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UNA LUZ AL FINAL DE LAS ESCALERAS

---Madame ---. Repetía la vieja sirvienta Cuquita a su ama. Llevando en su mano un amarillento sobre en sus manos.  

---¿Qué sucede Cuquita? ---. Preguntó Doña Luisa Dunham. quien estaba bajando las alfombradas escaleras de la casa.

---El señor… el señor… ha llegado una carta de don Enrique.

---Mi esposo ---. Repitió Luisa.      

---Si ---. Afirmó Cuquita. Entregándole el sobre a su patrona.

---¡Oh no! ---.

---¿Qué sucede señora? ---. Preguntó intrigada Cuquita.

---Mi esposo… Enrique me pide que me vaya de Nuevo México.

…No lo entiendo ---. Exclamó sin comprender la vieja sirvienta.

---Cuquita prepara las maletas ---. Ordenó alterada su patrona. --- ordena al cochero de que tomaremos el primer tren para ir a México. Que prepare el carruaje. Alista a mi hija.     

---Si señora.

---¿A dónde vamos Cuquita? ---. Preguntó la pequeña Marie.

---Nos vamos a México.

…Y mi papá.

---Su papá niña no nos podrá acompañar.

---¿Por qué Cuquita?

---Hace muchas preguntas señorita Marie. --- dijo la vieja ama de llaves. Después de que terminara de ajustarle el vestido grisáceo que le había traído su papá en su viaje a su pueblo natal que está en Inglaterra ---. Será mejor que nos apuremos su madre no quiere nos tardemos mucho.

---Está bien Cuquita. --- Contestó Marie.

   Mientras el cochero terminaba de acomodar algunas maletas detrás de la negruzca carroza.

   Cuquita habia trabajando para los señores Dunham por más de veinte años. Habia sido recomendada por ese entonces su anciana tía Dorotea. Quien hace un año había fallecido. Durante una noche de septiembre de ese año mil novecientos. Cuando ella fue a dejarle todas las noches el vaso de leche caliente quien acostumbraba a pedirle.  

   A pesar de que la habitación no estaba bien iluminada, pudo percatarse de que sus arrugadas manos sujetaban lo que era su viejo rosario de plata. El mismo quienes le habían regalado los señores Dunham en la que sería su ultimo cumpleaños.

---¿Te ocurre algo cuquita?---. Preguntó Marie.  

---No joven ama ---. Contestó desconcertada la vieja sirvienta.

   Durante su viaje a la estación. Luisa no dejaba de leer una y otra vez la carta que su marido escribió y que había mandado con una fecha a la anterior a la que habia mandado. Sus azulados ojos siempre apuntaban hacia la parte inferior de la hoja. Sin voltear a ver las estrechas y largas calles de Nuevo México. Intuyendo la vieja Cuquita. 

   Por su parte Marie continuaba observando por la pequeña ventanilla del carruaje gustosa contando las viejas casas de madera que se encontraban delante de su vista. Tarareando siempre una pequeña y empalagosa melodía.

---Marie podrías dejar de tararear ---. Musito Luisa. --- Cuquita regaste las petunias antes de irnos.

…Si señora.

--- Señora Luisa hemos llegado ---. Voceo el cochero. Deteniéndose frente a la estación.

---Si gracias, Weston ---. Manifestó Luisa bajando del carruaje.

   El tren partió después de que el reloj que colgaba en la entrada a la estación diera las trece con treinta.

---Wow ---. Murmuro Marie al ver la enorme maquina lanzar una estela de humo en el aire.

---Todos a bordo ---. Ordeno el capitán.

   Subiendo Luisa, Marie y la vieja Cuquita. Entre otros pasajeros, tomando asiento en uno de los vagones traseros.     

---Señora ¿está usted bien? ---. Preguntó Cuquita.

---No… no lo estoy ---. Contesto Luisa. Lanzando un profundo suspiro como si se hubiese liberado de levantar un enorme peso dentro de su conciencia.  

Publicado la semana 37. 07/09/2020
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