenice.

 

Publicado la semana 3. 20/01/2020
Etiquetas
Berenice
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
03
Ranking
2 268 0