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Minerva Martínez

Extraña repulsión

Le mira atentamente y él devuelve la mirada. Le sonríe, también regresa la sonrisa. Siempre lo hace, incluso cuando no tiene ganas, cuando está buscando motivos y no encuentra ni uno solo. La mayor parte del tiempo ellos le son indiferentes, no le desagradan. En ocasiones hasta le resultan divertidos: sus ojos agrandados por la curiosidad, sus juguetonas manos tanteando el aire, su genuino interés y la pérdida del mismo en unos cuantos segundos.

Pero están esas veces en las que todo lo que le provocan es un tajante rechazo. Casi puede palpar una especie de aversión hacia su completa indefensión, o, lo que es igual, hacia su total dependencia. Desprecia su descaro, sus pensamientos raros y desconocidos, su indiferencia. Él suele preguntarse: ¿Realmente habrá algo en sus cabezas? ¿Qué observarán en el mundo? ¿Distinguirán el desdén en mi mirada?

Hay algunas situaciones, más bien algunos de ellos, que lo irritan de sobre manera. Particularmente esos a los que les consienten todo. Odia que ignoren el silencio y lo incorrecto que resulta callarlos; que hablen disparatadamente; sus voces chillonas; sus gritos. Le disgusta que se crean dueños del espacio y la atención de los demás; que ignoren las buenas maneras; que sean complacientes y hagan el ridículo; que se asusten con facilidad. ¡Odia su llanto!

Luego de esos episodios de ira contenida concluye, las menos veces admite sin vergüenza, que no debería sentirse así, que no es “natural”. Piensa, sin poner mucha energía porque no desea llegar a la raíz, que algo debió ocurrirle cuando él aún era parte de ellos. Sabe que muy probablemente si esas ideas, más que frecuentes no fueran tan intensas, habría sido un mejor padre… Habría sido un padre… Al menos lo habría intentado porque, siendo sincero, no hizo algún esfuerzo.

Él no odia a su hija, no lo hizo cuando estaba en esa edad vulnerable que repudia, no lo hace ahora; pero tampoco la quiere. Es consciente de que el sentimiento, o la falta de él, es mutuo; que su hija siente nada por él. No le molesta, al contrario, le parece justo.

Sin embargo, se mantiene esperando, en ese lugar recóndito donde se hallan sus desfiguros y contradicciones, que ella sea diferente. Desea que no sienta esta “casi” extraña repulsión, que encuentre una razón para sonreírles, que lo haga porque ellos están bien como son, porque simple y sencillamente le agradan.

 

 

Publicado la semana 2. 12/01/2020
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