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Minerva Martínez

Las mujeres que no soñaban

“[…] nuestros sueños son los hechos más confiables que conocemos”.

Henry David Thoreau

 

 

Cuando Amelia aún cabía en el abrazo cálido de su madre, escuchó esta historia por primera vez.

La abuela Julia llegó a nuestra tierra navegando en un enorme barco de papel. Vino de un lugar en el que los petirrojos y los niños cantaban a coro mientras esperaban el amanecer. Vino de un reino maravilloso cuyos pobladores nunca habían tenido que librar una guerra, donde la gente no sabía lo que era el hambre.

—Supongo que ella era feliz ahí, ¿no mamá? —preguntó la niña—. ¿Entonces por qué dejó su hogar?

—Ella casi lo era —le respondió su madre, mientras acariciaba su cabello con ternura—. Lo hizo porque algo dentro suyo la afligía, le dolía.

—¿Y qué era?, ¿qué volvía el corazón de la abuela pesado, mamá? —insistió la pequeña.

—Tu abuela vino de un país extraño y lejano, en el que las mujeres dejaron de soñar —concluyó con tristeza.

 

 

Recostada en su mullida cama Amelia sintió miedo, uno de esos miedos profundos que te aprietan la barriga y no te dejan dormir. Ella era una soñadora, no sabía desde cuándo, pero recordaba alguna vez haber habitado una casita cristalina bajo el mar, entre peces de escamas brillantes y algas olorosas.

De madrugada sólo hacía falta que sus juguetones pies se calentaran bajo el cúmulo de mantas, pues en cuanto su mente se cansaba de pensar, Amelia cerraba los ojos y se ponía a soñar.

En esa ocasión, por ejemplo, se encontró sentada en la orilla de un alto risco, desde donde vio a su abuela con un parche negro en el ojo derecho, montada en un enorme papalote, cortando el aire con un sable pirata. También estaba su mamá, la divisó recostada en un campo de margaritas; escuchó su risa melódica, tal vez provocada al ver a su propia madre volar por los cielos, tal vez producto del hormigueo que causaba en su cuerpo el baile de las flores y el viento. Una cosa más Amelia alcanzó a admirar… un atisbo de nostalgia en el amado rostro de su mamá. 

 

 

Días más tarde la nieta visitó a la ancianita. Aún tenía fresca en la memoria aquella visión guajira de su abuela temeraria cabalgando al viento, y su madre contemplándola a la distancia. Apenas la niña besó la mejilla de la abuela Julia, habló sin parar sobre sus hazañas allá en el cielo, en ese universo imaginado. Después vino la invasión de preguntas, acerca de la historia que su madre le había contado. Quiso saber si realmente su abuela había viajado en una nave de papel, si en su camino había tenido aventuras, tal vez habría visto tiburones, delfines, ¿sirenas? Entre risas y tanta emoción, la abuela con la mano en el corazón, le confesó que el gran barco había sido en realidad un velero, y que no estaba hecho de papel sino de un material más resistente: cartón. Entonces Amelia lanzó la mayor interrogante.

—¿Y recuperaste tus sueños, abuelita?

—Sí, afortunadamente lo hice —le respondió una voz calma.

Pero Amelia no dejaba de pensar que en ambos mundos, el real y el de ensueño, a su madre se le oía triste, se le veía sola.

—¿Entonces por qué mi mamá parece preocupada?

—¿Tu madre luce así, querida? ¿Por qué podría ser? —preguntó con inquietud la viejita. Amelia no respondió.

—¡Oh, no!, —exclamó la abuela angustiada—, creo entender por qué… —finalizó, mientras guardaba las pequeñas manos de la niña entre las suyas.

 

 

Esa tarde, sentadas una al lado de la otra, la nieta y la abuela descubrieron una terrible certeza: la madre de Amelia había dejado de soñar. Saberlo las apenaba profundamente, por qué cómo se podía vivir sin hacerlo, se cuestionaron. Los sueños nos impulsan, nos otorgan valor y creencias. Esa había sido la razón que había motivado a la abuela Julia a cambiar su destino; esa era la razón por la que cada mañana, la misma Amelia despertaba con emociones grandiosas y nuevos anhelos.

Bueno, quizá se habían revelado dos certezas: su madre había dejado de soñar y necesitaba ayuda. ¿Qué podrían hacer para revertir ese hecho? Lo reflexionaron durante horas. ¿Una nueva travesía?

—Esta vez somos muchas, hijita, un navío de cartón no resistirá. Tendremos que buscar otra solución, pensemos… —alentó la abuela—. ¿Por qué crees que tuviste esa fantástica visión donde yo fui jinete de una gran cometa?

—Mmm… ¿Habrá sido por la historia que mi mamá me contó sobre ti?

—¡Exacto!, —respondió la ancianita emocionada—, pienso que eso tuvo que ver, ¿no te parece? Deberíamos intentarlo, deberías intentarlo.

—Pero… ¿cómo lo hago? —preguntó asustada la niña—. Yo nunca le contado historias a alguien, abuela. Además, eso sólo lo hacen personas grandes como mi mamá.

—Mentira —afirmó la mujer abrazando a su nieta, reconfortándola—. Todas podemos hacerlo, querida: niñas, mujeres adultas, viejitas como yo. Tú puedes hacerlo, sólo tienes que pensar en lo mucho que deseas que tu madre vuelva a soñar, en las alegrías que quieres compartir con ella, y verás qué cosas increíbles salen de tu voz. Tienes que inténtalo, —insistió—, eres una gran narradora, Amelia, yo confío en ti —sostuvo con firmeza la abuela Julia, antes de darle un beso.

La pequeña niña volvió con su madre llena de determinación.

 

 

Cuando Eleonor aún podía estrujar con todo su cuerpo a su amada hija, escuchó una bella historia de su boca.

Mamita, ¿sabías que la abuela Julia vino navegando hasta aquí en un velero de cartón? Ella es valiente, porque abandonó su feliz hogar por una importante razón. Aunque vivía alegre, allá lejos, donde cada vez que un perrito rascaba la tierra hallaba un dulce, y nadie nunca había ido a una batalla porque no sabían pelear, y la gente en vez de hablar cantaba… La abuela Julia vino hasta aquí porque quería volver a soñar, y quería que todas las mujeres a las que amaba también fueran soñadoras…

 

Publicado la semana 20. 17/05/2020
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