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Minerva Martínez

Conversación con los hombres de mi vida

«Yo no me enfrento con enemigos lejanos sino con los que cerca de casa cooperan con ellos y les apoyan, y sin los cuales estos últimos serían inofensivos».

Henry David Thoreau

 

 

El silencio se tensa y me miras con admiración, sé que es así, lo advierto. Retomas la palabra y yo te devuelvo el sentimiento con firmeza, viéndote a los ojos. Me pregunto qué piensas. Te lo pregunto.

 

—¿Qué pasa por tu cabeza cuándo hablamos de esto? ¿Qué suponen los hombres sobre lo que está ocurriendo?

—Para serte sincero, no lo sé —respondes.

 

Y yo sólo puedo creer que sí lo sabes pero no quieres decirlo, porque te espanta mi reacción, porque tal vez te avergüenza, porque, probablemente, si tuvieras que tomar partido no evitarías que fuera el tuyo.

Porqué te sientes imposibilitado para opinar, dices, porque preferirías evadir problemas. Y yo te contesto, no sin meditarlo antes, que me alegra, que me genera un placer culpable el hecho de que quizá, por primera vez, ensayes el mutismo involuntario, impuesto, el temor a sentirte juzgado e incapaz sólo por ser hombre. Que experimentes un poco, un poquito, de lo que yo y muchas otras hemos tenido que sobrellevar en todos los ámbitos en los que mal crecimos. Y tú pareces sorprendido, pero también pareces simpatizar con la confesión; entiendes que esto se debe, no al odio o el sadismo, sino a la comprensión que ya presagias.

 

—¿Y qué pensaran los que te son cercanos, los tuyos? —Tampoco estás seguro.

 

¿Los demás hombres de mi vida, los que importan, los que alguna vez importaron…? Compartimos la incertidumbre.

Callamos de nuevo.

Y entonces, muy a mi pesar, me acuerdo de esos sin desearlo (los últimos meses se presentan por inercia)… De los que estoy segura no querer saber. Aquellos que ojalá algún día mi memoria deje ir… ¡Qué absurdo! ¿No te parece? Yo de la suya, de su memoria, ya me he de haber fugado entre tantas... Son varios y no los olvido.

Los chicos que me persiguieron a mis 12 años mientras el miedo me consumía, cargando a mi hermana en brazos porqué sus pasos aún eran pequeños, pensando que podría llegar a casa antes de que me alcanzaran…

O el maestro que me tocó la pierna y me hablaba de sexo a los trece o catorce…

O quién, cuando tenía quince, sólo hasta que me vio llorar y temblar de impotencia me soltó de su fuerte agarre y “me dejó ir”…

O los que al volver de la Facultad, policías, a plena luz del día y en una avenida tan pública, se acercaron a la acera para “invitarme” a subir a la patrulla, para “acompañar mi camino”…

O el tipo que esta misma semana detuvo su carro en el paso peatonal, con el semáforo en verde, para mirarme las piernas con todo el descaro que le fue posible...

Mierda. No son los únicos… Y pudo ser peor, pudo ser mortal, lo sé. Lo sabes. No son los únicos y te juro que no es mi obstinación la que los trae de vuelta... ¡Claro!, eso sin contar a los que siguen aquí; a los que alguna vez consideré cercanos pero cuyas intenciones cuestiono ahora; a los conocidos de conocidos; a los compañeros de escuela; ¡a los pinches parientes incómodos!

¿Qué crees qué piensen todos esos, amigo? Sin lugar a duda espero que no lo mismo que tú. Porque de ellos todo me resulta aberrante, nauseabundo, porque estoy lejos de ansiar ponerme en sus zapatos. ¿Y tú? ¿No crees que eso es todavía más difícil que dialogar entre pares? ¿No te parece jodido que haya quién prefiere aceptar de manera natural eso que reflexionar sobre lo que ahora te comparto? ¿Qué mi asco y enojo?

 

—¿Y de qué hablan? ¿Hablan de esto?

—No mucho.

 

¡Vamos! Seguro que lo hacen.

 

—¿Y qué dicen? ¿O es secreto? —sonreimos.

—No, sólo no es algo que discutamos con frecuencia.

 

¿Por qué no? ¡Maldita sea! ¿Por qué no pueden ir más allá de criticar? ¿Por qué hablan mal? ¿Por qué les incomoda? ¡Les produce gracia! (la risa de la vergüenza). ¿Por qué estamos exagerando? ¿Por qué estamos más emputadas que organizadas?

¿Por qué pareciera casi imposible comprenderlo?

¿Por qué están hablando de nosotras cuando deberían de hablar de ustedes?

 

—Es complejo, ¿no? Ocupar un papel. Responsabilizarse, sobre todo, por el rol que hemos jugado hasta ahora. También ha sido difícil para mí, para nosotras.

—Lo es. Y te creo.

 

Igual pienso que deberías tratar de...

Lo que no expreso en ese momento es que también duele, que el reconocimiento de lo que a cada uno nos corresponde es un camino arriesgado; que no hay vuelta atrás y que a eso es a lo que estamos aspirando. Que no estoy esperando tu respeto porque asumo que lo tengo, y a eso debemos que ahora leas estas palabras. Que no estoy buscando ni lástima ni aprobación, no estamos, sino el sentimiento más familiar posible a la empatía. Que sepas que esta realidad y sus luchas son tan antiguas y auténticas como la madre de la madre de tu madre, y si no me crees siempre puedes acercarte a ella y preguntar. Que la condescendencia y el silencio nunca nos han hecho favores y por eso el valor propio lo hemos ganado a pulso, cada una en su particular universo de adversidad.

Estoy esperando que dejes de hablar de nosotras y hables de ti, contigo mismo y con los hombres de tu vida. Que hablen con la seriedad que merecemos, porque es lo mínimo que puedes hacer si tu interés es franco, si tu voluntad por cambiar este mundo es real.

 

—Inténtalo... Porqué es necesario y vale la pena.

 

 

Publicado la semana 10. 07/03/2020
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