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EL ASCENSOR (PRIMERA PARTE)

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   Quien iba a creerle en su loca historia que mi amiga Paula Montes de Oca contaría por medio de una carta que mandaría a la revista Stones México. Durante ese año dos mil diecisiete.

   Carta que quedaría a la posterioridad olvidada. Paula desarrollo una fobia incontrolable por lo espacios cerrados, y es que no es para menos. Fue una de esas tantas noches cuando ella… si ella me confeso el origen de ese miedo que la obligó a mudarse de departamento y rentar una casa grande hasta la colonia Miguel Ángel de Quevedo.

   Me sentía afortunado al ser el primero en platicármelo. Supongo a que me consideraba el más íntimo de sus amigos. Que he de confesar… sentía una fuerte atracción hacia ella, así como ella sentía una atracción hacia a mí. Yo fui el responsable por sugerirle que escribiera y mandara aquella carta para que las empresas tomaran acciones y medidas de seguridad con respecto a los elevadores que se encontraban dentro de los rascacielos que había por toda la Ciudad de México. Para que no volviera acontecerle a ningún desdichado que tenga la mala suerte de quedarse atrapado. Tal como le sucedió a ella en un diecinueve de septiembre de ese mismo año.

   La carta narraba una serie de acontecimientos que de imaginarlos estremecería a cualquiera… acontecimientos que estoy obligado a contarles. Todo comenzó unas semanas antes de que la ciudad se tambaleara ante otro sismo de una magnitud de siete punto uno escala de Richter.

   Paula había conseguido un trabajo como abogada para una compañía importante de seguros para auto. A la que una semana empezó a trabajar. Siendo este el primero y desde luego el ultimo. La mayor parte del tiempo se la pasaba afuera conduciendo por las transitadas carreteras de la ciudad. En el Bora blanco de la compañía, en un horario de seis de la mañana hasta las nueve de la noche. Su auto muchas veces fungía como escritorio rodante y las calles su oficina. La empresa la había contratado para que cubriera algunos de los gastos que los asegurados sufrían en aparatosos accidentes, en la que la empresa se hacía responsable. Un trabajo muy cercano a la muerte eso es lo que argumentaba ella. Cuando teníamos la oportunidad de encontrarnos y de entablar una conversación.

   Fue un martes por la mañana. En que Paula sería la principal testigo del primer acontecimiento de las tantas que más adelante se desencadenaría. Un hecho que los diarios como la crónica y el imparcial describirían extraño.

   El evento ocurrió entre las diez y once de esa misma mañana del martes. Cuando la corbata de un empleado que trabajaba para la aseguradora para la que Paula trabajaba; Quedará enganchado en el marco del ascensor y este lo comenzará a ahorcar. Cerrando sus puertas y empezara a subir lentamente hacia la parte superior del edificio. Aquel joven de veintidós años intento descolgarse de su corbata, el cual parecía una gruesa enredadera.

   Paula y la otra mujer que lo estaban acompañando intentaron auxiliarlo, tomándolo por debajo de sus rodillas. Mientras buscaban en vano dentro de sus bolsillos algún objeto con el pudieran cortar la gruesa enredadera. Minutos más adelante se oyó un leve crujido que provenía del cuello de aquel desdichado joven. Las puertas del ascensor se abrieron después de que llegaran hasta el décimo piso. Soltando el cuerpo sin vida del trabajador.

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   A las pocas horas agentes del ministerio público y especialistas forenses se llevaron el cuerpo del trabajador. Dentro de una bolsa negra para cadáveres. Determinaron la causa del deceso como meró accidente.

   Paula y la otra pasajera en sus declaraciones coincidieron que el joven quedó atrapado después de que cogiera una moneda que había encontrado en el suelo del ascensor, que estaba a unos escasos centímetros de la puerta. El joven intento incorporarse después de que las puertas de metal. Lo apresaran tomándolo de su corbata hasta romperle el cuello.

   Lo más sorprendente fue que… nadie de los tres ahí presentes oprimió el botón para que el ascensor elevara su marcha.  

   La tercera semana transcurrió con normalidad. Olvidándose aquel fatídico accidente. La aseguradora indemnizo a la familia por la basta cantidad de cincuenta mil pesos, las que posteriormente serían destinados para sufragar los gastos funerarios; entre otras cosas.

   El duro trabajo dentro de la empresa continúo transcurriendo con total tranquilidad. No fue sino hasta un jueves de la siguiente semana que… volvió a suceder otro accidente relacionado con el ascensor principal de la compañía. La víctima fue un hombre de cincuenta y dos años de apellido Gilliam quien cayó del décimo piso hasta la planta baja del edificio. Machacándose la cabeza contra el suelo. Las circunstancias del accidente resultaron un tanto… absurdas pero sospechosas. El señor Gilliam carecía de vista por lo que no quedo la menor duda de que su muerte fue algo…premeditado. El deceso ocurrió luego de que el reloj que colgaba en una de las paredes de la oficina marcara el medio día y de que la mayoría del personal saliera a comer. Quedándose la oficina vacía, estando únicamente la secretaría personal de la aseguradora y el viejo conserje. Un hombre que no rebasaba siquiera los cincuenta años. El señor Guilliam ese día había acompañado a su joven hija de veintitrés años a contratar un seguro para su azulado Chevy clásico modelo dos mil siete que le había regalado en su cumpleaños el lunes de la semana pasada. Aquel día se llevaron consigo a su mascota un perro de la raza husky siberiana quien se mostró bastante inquieto ladrado cada vez que se acercaban hacia el elevador.

---¿Qué te sucede Jasper? ---. Preguntó con desasosiego el señor Guilliam sujetando al chucho fuertemente de la correa de cuero la cual estaba atada a su cuello. Como si este intentara escaparse.   

--- ¿Papá estas bien? ---. Preguntó su hija después de que el enorme perro enrollara la correa a la cintura de su viejo padre y lo tirara al piso.

---Sí ---. Contestó su papá. Levantándose molesto del suelo. 

   Segundos más adelante subieron al ascensor dejando a Jasper dentro del vehículo. Nancy oprimió el botón del piso diez en tres ocasiones. Funcionando a la tercera. Un hecho sin importancia que posteriormente se convertiría en un dato relevante para Paula, un dato que Nancy Guilliam le confesaría acabo de tres días de que demandara a la empresa por la trágica muerte de su padre. Le confesó lo incomoda que se sentía al subirse en aquel elevador.

    La música de fondo del ascensor la ponía algo nerviosa, esa ocasión tuvo el presentimiento de que aquella inanimada escalera de metal se estaba burlando de ella y de su papá. No pasaron ni cinco minutos para que Nancy Guilliam se sintiera abrumada con la canción. Serenata bajó la luna de Beethoven; Apretó la mano de su padre y trató reemplazar aquella melancólica melodía tarareando por otra canción que buscaba desesperadamente dentro de su cabeza. El pánico hizo que su mente jugara con ella, haciendo que la música en sus labios se apagara inmediatamente. Se preguntó si sería bueno confesarle a su padre aquel temor suyo. Sin embargo, no lo hizo. Creyó que todo se trataba de su imaginación.  

   El ascensor los condujo hasta el décimo piso, hacia la misma planta donde había ocurrido el accidente con el trabajador hace dos semanas.

   La secretaria de la aseguradora atendió a Nancy desde su oficina dejando a su padre recargado en una de las butacas vacías que había en la sala de espera. El cual le pareció extraño de que no hubiese alguien. Lo demás Nancy se enteraría en las declaraciones posteriores que Pat el encargado del mantenimiento de la compañía rendiría ante la agencia del ministerio público. A testiguando como el señor Guilliam se dirigía sin mucha dificultad hacia el ascensor. Cruzando por las paredes blancas del pasillo. El conserje no se percató de que el viejo Guilliam no veía. Por lo que no le dio mucha importancia y continuó reemplazando una de las fotoceldas descompuestas que estaban colgadas en el blanquecino techo del pasillo, a unos diez metros donde se ubicaba el ascensor.

   Pat observó como el señor Guilliam se quedó mirando por un buen rato las puertas del elevador, como si esperara entablar una conversación con aquella máquina.  

--- ¡Ay voy hija! ---. Exclamaba. Mientras las puertas del ascensor se abrían por dentro.

   Pat se atemorizo al oír el grito que el viejo Guilliam soltó segundos después de caer en el interior vacío del elevador. Dejando caer por accidente una de las bombillas de la fotocelda que estaba remplazando; hacia el piso. El personal de mantenimiento atino a decir que en ningún momento observo que Guilliam oprimiera el botón para que el ascensor abriera sus puertas, tampoco escucho aquel ruido de la campanilla que suele producir antes de que esta las abriese.

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   Guilliam realizo una caída libre de más ciento veinte metros de altura. Quedando su cara irreconocible. Habiendo únicamente una masa de fiambre pegada en el suelo. 

   Los dos agentes del ministerio público acabaron vomitando el azulejo piso del baño. Pat fue llevado a la jefatura de policía para que rindiera su declaración, en tanto la secretaria término desmayándose, al ver los restos de lo que una vez fueron los del señor Guadalupe Guilliam. Nancy por otro lado demandaría a la compañía aseguradora por negligencia. Indemnizándola tiempo después por la cantidad de cincuenta mil pesos además de reembolsarle su deducible para su auto asegurándola por un año gratis.

   El tercer acontecimiento ocurrió esa segunda semana de agosto. Que involucraría a una viejecilla robusta a la par de la edad del señor Guilliam, y de su chihuahua. La mujer corresponde al nombre de Virginia Toledo. Quien había ido a la aseguradora a renovar el seguro de su viejo vocho marca volkswagen el cual llevaba más de medio siglo sin renovar su contrato.

   Tal como sucedió con Jasper. El pequeño chihuahua también se mostró impaciente al acercarse hacia el ascensor. Aferrándose por quitarse la pequeña correa atada a su delgado cuello, ladrándole a aquella escalera de metal. Que estaba abriéndose ante todos los empleados de la compañía que subían y bajaban dentro de ella.

   El horror se acrecentó cuando Virginia puso sus dos pies dentro de aquel maldito ascensor, quedándose su perro afuera, con la correa a la mitad de la puerta. Que sin previo aviso lo apresó cerrando sus dos puertas. Ocurriendo algo similar con la corbata de aquel joven empleado.  La robusta señora espantada oprimió con desesperación el botón para que el ascensor abriera sus compuertas y liberara a su mascota. Que le pedía con aullidos de desesperación que lo ayudara.  

   Sin embargo, el ascensor nunca respondió al botón que la señora Toledo oprimía en repetidas ocasiones. Era como si este cobrara vida propia y no quisiera obedecerla.

   El animal soltó un último aullido antes de que el ascensor acabara decapitándolo. El hecho fue tan atroz que afectó a la señora Toledo, provocándole una embolia que posteriormente la dejaría en un estado parapléjico a más de la mitad de su cuerpo. Siendo trasladada inmediatamente al hospital de la raza. El hecho ocurrió a las doce quince de esa misma tarde del miércoles. La empresa como es costumbre al igual que lo hizo con Nancy Guilliam fue indemnizada. Además de cubrirle los gastos médicos para su tratamiento. Ahorrándose una costosa contienda legal ante los tribunales.  

   La noticia corrió como reguero de pólvora siendo el encabezado primordial para los diarios principales como el imparcial y la crónica. Desde luego. La compañía pago fuertes sumas de dinero para que no publicaran aquella extenuante nota, que probablemente habría causado un fuerte escándalo y que terminaría con el trabajo de miles o quizás millones de personas. Derramando así más sangre.

   Tres días más adelante otra noticia causaría polémica dentro de la empresa. Cuando Pat y su ayudante estuvieron limpiando los ductos de ventilación del edificio, llevándose una desagradable sorpresa al descubrir en el interior de este el cadáver de lo que parecía ser de una persona de mediana edad. El ayudante de Pat salió despavorido al contemplar aquel cuerpo sin vida. Que la policía más adelante identificaría con el nombre de Ezequiel Santos. Un joven que había desaparecido durante el sismo de mil novecientos ochenta y cinco y que padecía de alzhéimer, y que de alguna manera quedó atrapado en el ducto sin que recordara como salir de ahí. Teniendo un fatal desenlace.

   Durante las siguientes tres semanas la empresa contrato a un grupo de ingenieros que se encargarían de la reparación del ascensor. En su mayoría jóvenes, permitiendo a todo el personal de la aseguradora subir las escaleras por un mes.

   Fue una cuestión de segundos cuando sucedió lo impensable en esa última semana de agosto. Dejando al grupo de jóvenes ingenieros estupefactos y a la vez llenos de miedo.

   Cuando presenciaron con terror como el ascensor le rompió de un tajo el tobillo izquierdo al ingeniero encargado; cuando este cerró su mecanismo por su cuenta. Ninguno de los presentes pudo dar una explicación a lo ocurrido. Paola siendo la más joven de las ingenieras quedo paralizada al ver las chorreantes gotas de sangre emanar por la orilla de la puerta. Oyéndose los gritos que vociferaba el ingeniero. A pesar de los contratiempos concluyeron con su labor ese último mes. Siendo este el ultimo.

   Paula por su parte se mantenía con una mano al volante dentro de su escritorio rodante recorriendo las transitadas calles de su oficina. Cubriendo los aparatosos accidentes durante las últimas semanas de ese mes de agosto. Sin imaginarse lo que el destino pronto le depararía. Una pesadilla que cambiaría por completo su vida.

Publicado la semana 21. 24/05/2020
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