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SK

EL ASCENSOR (TERCERA PARTE)

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   Como si hubiesen abierto una ventana dentro de su cabeza empezó a recordar los hechos sobre aquella excursión que hizo en Durango, en la afamada zona del silencio. Por donde habia desaparecido Sarahi Gatell. La música de fondo seguía haciéndose escuchar. Y por unos instantes creyó oír una voz hablándole que provenía en la parte del intercomunicador, una voz hueca y metálica. Parecida a los juguetes de batería.    

   El ascensor se habia detenido en el piso de en medio. En tanto el personal de la aseguradora incluyendo al de mantenimiento, se encontraban desocupando todo el edificio, bajando las escaleras y siguiendo las instrucciones que un agente de protección civil les estaba indicando. Desocupando el edificio menos de cinco minutos. Sin que algunos de los presentes se percataran de que hubiese alguien dentro del ascensor.

   El terremoto consiguió que la corriente eléctrica se fuera por todo el edificio aumentando más los temores de Paula. Pero no fue impedimento para que el ascensor, pues este por una extraña razón continuaba con su clásica melodía a todo volumen. 

   Su ventana de recuerdos dentro de la cabeza de Paula se mantenía abierta, proyectándole algunas imágenes sobre su excursión a Durango. Viéndose a sí misma recorrer el arenoso piso del desierto de la zona del silencio alado de un grupo de personas, quienes iban caminando, cubriéndose con sus anchos sombreros los incandescentes rayos del sol, las cuales apuntaban directo de bajo de sus cabezas. Entre toda esa muchedumbre estaba la pequeña Sarahi Gatell acompañando a su hermana mayor Celia. Quien le había prometido que la llevaría al viaje después de que cumpliera los ocho años, siendo esa mañana de un viernes.  

   La excursión duro más de cinco horas, que tuvieron que hacer reservaciones en un hotel barato a unos cincuenta kilómetros antes de llegar hacia el desierto. El hotel tenía mala aspecto, y el gerente era un tipo mal encarado con una joroba en la espalda que parecía tumor. Sarahi se asustó al ver el parecido que tenía al sirviente de Frankenstein. Por unos instantes creyó que su tumor albergaba una criatura en su espalda y que en cualquier momento saldría y los atacaría. Haciendo que Sarahi no pudiera dormir bien esa noche.       

   Celia, Paula, Sarahi y otras tres mujeres compartieron la habitación con el numero treinta y dos. Los tres hombres que las acompañaban se quedaron en la habitación de alado.

   Paula sentía que el corazón estaba a punto de salirse de su pecho, al escuchar una leve risita en el intercomunicador. Una risa robótica que pareciera burlándose de ella.

---¿Qué es lo que quieres? ---. Preguntó algo temerosa y sintiéndose tonta a la vez conversando con aquel objeto inanimado. Que solo se movía mediante poleas, cables y electricidad.  

   La melodía de fondo del ascensor cambio por el himno de la alegría sustituyendo para Elisa. Dentro de su cabeza. Paula seguía dando vueltas tratando de dar una explicación a lo que estaba ocurriendo. Haciendo aun lado sus vagos recuerdos. Indago por el angosto espacio del ascensor, buscando quizás un dispositivo electrónico o una posible avería que hace que actúe de manera distinta. Paula vio muchos videos en YouTube, donde gente inconsciente suele orinarse en los botones de estos, provocando muchas veces fallas mecánicas.

   Acerco su nariz hacia el panel de botones, intentando descubrir alguna clase de olor que pudiese identificar. Nada. El panel se encontraba limpio solo un olor a metal recién nuevo era lo único que pudo percibir. Ni mucho menos encontró ese dispositivo que permitiera que el ascensor actuara de ese modo.  Pensó que el sismo tal vez hubiese averiado algún circuito que provocara para que este cobrara vida. Una palabra poco adecuada para un objeto. Pero, así lo era.         

   Ya pasaba más de la una y nadie de la aseguradora ni de mantenimiento se encontraba en el edificio. Habiendo únicamente una cantidad de asientos y escritorios vacíos, llenos de papeles entre otras cosas; reinando un completo e incómodo silencio.

   Podía escucharse el himno de la alegría en los pasillos blancos en el piso de en medio. En tanto Paula se arrincono en una de las esquinas del ascensor, tapándose sus oídos, ya no quería seguir oyendo esa música clásica que ahora parecía torturarla. Unas cuantas lagrimas empezaron a recorrer en sus redondas mejillas. Y esas imágenes nuevamente se proyectaron dentro de su cabeza.

   Partieron a la mañana del siguiente día. Decidiendo desayunar dentro del autobús, todos incluyendo a Paula y a su amiga Nelly Ruth. Se habían incomodado con la presencia del sirviente de Frankenstein, quien se la pasó esa noche recorriendo por los pasillos oscuros del hotel como sonámbulo con un candelabro en la mano, esto a que al dueño no le gustaba tener las luces encendidas. Justificándose de que padecía de insomnio. 

   Los demás excursionistas también se sentían nerviosas con la presencia del mal encarado hombre, causándoles asco su joroba.

   Llegaron a la zona del silencio a eso del medio día, cada una se colocó su sombrero de bajo de su cabeza; hacía tanto calor que Nelly Ruth se desabrocho los botones blancos de su blusa para que el aire fresco soplara en su desnudo pecho. Celia tomo la pequeña mano de Sarahi, y ambas caminaron avanzando hacia su derecha hasta alejarse del resto del grupo.

   Conforme caminaban el silencio se estaba haciendo presente, trastornando a Paula. Quien estaba oprimiendo la mano de Nelly hasta lastimarla.

---Paula eso duele---. Manifestó Nelly quitándose la mano de su amiga encima.

   Caminaron apartándose también del resto del grupo. Llegaron a las cercanías de una cueva, alcanzando segundos después a Celia y a su hermana Sarahi.

---Hay mucho silencio ---. Dijo Celia. Soltando la mano de Sarahi.

--- Si --- Contesto Ruth haciendo un ademan con la cabeza.

---¿Qué es ese frío viento? ---. Preguntó Paula. Cubriéndose sus desnudos brazos con sus manos.

---No lo sé ---. Contestó Ruth cubriéndose también sus brazos.

---Proviene en la cueva ---. Señalo Celia.

---¿Entramos? ---. Pregunto emocionada Sarahi.

---¡Estas locas! ---. Exclamó su hermana. --- puede ser peligroso.

   En un arrebato de capricho Sarahi se aventuró en el interior de la cueva, donde emanaba una corriente de aire frío. Era como si estuviese entrando en la boca de un lobo.

---¡Sarahi! ---. Gritó Celia. Corriendo detrás de ella. Siguiéndole Paula y Ruth.

   La cueva estaba oscura y no se oía ningún sonido. Solo se podía percibir las pequeñas pisadas que Sarahi creaba en el rocoso piso. El frio era cada vez intenso. Cuando se escuchó un espeluznante grito que debía ser de la pequeña.

---Sarahi ---. Grito Celia. Adentrándose hacia el fondo de la cueva. Presintiendo que su hermana estaba en grave peligro.  

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---¿Qué es eso? ---. Preguntó nerviosa Ruth. Observando a lo lejos una destellante luz que apareció en el fondo de la cueva.

---Sarahi ¡por favor detente! ---. Suplicó Celia.  

   Como hipnotizada Sarahi continuó encaminándose hacia la luz, alejándose más de su hermana. Con pasos lentos y torpes. La luz se volvió cegadora para las tres jóvenes compañeras. Desapareciendo acabo de una hora junto con Sarahi. Reinando un completo silencio.

   Paula seguía sollozando, sus lágrimas no paraban de escurrirle las cuales iban directo a su boca, sintiendo un sabor salado, amargo y triste.

   Paula pensó por un instante que el ascensor estaba alimentándose de sus emociones. El himno de la alegría seguía oyéndose, burlándose todavía de ella.

---¿Qué es lo que quieres? ---. Preguntó Paula otra vez. Manteniendo sus oídos y sus ojos cerrados.

   La melodía pasó del himno de la alegría a otra desconocida canción que Paula no pudo reconocer enseguida, una canción que le provocaba escalofríos y que minutos más tarde identificaría.  Era el trino del diablo de Giuseppe de Tartini. Una canción que el señor Cabris dueño de la aseguradora solía escuchar a menudo dentro de su oficina. Cabris era un perfecto conocedor de música clásica, pasaba largas horas oyendo a Mozart, Beethoven, Paganini y desde luego a Tartini. En su vieja tornamesa. También era un gran conocedor de exquisitos vinos. Eran dos de sus mayores pasatiempos pensó Paula.  

   Afuera estaba anocheciendo y Paula se quedó dormida arrinconada en aquella esquina. Con las rodillas metidas hacia su rostro y sus glúteos tocando el suelo, hacía mucho calor que se quitó el sacó negro de vestir.

   A un mes de la desaparición de Sarahi, Celia volvió a la cueva, intentando investigar qué fue lo que sucedió durante ese mes de julio. Buscando averiguar qué fue lo que le ocurrió a su hermana. Yendo mes tras mes a la cueva. Esperando encontrar un posible indicio del paradero de Sarahi. No soportaba la culpa que la carcomía, ni mucho menos la idea de perder a su hermana. Siendo eso lo último que Paula recordó ese verano.

   El sonido de violín de Tartini parecía una larga carcajada para Paula, una elegante y malévola carcajada. Ideó la forma de como saldría de ahí. Llamó a la estación de bomberos, a la estación de policía, y a todos los servicios de emergencias posibles. Pero estos estaban fuera de servicio a causa del terremoto que hace horas habia sacudido la mayor parte del país. La batería de su celular está a dos líneas de apagarse. Complicándose su situación.

   A la mañana siguiente. Paramédicos de la cruz roja, personal del ejército y protección civil hizo un recuentro de todos los daños. Mientras un grupo de civiles ayudaba a una mujer y a su hija salir de su casa, la cual estaba hecha un escombros estando encima de ellas.  

   La línea de emergencia seguía estando fuera de servicio, haciendo que Paula cayera en la más profunda de la desesperación.          

Publicado la semana 23. 07/06/2020
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