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SK

EL ASCENSOR (SEGUNDA PARTE)

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   Las ultimas hojas de los árboles de ese mes de septiembre estaban adornando el frío concreto de la ciudad, para darle paso al frio invierno que estaba aproximándose. La ciudad se veía muy tranquila. Algo inusual que pocas veces se ve. Los últimos rayos del alba ya estaban ocultándose y Paula se mantenía conduciendo el negro volante del Bora haciendo su acostumbrada ronda por las solitarias calles de la capital. Dirigiéndose hacia algún punto, conduciendo hacia donde hubiese un accidente que debiese cubrir. El silencio la perturbo muchísimo que prefirió encender la radio del vehículo.     

   Giro por varias esquinas hasta llegar a la calzada de Tlatelolco, cruzo algunas otras avenidas que conectaban con la plaza de las tres culturas y la estación la raza, a pesar de que estaba haciendo algo de frío abrió la ventanilla de su lado izquierdo sintiendo las primeras brisas de ese invierno acercándose, las cuales estaban acariciando sus delgadas mejillas. Mientras estaba sintonizando por la radio alguna canción que la distrajera de ese incomodo silencio.

   Condujo hasta detenerse en un paso peatonal con la luz roja del semáforo apuntándole hacia el parabrisas. Era muy tonto asustarse con algo tan absurdo se decía mientras esperaba con impaciencia que aquel punto rojo cambiara su tono; ese silencio le recordó la vez que fue a visitar la zona del silencio en una excursión con un grupo de amigos allá por Durango. Le provoco escalofríos saber que en ese lugar no habia sonido alguno. Ese mismo silencio era similar a la que había por esa zona.    

   El punto rojo del semáforo continuaba sin cambiar su color. Mientras Paula aterrada buscaba sintonizar alguna melodía que la distrajera y la sacara inmediatamente de ese miedo irracional. La cual le traía malos recuerdos que ella misma aborrecía. Un recuerdo amargo y triste que tenia que ver con esa excursión y la desaparición de una niña de tan solo ocho años, a la que hace más de un año se habia extraviado por el lugar. Haciendo que Paula se le hiciera un nudo en la garganta.     

   Los últimos rayos del alba parecían ahora una diminuta línea delgada horizontal asomándose en los más alto de los edificios que lucían majestuosos y brillantes bajo la luz de ese oscuro atardecer. Ya estaba anocheciendo. Después de unos cuantos minutos. La luz roja del semáforo cambio a su verde fosforescente. Cediéndole el paso a Paula.

   Condujo a unas cuantas cuadras de la estación antes de llegar a su casa, doblo hacia una esquina deteniéndose alado de un poste de luz. Pudo distinguir entre las sombras la silueta de lo que parecía ser de un vagabundo acercándose hacia ella.

---Me regala una moneda---. Dijo suplicando el desconocido hombre que estaba tocándole la ventanilla de lado del copiloto. Era un hombre de una cabellera y barba grisácea que le llegaba a más de la cintura, el cual vestia de unos viejos jeans desgastados y un sucio abrigo que parecía sacado de la basura. Cargando detrás de su espalda una bolsa negra de plástico.  

---Si ---. Contesto asentando con la cabeza sacando una moneda dentro de la guantera del auto. Dándosela en el lado izquierdo de su ventana.

---Que dios la bendiga seño---. Dijo agradecido el vagabundo. Cruzando hacia al otro lado de la carretera.

   El silencio que tanto la habia atemorizado habia desaparecido al igual que el vagabundo que le habia regalado la moneda. Despertando a Paula un raro sentimiento de inquietud dentro de ella.             

   A una semana antes del incidente. Paula había tenido una pesadilla, con aquel macabro ascensor. Despertándola como a eso de las tres de la mañana, sudorosa y con las cobijas revueltas. Presagiando lo que posteriormente ella viviría esa tarde en ese diecinueve de septiembre. 

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   Desde lo acontecido sus facciones que era muy parecidas a las de un ángel dejaron de emanar esa luz tan radiante. Transformándola en una persona ermitaña, temerosa y carente de sentimientos. Dejando atrás a esa persona de la que antes me habia enamorado. Las veces que solía a visitarla la veía con frecuencia con un cigarrillo entre sus amarillos dientes, no mentía al decir que esa experiencia cambiaría por completo su vida. Confesándome ese último, pero aterrador hecho, que ella misma encarnaría dentro de ese siniestro elevador, durante el temblor.

   A la mañana de ese diecinueve de septiembre Paula se habia levantando tarde de su regocijante lecho. La alarma de su despertador no habia sonado. Acabo arreglándose después de que el reloj que colgaba en la pared de su cocina marcara las once con treinta. Salió de su casa como alma que lleva el diablo, con un pan en la boca y un termo de aluminio en su mano; sin perder otro minuto arranco el coche. Condujo recorriendo las mismas transitadas calles como la noche anterior y un vago sentimiento de temor invadió en los pensamientos de Paula. Haciendo que soltara por unos segundos el volante de su auto. Estando a punto de chocar con una camioneta Chevrolet que estaba a su lado.  

   Llego al edificio de la aseguradora cuando el reloj del tablero del Bora dieron las trece en punto, con dos horas de retraso subió hacia el ascensor apretando en dos ocasiones el botón que conducía al piso de arriba. Elevándose minutos de que Paula oprimiera el botón al tercer intento. Ocurriéndole lo mismo tal como le sucedió a Nancy Guilliam. Que, para su mala suerte, se encontraba sola y con el desayuno dentro de su boca, quizás cosa del destino que así fuera.   

   La canción de fondo dentro del ascensor la ponía muy nerviosa. Ya no era la canción que Nancy había escuchado. Se trataba de “para Elisa”. Otra exquisita melodía de Beethoven. Tampoco podía quitarse esa angustia que traía en su pecho que la estaba carcomiendo por dentro.  Creyó en la posibilidad de que ese miedo irracional habia regresado para terminar con el trabajo de esa noche anterior. Como un rayo dentro de su cabeza se acordó de las palabras que Nancy le platico sobre aquel elevador. Temerosa se imagino que esa escalera metálica también se estaba burlando de ella. ---algo que le parecía absurdo ---. Se decía. Mientras el ascensor continuaba elevándose lentamente hacia el décimo piso.

   Dejando de avanzar segundos más adelante de que dieran las trece con catorce.

---Un terremoto ---. Dijo asustada Paula tirando su pan de la boca al suelo. Al sentir como sus piernas se zigzagueaban al ritmo en que temblaba el ascensor.

Afuera la gente vivía minutos de angustia contemplando con horror como la ciudad se sacudía ante la magnitud del sismo.  

---¡Mamá mamá! ---. Gritaba una pequeña niña que se encontraba en medio de la calle. Llorando y apretando contra su pecho un osito de peluche. Esperando a que este la protegiera.

   Los majestuosos edificios parecían juguetes meciéndose de un lado para otro como baldes llenos de gelatina.

   Paula seguía estando asustada al sentirse sofocada dentro de aquel elevador, con la música de fondo adentrándose a sus oídos. Tenía esa misma impresión de que ese ascensor se estaba burlando de ella. ¿pero cómo es posible? ---. Se pregunto ella.

Publicado la semana 22. 31/05/2020
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