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Minerva Martínez

Ella piensa en ti

Incluso cuando la actual cotidianidad debería comerle la cordura, ella no logra ser sino fragmentos: un poco de incongruencia y otro poco de razón. Lo demás es un abismo de más trozos, de memoria, anhelos, afectos, hasta de temores. Está inacabada dentro de ese cuerpo que no deja de madurar, lo sabe desde siempre. Pero a veces, muy pocas veces surge en ella un atisbo de plenitud, suele ser una experiencia fugaz y por eso la estrecha como enajenada, porque no importa lo que le provoque sabe que no volverá a palpar esa sensación pronto.

Hace algunas madrugadas, en tranquila duermevela, se reunieron una vez más bajo el balcón; ella sentada en las escaleras frente a la puerta azul, tú de pie a su lado, y los macetones con hojas brillantes y su semilla floreada rodeándolos. Ella es una niña y tú estás cerca de dejar de serlo. No te imagina, te trae del pasado. Te ríes nervioso, sientes vergüenza. No te escucha, pero sabe que en aquel tiempo preguntaste su nombre y le regalaste algunas palabras tiernas. Ella entonces desconocía el amor y la atracción, los hombres la intimidaban, pero tú fuiste amable, de ti no sintió miedo y tu sonrisa quedó impregnada en lo profundo de su ser.

Después de ese primer encuentro no sabe si volvieron a hablar, pero está segura de que años más tarde te vio en la calle, tú parecías más un adulto y ella recién comenzaba a sentir interés por otros. Ese mismo año, o tal vez el siguiente, piensa, presenció el fin de la vida como algo tangible, como un hecho latente; se presentó en el lugar que solías habitar. No fue una casualidad que pasara por ahí, pero sí el que hubiera sido esa misma noche. Ella escuchó la muerte en la agonía y el llanto amargo de aquellos a los que amaste. Se equivoca, eras muy joven, y en aquel momento supo que no tendría siquiera la posibilidad de verte envejecer.

De vuelta en su hogar no lloró ni se lamentó, después de todo el día en que se conocieron ella sólo era una niña y tú un chico juguetón y alegre. Sin embargo, luego de escuchar la cruel noticia de tu partida le fue difícil conciliar el sueño, no dejó de pensar en ti… Entonces fuiste a despedirte; la visitaste en la oscuridad de su habitación, te sentaste en su cama y cepillaste su delgado cabello. Aunque el evento la desconcertara ligeramente, tampoco en esta ocasión tuvo miedo. Cuando abrió los ojos por la mañana te habías ido.

Ella no sabe por qué en estos días, a ratos intranquilos y a ratos llenos de hastío, cuando la locura no se configura más que como la sombra de otros, cuando el pánico se siente como un vaivén, cuando el cariño se le escapa, por qué apareces en su memoria rota. Ella piensa en ti, en tu timidez y tu gesto afable, pero no sabe por qué sigue recordando tu sonrisa, tu sonrisa de muchacho muerto.

Publicado la semana 13. 30/03/2020
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