23
Minerva Martínez

Venganza

Fue durante toda mi vida que acumulé resentimiento hacía mi madre, cada día más dañino e insoldable. Mucho tiempo recordé que siendo yo a penas un niño que se ponía de pie, ella no me proveyó de atención, ni afectos, ni protección. Recordé mi llanto, mi ira a causa del hambre, mi pañal sucio lastimándome. Recordé su voz al teléfono, ¡ese maldito teléfono que no paraba de sonar! Recordé sus gritos lejanos y desesperados intentando silenciarme; su poco contacto, su abrazo casi forzado como alejándome; su falta de mimos y besos. Recordé, sobre todo, su ausencia.

Cuando cumplí la mayoría de edad y puede valerme por mí mismo dejé decididamente mi pequeño hogar, abandoné a mi familia que, entonces, se conformó de un solo integrante: ella. Nunca entendió la razón de mi rechazo, mi madre nunca supo porque yo fui huraño y frío con ella, orgulloso antes sus ocasionales muestras de amor. Yo me había jurado a mi mismo, siendo muy joven, avergonzarla por esas experiencias tatuadas en mi memoria en las que primó su rechazo. Le pagaría con la misma moneda, esa sería mi manera de vengarme: no aceptar nada que viniera de su ser, desde dentro suyo. Una sonrisa alegre significaba una mirada de indiferencia por mi parte, una palabra de aliento o felicitación mi silencio sepulcral, sus lágrimas una carcajada cruel.

Aunque esporádicamente hubiera cedido a la tentación de su calidez, como cuando me ponía enfermo y requería cuidados, o cuando ante ciertas dificultades me sentía desamparado y esperaba muestras de aliento, conforme fui creciendo esas oportunidades de comunión desaparecieron por completo. Las palmadas ligeras en la espalda y los abrazos torpes, casi furtivos, se desvanecieron.

Mi madre se rindió y yo no puedo culparla por eso.

En realidad, no puedo culparla por nada.

Hace unos meses ella enfermó, no quiso buscarme, pero fue su médico quién me contactó. Me dijo que llevaba ya algún tiempo en tratamiento, pero que las secuelas de aquella enfermedad de la que gente evitaba hablar habían agravado sus problemas; sus pulmones eran débiles y no resistirían mucho más. Era una batalla que comenzó a luchar muchos años antes, pero que finalmente estaba por perder.

Yo no sabía que mi madre hubiera sido una afectada en esa época. Le pregunté al doctor, me dijo apesadumbrado que, según su historial médico, el virus la había invadido con brutalidad, pero que, a pesar de todo había salido adelante. Al ver mi desconcierto, con cierta condescendencia y pena me reprochó mi olvido. 

Volví esa misma tarde a la diminuta casa de mi madre y la sentí acogedora como nunca. Me senté en su sillón y lloré arrepentido y desconsolado, pues sólo en ese momento mi frágiles e inconexos recuerdos tuvieron sentido. Yo, toda mi vida, había contemplado una mínima parte de la historia, la que se trataba de mí; no habían sido meses o años, habían sido días; mi madre no me estaba rechazando, me estaba protegiendo; no gritaba de desesperación era su angustia...

Después de mi gran descubrimiento no tuve oportunidad de aclarar las cosas con ella, de saber por qué habíamos estado solos cuando estuvo enferma. La saqué del hospital, la llevé de vuelta a nuestro hogar y cuidé de ella. Volvimos a ser una familia de dos. Hablar le implicaba un gran esfuerzo así que lo evitamos, pero, a través de su mirada triste y afectuosa a la vez, me hacía saber que entendía mi vergüenza y mi pesar, que me perdonaba por ser haber sido tan mal hijo. Murió a los pocos días. Puede estar con ella antes de que sus ojos tristes se cerraran para siempre; volvió a sonreírme, a acariciar mi cabeza y darme palmadas de consuelo. Murió mientras yo besaba sus palmas con anhelo, mientras pedía perdón como loco, odiándome por mi crueldad.

Un malentendido. Todo había sido culpa de un malentendido, de mi ignorancia y mi falta de humanidad.

Publicado la semana 23. 11/06/2020
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
23
Ranking
0 111 0