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Minerva Martínez

Autorretrato

¿Por qué sigo desperdiciando el dinero? ¡Ridículo!, ¿no le parece? La última vez incluso compré uno con marco. ¿Cuántos cristales rotos no he tirado en el patio de los vecinos? Bueno, eso da igual. Tenemos un pacto tácito: no se quejan de mis episodios delirantes y a cambio no los denuncio... Se nos ha vuelto costumbre. Tenemos una cita más o menos a la misma hora, al menos tres o cuatro veces a la semana, cuando la vanidad y la locura tienen dónde encontrarse... entonces yo reparto gritos y ellos reproducen su música de mierda a todo volumen... Lo que me resulta más extraño es el instante en el que ocurre, siempre el mismo… sucede con la luz del medio día, que me veo en el espejo y sólo encuentro el tosco semblante de un hombre, un desconocido. Siento desagrado por esas facciones, por esas líneas masculinas que dominan mi reflejo, que no son mías y sin embargo sí lo son.  Luego viene una especie de placer culpable al mirar estos ojos, esencialmente aburridos y lamentables, adquiriendo voluntad propia, intimidando en su desconfianza ante cualquier cosa… estos ojos que podrían atraer pero que, sobre todo, saben odiar, rechazar… La sonrisa egoísta y burlona que ese hombre me dirige me produce un miedo familiar… ¡maldita sea, si hasta los pinches dientes son suyos! Esa curva hipócrita incluso usted la conoce, es la expresión de un sentimiento común: crueldad. La he visto en muchas personas, todo el tiempo… pero ya sabe, el mundo piensa que puede esconder su peor cara. ¡Le he dicho mil veces que entiendo! No soy estúpida, sé que soy yo del otro lado. ¡Mire mis nudillos!, estas heridas que no cicatrizan no son de puro placer. ¡Sólo ayúdeme, por favor! Dígame cómo hacer para controlar este odio desmedido, este asco. Golpeo una y otra vez esa mueca engreída que irradia posesión, pero sé que volverá. Volverán el mentón angulado como apariencia de demonio, la nariz tosca, perfectamente equilibrada, y los labios delgados y gélidos. Volverán a costa de mi tristeza y mi cordura... ¿Pero acaso es usted idiota? ¡Cuántas veces tengo que repetirlo! Esto no tiene que ver con traumas de la infancia, ni enfermedades, ni nada. ¡Si este imponente horror no está en la extrañeza!, no, al contrario, viene del reconocimiento; de saber que ese retrato que aborrezco es el mío. No me atormentaría tanto si no me encontrara ahí, si no me viera a mí misma, si no supiera que en esa visión estamos juntos, estoy yo con él.

 

Publicado la semana 18. 19/05/2020
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